
Disfrutando de mis lecturas sobre la Grecia antigua me tropiezo con una frase del filósofo Epicuro muy inspiradora: «Quien tiene lo que es natural y necesario, siempre será rico; que quiere lo que es terrenal y no necesario, siempre será pobre».
Maravilloso. Son variantes del conocido “No es rico quien más tiene, sino quien menos necesita” (¿Sócrates, San Agustín, o el rico que quiere consolar al pobre con una frase pegadiza).
Me hace penar porque es notorio que nunca ha existido tanta oferta de productos y servicios al alcance de la mano. Hace treinta años yo era un ratón de biblioteca que atesoraba los pocos libros que podía disponer para leer y releer; disfrutaba de la música de un puñado de cassetes; hacía cola para ver películas en el cine o hacía la cola en la única tele de mi casa para ver uno de los dos canales disponibles; y cómo no, relacionarse socialmente era presencial y con rostro; y así todo, pues disfrutaba de lo que había. Hoy día tengo accesibles más libros en papel y digital, más audios de música y más ofertas de películas en canales y plataformas, de lo que podría disfrutar en mil vidas, y existen redes sociales donde infinidad de personas parecen ofrecerte contacto.
Dándole vueltas, varias ideas matizan el consabido dicho.

En principio, creo que la frase no es acertada, pues no es más rico quien menos necesita, sino que realmente es más rico quien tiene más posibilidades de elegir para satisfacer sus necesidades. Se ve claramente que es “más rico” el que puede elegir la comida para no tener hambre que el que no puede elegirla; el que puede elegir el medio de transporte más cómodo y veloz que el que no puede elegirlo; o el que puede elegir descansar en vez de trabajar para subsistir. Sin embargo, ahí entra en juego el tener necesidades más modestas (menos guiadas por la comparación, vanidad o la moda), pues no todos somos más felices comiendo en restaurantes Michelín, o durmiendo en hoteles de cinco estrellas, o con vehículos de alta gama.
Pero ese concepto de “ser más rico” (más dinero con más posibilidades de elegir), no coincide con el de “ser más feliz” (bienestar íntimo).
No te hará más feliz si tienes mala salud y el dinero no puede solucionarlo (quizá ese pensamiento turbó a Steve Jobs antes de fallecer).
Tampoco si tienes salud pero no puedes conseguir la persona amada o el respeto de los que realmente quieres (el dinero no compra el amor, aunque comprará otros sucedáneos del amor, esto es, no auténticos ni tan satisfactorios).

Tampoco el dinero te hará feliz si te permite cubrir las necesidades básicas (comida, casa, salud y vida social) y te lleva a emplear el excedente en emociones y riesgos más fuertes (Michael Jackson, Elvis Presley o James Dean, o el malvado Jeffrey Epstein o Harvey Wenstein– caramba, me percato de lo que tienen en común estos dos con Frankenstein–, que no eran precisamente pobres, y sin embargo murieron o se perdieron en la vida, por las consecuencias de un éxito mal administrado).
Tampoco el dinero te hará feliz si te envenena con el deseo de equipararte en gustos y gastos a otros adinerados, porque vivirás su vida y no la tuya (el status te encadena a un “grupo” y a sus necesidades).
Y por supuesto, de nada sirve el dinero si el contexto donde vives es de falta de libertades o preñado de incertidumbres (¿se puede ser feliz siendo millonario en Etiopía o en Rusia?).

Es mas, se puede ser el hombre más poderoso del mundo, y muy rico, como Donald Trump, y tengo la íntima convicción de que no es ni será feliz jamás (pocos rostros, palabras y acciones dicen tanto de la vileza de un ser humano).
Lo del valor real de la riqueza no lo entendí con los sermones de la iglesia, que escuchaba como monaguillo y feligrés (y eso que reflexioné muchísimo sobre lo de la mayor facilidad que tenía un camello para pasar por el ojo de una aguja que un rico entrase en el reino de los cielos; incluso llegué a pensar que un rico bien podría costear el fabricar una aguja lo suficientemente grande para que pasase un camello).
Pero lo entendí de niño leyendo “Cuentos de Navidad” de Dickens. El viejo y tacaño Ebenezer Scrooge recibe en sueños fantasmas que le recuerdan que es un rico miserable, hasta que despierta y comprende los beneficios de saber gastar el dinero y sentir el amor de los demás.
Luego me impactó la película “Ciudadano Kane” (Orson Welles, 1941), pues mostró la soledad del millonario Charles Foster Kane antes de morir, que musita “Rosebud”, el nombre del trineo con que era feliz en su infancia, cuando era inocente y disfrutaba de tan pequeños placeres. Y es que cuando se avecina la comadre de la guadaña, se intuye lo que realmente importa.
Y me dejó huella enorme escuchar la voz suave y sincera de Vicente Ferrer (1920-2009), el jesuita valenciano, responsable de una inmensa labor humanitaria en la India promoviendo pozos de agua que eran la vida para los pueblos, con un esfuerzo y sensatez admirables, con enorme sacrificio y entrega, «luchando contra los elementos»; de sus frases inspiradoras (nada comparado con sus enormes obras) entresaco: “La pobreza no está solo para entenderla, sino también para solucionarla”… “Necesitamos hacer más casas, construir más escuelas y hospitales, ayudar a más seres humanos que saben que somos su esperanza. Esto es soñar y esperar un milagro. La Providencia nunca nos dará la espalda».

En fin, volviendo al presente, lo diré sin rodeos. Soy feliz y soy rico, no en dinero (admito que tengo más del que necesito, aunque no sufriría con una confiscación masiva o un corralito bancario), pero puedo confesar que soy realmente rico en contar con personas que me quieren, con amigos que no fallan y con infinidad de personajes que me hablan desde los libros cuando yo quiero. Además escribo lo que quiero, cuando quiero y tengo la fortuna de un puñado de personas que incluso lo leen.

Y ciertamente, cada día soy más pobre en tiempo y en salud porque es “ley de vida”, pero me esfuerzo en sobrellevarlo, porque no cabe otra (solo prestar atención al «canario de la mina» de la salud). Así que, ciertamente tengo cubierto lo que necesito, que no son quimeras ni vicios terrenales, por lo que Epicuro tenía razón: me siento realmente rico (o sea, no me importa no ser «rico» según la declaración de la renta, ni a los ojos de la sociedad, sino a los ojos que me miran desde el espejo cada mañana). Así que, queridos lectores, les recomiendo modestamente, que sigan disfrutando de lo cercano, de las pequeñas cosas y decidiendo por sí mismos lo que es realmente importante.
Como comenté en su día, no es difícil tener bastante para ser feliz.
Descubre más desde Vivo y Coleando
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

“Nunca he sido pobre; solo he estado sin dinero. Ser pobre es un estado mental, y no tener dinero es un estado temporal.” — M. Moreno “Cantinflas”.
Mi paisana Marisol —la niña prodigio, la artista evolucionada, la mujer que huyó de la fama— siempre recuerda que fue más feliz cuando vivía en un corralón con cincuenta familias, sin comodidades pero rodeada de afecto, alegría y ayuda mutua. Monedas sin curso legal que, sin embargo, definían cada día.
En tu acertada reflexión, José Ramón, enlazas la riqueza con la salud, el afecto, la amistad, la libertad y el sentido: dimensiones que no aparecen en ninguna declaración de la renta ni en ningún inventario patrimonial, pero que deciden la calidad de vida.
El dinero sirve cuando protege lo importante; cuando intenta reemplazarlo, lo estropea. Abre puertas, sí, pero no asegura que detrás haya algo valioso. Y cuanto más acumulamos, más fácil es extraviarse de uno mismo.
Por eso tu cierre cobra tanta fuerza, porque es también comienzo: la verdadera riqueza está en lo que es insustituible. En las personas que te quieren. En tener tiempo para leer. En la libertad, a veces sufrida, de escribir. En la paz mental. En disfrutar de las pequeñas cosas: un café tranquilo al amanecer, una conversación con un amigo, un libro que te espera en silencio, un disco que te lleva al pasado, un buenos días con beso incluido. Porque lo pequeño, cuando se sabe apreciar, es mucho.
Solo por permitirnos, como lectores y comentaristas, formar parte de esa riqueza auténtica de la que hablas y dialogar con tus artículos, nos haces felices.