
Ayer viernes asistí a la película “La Odisea” (Christopher Nolan, 2026). Un estreno esperado, acompañado de gran aparato publicitario, batería de entrevistas de directores y protagonistas, alimentado enorme expectación de los amantes del cine y las grandes historias.
De entrada, me agrada que el cine recupere su sentido de entretener y formar, ofreciendo una epopeya con inspiración en los mitos clásicos. El cine que nos lleva al pasado, que nos hace revivir contextos remotos donde lo que las gentes pensaban, sentían o les impulsaba, era muy distinto de ahora. Mucho mas bello que una pantallita de videojuego o una simulación de inteligencia artificial, y mucho más fructífero para la mente y el corazón, es asomarse a una pantalla por unas horas para asistir a una historia donde se mezclan el amor, la sangre, la traición, la lealtad, el riesgo y la hospitalidad.
También me agrada que las nuevas tecnologías enriquezcan las historias mostrando lo que antes quedaba para la imaginación, o provocando impactos visuales de asombro en los espectadores, o la seriedad del director por ofrecer decorados auténticos. Es el caso de las ciclópeas murallas de Troya, el caballo de madera, o la cueva de Polifemo.
Sin embargo, el sabor dejado es agridulce.De entrada, bueno sería ayudar al espectador no iniciado y contextualizar la película con unas líneas en su mismo comienzo, al estilo:
“La presente obra se inspira en la Odisea, obra atribuida a Homero hacia el año 800 a.C., en relación a hechos supuestamente acaecidos en torno al año 1.200 a.C., tiempo en que imperaban los reinos hitita y egipcio, junto a pequeños reinos, un puñado situados en la península griega y otros como Troya en la actual Turquía. La Ilíada narra los últimos cincuenta días de los diez años que duró la llamada “Guerra de Troya” y la Odisea los diez años de regreso de los aqueos vencedores, cada pueblo a su población o isla, y entre ellos, el retorno del que fuere rey de Ítaca con sus huestes, plagado de infortunios”
Esta breve referencia sería útil porque no nos engañemos, salvo un reducido grupo de eruditos, la mayoría de mi generación solo cuenta con el recuerdo de episodios de versiones breves de la obra griega (versión relatos, cuentos o cómic) o del gran Kirk Douglas en la película “Ulises” (Mario Camerini y Mario Brava, 1954), o incluso de los dibujos animados “Ulises 31” (1981). Y si vamos a las siguientes generaciones a la mía, la lectura no figura entre las prioridades, y me temo que la obra de Homero no figura como digno de explicarse en ningún plan de estudios, pues me temo que lo realmente clásico debería conocerlo el docente y tener ganas de explicarlo al alumno, condiciones que desgraciadamente creo que no están generalizadas.
Por eso pienso que estaría bien esa sencilla introducción de unas líneas en pantalla, para que el espectador esté en condiciones de asistir a la película y no enfrentarse a un escenario en que intenta recomponer las piezas de quienes son, cuándo en qué contexto.

Ello con mayor razón, cuando la película no tiene una estructura narrativa lineal, sino que es una secuencia de recuerdos fragmentados, para cuya continuidad ayuda examinar la indumentaria o el estado de la barba del protagonista que nos sitúa ante alguien más o menos joven.
Y viendo la película, casi tres horas, creo que la auténtica advertencia para el lector sería:«Versión libre de la Odisea, de Homero». Lo digo por las licencias cinematográficas, mas bien deformaciones o gazapos que asoman en la película.
Ahí van algunos que me resultan chocantes, y me producen la misma sensación que si asisto a una película sobre “El Quijote” y veo que Sancho es delgado, lleva una pistola y al mantearlo por los aires cae y se agarra al aspa del molino del que le salva don Quijote.
Aquí van las cosas que detecto, quizá equivocadas, pero me dejaron impresionado, o sea, mala impresión.
REGRESO AL FUTURO. Es curioso que el propio protagonista, Odiseo, que se supone que campea hacia el año 1200 a.C. en obra realizada en versos en el año 800 a.C. y cuya primera huella por escrito del poema data del año 600 a.C.(tiempos del tirano Pisístrato), se hable en la película de fenómenos que no podía conocer porque son fruto muy posterior en el tiempo.
Así, el propio Odiseo habla de la “Edad de Bronce”, dice que se colapsará y pasará (tan curioso como si un cromagnon “habla” de que vive en la Edad de Piedra, sin saber qué habrá posteriormente).
También alude en boca de Odiseo, a que la historia de su viaje es oral pero que se plasmará por escrito (en el año 1.200 a.C. los griegos todavía no habían asumido el alfabeto fenicio ni lo habían enriquecido con vocales, ni podían saber que habría “escritura”). La Odisea es un poema que fue elaborado y recitado por aedos, de boca en boca, de generación en generación, y posiblemente el trovador Homero fue el que dotó esas historias de unidad y continuidad, o le incorporó lo más sustancial. Curiosa anticipación de Odiseo de la escritura.
Incluso el protagonista Odiseo habla de “Los pueblos del mar”, etiqueta puesta por los investigadores del siglo XX a la denominada “edad oscura” de la historia griega, entre el año 1000 a.C. y el 800 a.C. en que hay una especie de “apagón histórico” y que se pretende explicar con la existencia de “pueblos del mar”, o sea, hordas de piratas o tribus del norte que fueron asolando las tierras griegas y hostigaron a los reyezuelos, generando un período sin frutos culturales, artísticos ni hechos dignos de mención, más que la supervivencia de poblaciones griegas. Sin embargo, ya Odiseo anticipa el fenómeno, pese a que según la obra pertenece a la floreciente época micénica.

ANACRONISMOS. Un anacronismo visible es que los hechos tienen lugar en la denominada “Edad de Bronce” esto es, en que los utensilios era fabricados con aleación de cobre y estaño, pues la “Edad de Hierro” llegará unos cuatrocientos años después de los hechos relatados en la Odisea. De ahí que la técnica de guerra en la Ilíada y de lucha en la Odisea, era con lanzas de fresno con punta de bronce, además de espadas de bronce que eran normalmente cortas y se usaban para “pinchar” o para dar “tajos”, e incluso para “enfrentar” unas contra otras, pero no existían esas sólidas y largas espadas que refleja la película, que soportan golpes y mandobles a diestra y siniestra, ni por supuesto las armaduras y cascos de porte robusto y cerrado.

OCURRENCIAS. El que Helena de Troya, la reina espartana que en la mitología generó el motivo de la disputa por ser secuestrada por los troyanos (versión aquea) o enamorada del príncipe Paris (versión troyana), y su hermana Clitemnestra, sean afroamericanas en la película, resulta cuanto menos chocante. Primero, porque según la mitología ambas nacieron de Leda, princesa etolia blanca, aunque sin aclararse si su padre fue el dios Zeus o el rey Tíndaro de Esparta). Helena estaba casada con Menelao (que por casarse con Helena, sería Rey de Esparta) y Clitemnestra con Agamenón (rey de Micenas). Segundo, porque por entonces la endogamia étnica imperaba, especialmente entre la aristocracia, siendo muy posteriormente cuando se calificará en el mundo griego de “etíopes” o “rostros quemados” a quienes no eran blancos y normalmente tenían la condición de esclavos, aunque la sociedad griega jamás los discriminaba por el color de piel. Pero lo auténticamemente relevante es que Homero alude a Helena, como de «piel clara y cabellos de oro», y no existe vasija ni elemento paleográfico que refleje que las dos hermanas (Helena y Clitemnestra) eran de piel oscura.
O sea, no es cuestión de falta de respeto a nadie, ni de racismo, sino de cierto rigor o ajuste al contexto de la obra y a su texto literal.
GUIÑOS PARA LA GALERÍA. Se ven concesiones para el grueso de espectadores a quienes gusta la vistosidad, acción y modernidad, como son el atuendo que se le aplica a Agamenón, el jefe de las tropas aqueas (por entonces no había “rey de reyes” sino sencillamente se designaba un caudillo o “wanax” para dirigir la batalla). El atuendo de armadura negra, cerrada, sólida y brillante, alude claramente a Darth Vader en la película Star Wars, convirtiendo al jefe griego en un cruce de samurái y robot.

En esta línea, de actualización del poderío, a los lestrigones, o monstruos antropófagos de la versión original, se les dota en la película de espadas y armaduras metálicas de perfil robótico.
Otro guiño para el público, es la pelea final tras demostrar Odiseo su identidad, al conseguir tensar el arco y atravesar las hachas de un flechazo, pues bastaría ajustarse al original, con usar el arco para acabar con la vida de los pretendientes hostiles a rendirle pleitesía. Sin embargo, la película crea una escena de típica pelea de salón del oeste, a la griega, donde los malvados atacan de uno en uno, las armas no se agotan al héroe, se alarga el conflicto con un ingenioso suministro de armas desde un agujero del techo, y todo con gran despliegue de esgrima, lucha libre y toques de Spiderman.
INTERPOLACIONES.Es lícito que el director sea creativo, porque al fin y al cabo se trata de entretener. Sin embargo, si algo se anuncia como una versión de la “Odisea” que no sea una “perversión” de la obra. Veamos algunas.
Es así que en la Odisea original, al comienzo de su viaje, desembarcan en la isla de los lotófagos, en que la tripulación se alimenta de la flor del loto y pierde la memoria. Al final del viaje, Calipso es una buena y bella dama que trata muy bien a Odiseo y quiere retenerlo por amor, sin trampas. Pues bien, la película atribuye a Calipso la artimaña de alimentar a Odiseo con loto para que no recuerde que tiene una familia y que debe regresar a Ítaca. O sea, mezcolanza.
Lo de Circe también tiene enjundia, porque en la obra original Odiseo y Circe mantienen una relación sentimental por un año, y finalmente le deja irse. Es más en los complementos ulteriores de la Odisea (llamado “ciclo épico”, poemas adicionales) se habla de un hijo común, Telégono, quien de forma accidental muchos años después, matará a su padre Odiseo. En cambio en la película, hablan y negocian sin atisbo de complicidad amorosa alguna.

El paso del barco de Odiseo al lado del remolino Caribdis y del monstruo Escila, se ofrece como dos estaciones sucesivas, cuando lo bello del poema es que estaban situados en orillas opuestas de un estrecho canal de paso, con presencia simultánea, de manera que había que optar entre arriesgarse a sucumbir tragado por las aguas o devorado.
También se introduce por exigencias del guion a Sinón, que en la versión de la Odisea, es un griego que mantiene rivalidad con Odiseo y que es quien asume frente a los troyanos la explicación de que el caballo se dejó abandonado en la playa como tributo a la diosa Atenea. Pues bien, en la película, el tal Sinón fue burlado al reclutarse para la guerra de Troya por el malvado pretendiente de Penélope y además se le hace habitar en el inframundo para clamar venganza a través de Odiseo. Pura fabulación.
En cambio, se desaprovecha la visita de Odiseo a los infiernos para mostrar el célebre encuentro entre Odiseo y Aquiles, en que el gran guerrero muerto joven para la gloria, le hace la famosa confesión: «Prefiero ser porquero del rey a reinar en el Hades» . E igualmente se desaprovecha el desafío de Odiseo en la obra original a Polifemo, cuando le ofrece vino y le confiesa que su nombre griego es «Nadie» (lo que permite que Polifemo cegado confiese estúpidamente a sus hermanos cíclopes que «me ha dejado ciego Nadie».
Tampoco hay noticia en la Odisea original de que el héroe Odiseo salve a Telémaco de sus asesinos, antes de revelar su identidad.
Lo del “fueron felices y comieron perdices” viajando de luna de miel y dejando a Telémaco de rey, queda bien, pero no empaña el final real de continuidad del reinado de Odiseo.
Pero bueno, estas adaptaciones entran dentro de esas fuerzas invisibles que son la creatividad del director, las fuerzas del mercado, las limitaciones de metraje, lo políticamente correcto o motivos inconfesables. Hay que aceptarlo.

En suma, un gran director que sabe manejar tiempos, actores y efectos especiales; decorados espléndidos; actores espectaculares como quien encarna a Odiseo (Matt Damon), Circe (Samantha Morton), o al porquero ciego Eumeo (John Leguizamo); imágenes espléndidas del mar, las islas, la luminosidad…
Una película que hay que verla hay que disfrutarla y como decía el poeta inglés Sam Coleridge en 1917, hay que “suspender la credulidad” esto es, jugar a aceptar que es una ficción y no buscar tres pies al gato. Yo me he limitado a comentar la extrañeza del gato sin buscarle pies.

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El problema de valorar una nueva versión de una obra que nos ha acompañado toda la vida es que nunca la vemos con una sola mirada. Se superponen la del niño que se asombró, la del adulto que la reinterpretó y la del lector ya formado que se hizo devoto y terminó ajustándola a su propio criterio. En algunos casos —como el tuyo, José Ramón— una termina imponiéndose: la del conocedor de la obra, al que le hieren tantos anacronismos, caprichos y desvíos innecesarios respecto del original y de la propia Historia.
Mientras el Ulises de 1954 —de Mario Camerini y el gran Kirk Douglas— nació de un propósito de fidelidad, el de 2026 nace de un replanteamiento que antepone el estilo del director al propio mito.
Camerini trabajó con Enrico Fulchignoni, historiador y experto en culturas mediterráneas, y con guionistas de primer nivel como Alberto Moravia e Ivo Perilli; reconstruyó la estética micénica a partir de hallazgos arqueológicos y respetó la secuencia del viaje, la lógica del poema y la caracterización clásica de los personajes.
Nolan, en cambio, subordina el mito a su estilo: desordena, fragmenta, acelera; convierte la épica en rompecabezas y la linealidad en laberinto. Su Odisea no busca ser homérica, sino nolaniana, de ahí que altere el relato sin darle el orden y la coherencia que exige, para ajustarlo a su propia estética y manera de entender la historia.
Por eso la Odisea de 1954 —como también la ulterior serie de la RAI, Las Aventuras de Ulises, de Franco Rossi, donde Irene Papas, por fin una griega, encarna a Penélope— ha envejecido como envejecen los mitos: con dignidad.
Y esta Odisea de 2026 brilla como brillan los espejismos: con intensidad —la mayoría de las críticas han sido positivas y el éxito en taquilla está garantizado—, que intuyo será temporal.
Porque no nos engañemos: cuando el polvo se asiente, el Odiseo que permanecerá será el que no quiso ser más grande que Homero, su autor —real o inventado—, y que sigue vivo después de tantos siglos.
De este nuevo, bastará preguntarse: ¿entretiene? ¿divierte? ¿deslumbra visualmente?
Al fin y al cabo, no todos los viajes —sobre todo si no son homéricos, y éste no lo es— sobreviven a su tiempo.