Claves para ser feliz

Lo mucho que enseñan los osos

Leo en el Diario la Nueva España que en un pueblo de Asturias hace unos días, dos operarios de telefonía móvil se quedaron atrapados en el alto de un repetidor de señal por un oso pardo que se situó justo bajo la estructura, por lo que tuvieron que esperar hasta que se alejase para descender (afortunadamente fue noticia de la Sección «Sociedad» y no de la Sección «Sucesos»).

 Esa misma semana, en Kentucky, fue noticia que una mujer despertó en la noche al oscurecer, y descubrió un oso negro  había entrado en su casa aprovechando una puerta abierta para que corriese el aire, y se había comido las sobras del pollo frito. Simultáneamente en Florida, fue noticia que otro oso había entrado en una furgoneta aparcada y tocaba la bocina frenéticamente. Dos días antes, en el mismo Estado, fue noticia que un policía vio que la puerta de un centro escolar estaba abierta y había basura desperdigada afuera, y tras entrar se tropezó en el gimnasio con un oso que se le abalanzó y al que tuvo que abatir a tiros.

Pese a ser noticias que llevan a la mueca de sorpresa, quizá debamos ir más allá reflexionando.

A alguno podría parecerle divertido el grado de humanización que lleva a que los osos se preocupen por la telefonía móvil, se zampen el pollo Kentucky Fried Chicken, adoren los vehículos o que acudan al gimnasio. Sin embargo, la cosa es más preocupante.

Preocupante para los osos, que se ven desplazados y sin futuro en un mundo que recorta su espacio de libertad y su ecosistema, y que cambiando sus hábitos alimenticios y deambulatorios, está provocando una mutación más brutal y rápida que la aplicación de la teoría de la evolución… en este caso hacia la extinción.

Preocupante para los seres humanos, que no nos percatamos que somos nosotros los que desde nuestra libertad salvaje, estamos asistiendo a un proceso inquietante : (i) una lucha dentro de la propia especie, con guerras y enfrentamientos interminables y virulentos;(ii) una domesticación invisible por el impacto de una inteligencia artificial que nos hace bailar al son de quien quiera que la maneje; (iii) un cercado y confinamiento de infinidad de normas legales sobre todo lo que se hace o se puede hacer.

Lamentablemente, el ser humano ha aprendido a dar «abrazos de oso»… abrazo que como es sabido te mata. Y algunos gobernantes con gorra roja parecen un arrogante oso grizzly, mientras que otros igualmente peligrosos encarnan osos pardos siberianos (el problema no es que «hagan el oso» sino que muestren la peor cara agresiva del oso).

No quiero pensarlo, pero en una decena de años quizá algún instrumento robotizado o algoritmo informe a otros de su «especie tecnológica» que hay un ser humano merodeando e intentando ser libre. No quiero imaginar como lo tratarán.

Quizá al igual que el oso blanco se extinguirá inexorablemente en el polo norte por el calentamiento climático, el hombre blanco (como todas las demás razas: negra, amarilla o roja) tiene los días contados.

En fin, personalmente, me resulta difícil enfadarme, odiar o temer a los osos, quizá debido a su papel estelar en la infancia (ositos de peluche, la osa Petra exhibida en el parque de Oviedo en mi infancia, el Oso Yogui, el cuento de ricitos de oro y los osos, Winnie the Pooh, etcétera… pero sobre todo porque una de las fábulas de Esopo más inspiradoras, que más me ha enseñado en la vida, es la conocida «Fábula del oso y la amistad». Toneladas de filosofía y pauta para saber lo bueno de la vida, y lo que es la amistad. Refrescaré la memoria, contándola:

Dos amigos caminaban juntos por un bosque cuando un oso lanzando rugidos los atacó. Uno de ellos, el que iba delante y era más delgado y ágil, corrió sin mirar atrás y subió a un árbol, escondiéndose en el ramaje.

El otro, mas gordito y torpe alcanzó el árbol y tendió la mano para que le ayudase su amigo, pero éste temeroso de que con su peso cayesen los dos, se aferró a su rama y no le ayudó. El gordito recordó que solían decir que los osos no atacaban a los cadáveres así que rápidamente se tumbó en el suelo, boca abajo. El Oso se acercó, olisqueó con el hocico la oreja insistentemente. Por fin, con un gruñido, sacudió la cabeza y se alejó. Entonces el que estaba en el árbol bajó junto a su compañero y, sonriendo le dijo: «¡Hemos tenido suerte! Hasta ha parecido que el Oso te susurraba algo al oído?».

—Me dijo —dijo el otro—: Nunca confíes en un amigo que solo piensa en sí mismo y que te abandona en el peor momento, cuando lo necesitas.

Y continuó solo el camino.

La moraleja se plasma en un viejo refrán:»En el camino de la Vida, más vale solo que mal acompañado». Pero podemos ir más allá y extraer otras enseñanzas de los osos: (i) en la vida no te creas que el oso que baila al son de la pandereta no es peligroso; (ii) ni creas todo cuando te inviten a asumir riesgos con tranquilidad (entrando en una «cueva» oscura), pues nada impide que no pueda haber osos que puedan dañarte;(iii) «Hacer el oso» puede traer problemas…

Para finalizar algo curioso y tragicómico, sobre el recomendable y delicioso libro de Bill Bryson, «Un paseo por el bosque», que es ameno, divertido y didáctico, que inspiró la película de igual título estrenada en 2015 (dirigida por Ken Kwapis y protagonizada por Robert Redford –como Bryson– y Nick Nolte –como su amigo Stephen Katz–). Dicha novela cuenta su reto de recorrer el enorme Sendero de los Apalaches (3500 km) y comenta que los osos pardos no saben subir a los árboles (lo mejor es subir a un árbol) mientras que los osos negros saben subir pero son más lentos (lo mejor es correr),

El problema radica cuando sientes el rugido o trote de un oso próximo en que no parece el momento adecuado para calificar su especie, ni para no equivocarte de lo que dicen los manuales sobre con cual hay que subir al árbol o correr. En todo caso, Bryson comenta amargamente que tampoco parece buena idea lo que aconsejan de gritar, hacer ruido y parecer amenazador ante el oso para que huya (creo que hay que «tenerlos cuadrados»), e informa con pena que tampoco es bueno correr pues los osos corren tan rápido como un caballo de carreras (unos 50 km/h) tanto cuesta arriba como cuesta abajo, y huir activa su instinto de persecución.

O sea, situaciones como la vida misma. Hagas lo que hagas…te sorprenderá el desenlace.

Buen domingo y cuidado con los osos…que no saben que lo son pese a ir con traje, móvil o disfrazados de extravagantes o iluminados…


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1 comentario

  1. Después de leer la publicación e inspirado por ella, estimado José Ramón, no he podido evitar escribir este pequeño cuento sobre osos, niños y mayores a modo de peculiar comentario.

    EL OSO

    Cuando se escuchó por las redes sociales que un oso había aparecido sorpresivamente en la Plaza de la Constitución y Memoria Histórica Democrática Libre de Sesgos de aquella ciudad, todos reaccionaron de inmediato.

    Los políticos crearon una Comisión de Investigación sobre osos.

    Los periodistas buscaron expertos que explicasen las costumbres de los osos.

    Los comerciantes encargaron y vendieron de inmediato camisetas con osos.

    Los influencers se hicieron y publicaron selfis con fotos de osos, luciendo distintos cambios de ropa e imagen y emitiendo impagables opiniones sobre el tema.

    Los vecinos del barrio crearon la Asociación de Defensa frente a los Osos y firmaron un acuerdo de cooperación con la Asociación de Cazadores de Osos.

    Los ecologistas denunciaron la pérdida del hábitat natural de los osos y exigieron que se construyera una casa donde el oso pudiera vivir y ser alimentado en sana convivencia con los humanos.

    Los juristas debatieron quién era competente para decidir sobre osos y no se pusieron de acuerdo.

    Los filósofos debatieron qué era realmente un oso.

    Y mientras todo aquello sucedía, unos chiquillos, ajenos al revuelo, jugaban al fútbol en una plazoleta cercana.

    El oso se acercó y les preguntó:

    —Pero, ¿no me tenéis miedo?

    —No. ¿Por qué íbamos a tenerlo?

    —Porque dicen que soy un oso.

    —No hombre, no. Todos están tan ocupados hablando de ti que nadie se ha parado a mirarte.

    —Tú no eres un oso. Eres un perro —sentenció uno de los niños.

    El oso guardó silencio unos segundos y probó a decir un guau que le salió desde lo más profundo.

    —Bah, no les hagas caso. Ya sabes cómo son los mayores. ¿Quieres jugar con nosotros? Así te dejarán en paz. Nos falta un portero. Y además tú ya llevas los guantes puestos.

    El oso miró la portería, luego el balón, y asintió con la cabeza.

    Y aquel día formaron un equipo. Forjaron una amistad. Y ganaron el partido.

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