Claves para ser feliz

Saber discutir con tolerancia ahorra disgustos

En Asturias hay una expresión coloquial vinculada al carácter vehemente y expansivo de mis paisanos, que suele lanzarse en el marco de una discusión entre amigos, colegas o parroquianos de un bar: “Dígotelo yo…”.

Es la invocación de la propia autoridad de quien lo dice para confirmar la certeza de lo que se dice. Y se dice sacando pecho, con ojos desafiantes, como diciendo: ¡Mejóralo, si puedes! O «ni te atrevas a dudar de mí palabra».

En el ámbito español, Fernando Díaz-Plaja, en su obra “El español y los siete pecados capitales”, cuenta que la vanidad de los españoles les lleva a discutir de lo que no saben, y si el contrario les exhibe un libro para demostrarles su error, el otro replica:”Pues el libro está mal”. O sea, el sostenerla y no enmendarla.

Pensaba en ello a raíz de escuchar mientras desayunaba el sábado mi café con pincho matinal (pequeño vicio que si se prohibiese me haría tomar las armas para reivindicarlo), como discutían en alta voz un grupo de cuatro personas (tres hombres y una mujer ya maduritos, con aspecto para describirlos, de haber perdido el tren tras una larga noche de fiesta), acodados en la barra y tomando cañas y vinito de media mañana. Todos porfiaban sosteniendo sus razones sobre las de los demás, de que no hubiese percebes en la costa asturiana: que si los furtivos, que si las mareas, que si la contaminación, que si la administración, que si había suficientes pero más inaccesibles… Lo curioso era el fuego cruzado de sus opiniones, pues estoy seguro que ningún traductor conseguiría hacer su labor entre tanta mezcolanza de quienes hablaban simultáneamente sin escucharse.

La cosa elevó el tono de todos hasta que la algarabía era molesta, y pude escuchar varias veces el “Dígotelo yo”, e incluso alguno con visible desdén, pese a que se supone eran amigos.

Viene al caso el tema, porque lejos de intervenir (ni podía, ni debía ni quería), pensé que todos podían tener razón, ya que quizá concurrían varias causas, y sin olvidar que creo que el tema no merecía que nadie se enfadase, pues hay otros «percebes» con mando en gobiernos y guerras más preocupantes.

Lo que me pareció positivo era que ninguno había recurrido a la inteligencia artificial de sus aplicaciones, para zanjar la discusión o restregársela a los otros.

Lo que me pareció negativo era que ninguno daba su brazo a torcer con un mínimo de tolerancia para admitir que podía estar equivocado. Solo eso. Decir cual era su opinión y que respetaba la contraria, sin intentar avasallar.

Por eso me parece tan importante que la educación y la cultura ponga el acento en la necesidad de admitir pluralidad de puntos de vista o perspectivas en casi todos los temas opinables, para evitar posiciones radicales.

Lo ilustra perfectamente la conocida parábola india de Los ciegos y elefante, que se atribuye al poeta bengalí Rabindranath Tagore, quien la sitúa en origen budista:

Seis hombres ciegos se tropezaron en la selva con algo en mitad de un camino. No sabían que era un elefante, pero lo examinaron al tacto, y cada uno expuso su opinión.

El primero tocó con la mano la trompa, y dijo: «Es una serpiente gruesa». El segundo palpó la orejota, y comentó que era un abanico. El tercero, agarró la pata y afirmó que era un tronco de árbol. El cuarto al acariciar el costado determinó que “se trata de una pared”». El quinto agarró la cola, y la describió como una cuerda. El sexto al tocar el colmillo, afirmó que se trataba de una lanza.

La moraleja de esta fábula es que hay muchos ángulos o perspectivas para juzgar algo, y se puede caer en visiones parciales o prejuicios.

Por cierto, esta fábula se la conté a un tío mío salmantino de ochenta años que era muy terco, para demostrarle que podía estar equivocado en una pequeña discusión (por cierto, sobre el apasionante tema de si a un canario enjaulado podía acabar con sus parásitos mediante unespray), y me dijo: “Lo que sucede, José Ramón, es que YO VEO TODO el elefante”. (Y debía ver «todo» el elefante, porque lo que yo no vi más fue el canario, sino la solitaria jaula).

Siguiendo en la misma línea de elevarse al juzgar las cosas, sopesando que nunca se sabe la certeza, la perspectiva que adoptamos siempre tiene lugar en unas circunstancias y contexto concreto (o fruto de nuestra singular formación y experiencia), pues puede que nuestro juicio se vea superado a la luz de datos que no tenemos (o según la formación y experiencia de otros).

Para ilustrar esto, viene al dedo otro cuentito, en este caso la “historia del campesino chino”, un relato zen que se atribuye al filósofo orientalista Alan Watts.

Érase una vez un campesino chino cuyo caballo se escapó. Todos los vecinos vinieron a consolarle y le dijeron: «¡Qué lástima!». El campesino dijo: «Tal vez». Al día siguiente, el caballo regresó y trajo consigo siete caballos salvajes. Sus vecinos vinieron y dijeron: «¡Qué bien, ¿verdad?!». Y el campesino dijo: «Tal vez».

Al día siguiente, su hijo, que intentaba domar uno de esos caballos, lo montó y se cayó, rompiéndose la pierna. Por la tarde, los vecinos vinieron y dijeron: «¡Qué lástima, ¿verdad?!». Y el granjero respondió: «Tal vez».

Al día siguiente, los oficiales de reclutamiento vinieron buscando gente para el ejército. Rechazaron a su hijo porque tenía una pierna rota. Y todos los vecinos vinieron esa tarde y dijeron: «¡Qué maravilla!». Y el granjero dijo: «Tal vez».

Así que tengamos presente que nuestros juicios y valoraciones son cuestión de perspectiva y siempre caben puntos de vista respetables para sostener lo contrario… ¿O no? Dígotelo yo…


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2 comentarios

  1. Cuenta la historia que en un pueblo sin nombre de un lugar cualquiera, dos vecinos discutían cada día por cualquier cosa: el clima, el precio del pan o el color del cielo. Un día, un anciano los observó desde su banco y les dijo: ‘Si habláis solo para ganar, perderéis siempre. Pero si habláis para entender, hasta el desacuerdo os hará mejores’.

    Desconcertados por la claridad de aquellas palabras, se quedaron pensativos, mirándose como si fuera la primera vez que se veían, y cada uno se fue por su lado. Durante años habían discutido por costumbre, casi por inercia, sin preguntarse nunca qué buscaban realmente. Al fin alguien les había señalado el verdadero motivo de sus disputas.

    A la mañana siguiente, fuera por curiosidad o por orgullo, decidieron intentarlo: hablar no para vencer, sino para entender. El comienzo fue torpe. Uno se adelantaba, el otro se perdía en rodeos, y ambos se interrumpían sin mala intención. Pero en medio de ese caos apareció algo inesperado: un silencio breve, limpio, en el que ninguno trató de imponerse. Un hueco pequeño, pero suficiente para que cada uno descubriera que el otro no era un adversario, sino alguien que también estaba intentando comprender.

    Con el tiempo entendieron que discutir no era elevar la voz ni atravesar la palabra, sino escuchar de verdad y levantar la mirada. Y que, como recordaba Montaigne, “la palabra es mitad de quien la dice y mitad de quien la escucha”.

    Desde entonces, cuando el desacuerdo amenazaba con incendiarlo todo, se regalaban un segundo de silencio antes de responder. Ese instante breve —tan frágil como decisivo— se convirtió en su propio clinch, la contención que evitaba el golpe y desactivaba la impulsividad. En esa quietud entendieron que lo difícil no es tener razón, sino cuidar el vínculo que permite seguir hablándose. Y confiar en que el otro también quiere entender para convivir en paz.

    P.D. Estupendo artículo, José Ramón. Ojalá el “Dígotelo yo” fuese ya una especie en extinción.

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