
Estaba hablando con un amigo en ese momento mágico que es el café pausado y sin orden del día, hablando de lo humano más que de lo divino, y en dos ocasiones se detuvo y consultó en su móvil la aplicación de Inteligencia Artificial Gémini, para decirme sonriente: “Lo dice aquí”. Sus ojos reflejaban complacencia.
He reflexionado sobre lo que está sucediendo. Ya nos veíamos poco los conocidos porque las pantallas acortaron las distancias espaciales, pero ahora lo que está amenazado la IA es la charla espontánea, crítica y enriquecedora entre personas. Gana la Inteligencia artificial por goleada y la secta gana adeptos.
Que se habla del tiempo que hará próximamente: unos segundos de búsqueda y ahí está el pronóstico por horas, días y meses, Que se discute sobre el mejor restaurante: a buscar opiniones, calidades, precios, etcétera. Que se habla de política o actualidad: Hala, tecleamos en la aplicación de IA o Google. Que se discute sobre un evento deportivo o sobre quien es mejor jugador, escritor, cocinero o arquitecto,…Y si se habla de salud: ¡médico al instante! Pues nada, tomamos el atajo y a zamparnos las respuestas.
El problema no es buscar respuestas en el móvil. Veo un panorama inquietante.

LOS SÍNTOMAS.
Primero.Las conversaciones en la mesa, en el café o en la calle, ya no son solo entre personas sino con esos invitados que se llaman IA. Un ménage à trois , como mínimo.
Segundo. Lo que diga ese invitado invisible que es la IA, con voz en la conversación, se tiene por fuente de autoridad y respeto, zanjando debates. Lo dice la IA, y punto.
Tercero. Se pierde el encanto de la conversación, de la sorpresa, de la sana discusión, de la sonrisa y la risa, pues ya no hay suspense en la charla. La vieja venganza del acomodador al que no se le daba propina: “El asesino es el mayordomo”.
Cuarto. La vida social es cada vez menos “social” y menos “vida”. Las aplicaciones de la IA que llevamos en el móvil son un invitado que no esperábamos y que nos acompaña siempre, pero lo peor es que las personas pasamos a ser convidados de piedra. Hablamos menos, nos necesitamos menos, aprendemos menos y jugamos al necio juego de a ver “quien tiene la aplicación más grande” y que nos da más información.
LA TERAPIA
Hemos de ser conscientes del valor humano, pues intuyo que la IA se sobrevalora fuera del ámbito laboral, profesional o científico.
Cuando existen encuentros de conocidos o amigos, que comparten ese café, la cañita, el almuerzo o la cena, o sencillamente pasean juntos, deberíamos prohibirnos el uso de la IA (como medida de autocontención). Debemos confiar en el valor de nuestro propio razonamiento lógico, admitir el margen de error de nuestra memoria, disfrutar de los desafíos del debate sano, y dejar que la mente busque su propia hoja de ruta para argumentar, defenderse y atacar.
Cuando disfrutamos del tiempo libre en compañía de conocidos o amigos, no estamos para competir ni para solucionar los problemas del mundo, ni para avasallar con certezas. Estamos para gozar de la compañía y dejar fluir el tiempo y los pensamientos.
Me temo que de la adicción a las redes sociales, se está pasando a la adición a las aplicaciones de Inteligencia Artificial Generativa, pues avanza una generalizada interacción compulsiva con la máquina (IA) que tiene todas las respuestas a todas las preguntas que se nos ocurre hacer. El problema es que no sabemos ni por qué preguntamos eso, ni para qué.
EL RIESGO DE SEGUIR ESCUCHANDO CANTOS DE SIRENAS TECNOLÓGICAS
Llegará un momento, a medio o largo plazo, en que sufriremos “atrofia creativa”, porque habremos perdido las habilidades de discutir, razonar y cuestionar, ya que todas las respuestas están ahí sin esfuerzo (algo así como las calculadoras han arruinado nuestra habilidad de cálculo mental, o los móviles se han cargado nuestra capacidad de memorización de números telefónicos).

No quiero imaginar en qué hubiera quedado la filosofía griega, de Sócrates y Platón particularmente, que descansaba en el diálogo, en la discusión y crítica, si contasen con la IA.
Aunque algunos dirán que si Sócrates contase con la IA, posiblemente hubiese aumentado su productividad y su legado se hubiese multiplicado, creo que este planteamiento es una falacia pues de darse tal hipótesis nos habrían robado la historia y no estaríamos nosotros aquí y el planeta giraría sin seres humanos.
Mas bien creo, que si los filósofos griegos contasen con IA, sobraban ellos, sobraba el ágora, sobraba la ciudad y la vida en común. Por eso me temo, que la cruel paradoja es que el pensamiento crítico, la curiosidad creativa y la ciencia reflexiva, que sembraron los filósofos de la ciencia (de la física y de la metafísica) están en trance de ser devorados por su herencia en forma aplicativa de la IA.

Estamos a tiempo… Como Ulises se ató al mástil para no escuchar los cantos seductores de las sirenas, intentaré bloquear el uso de las aplicaciones de IA en mi vida social y amistosa. Está en juego vivir la vida propia. Debemos controlar nuestra propia vida con Inteligencia Natural para que no la controle la Inteligencia Artificial.
Lucharemos por lo que comprende la “inteligencia natural”: la conciencia, el humor y la imaginación, vertientes todas alejadas de las pautas algorítmicas.
Así que, resistamos a las tentaciones de los atajos tecnológicos hacia ningún sitio.
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Pues la inteligencia artificial no es tan inteligente cuando no te deja en paz en los momentos de asueto. Hay que enseñarle a que hay momentos de ocio de la inteligencia humana, en la que la artificial no debe inmiscuirse.
Cuando salgo a la calle, bastante es que alguna aplicación permanezca abierta en el móvil para que la inteligencia artificial la deje conectada también …