
A veces el regreso de las vacaciones depara alguna sorpresa. En mi caso, consistiendo las vacaciones en dos sucesivos viajes desde Marruecos y de Italia, en los vuelos de regreso experimenté dos anécdotas aeroportuarias que me hicieron reflexionar y merece la pena compartir. Por algo, todos vivimos nuestra vida y las ajenas en la medida que escuchamos, leemos o vemos a sus protagonistas.
Al regreso del viaje desde Rabat hacia Madrid,el avión había aterrizado y estaba en la pista de aterrizaje con los motores apagados, en ese momento en que todos los pasajeros parecen tener urgencia por huir del avión, empujar y salir antes que los demás.
Yo estaba sentado observando la espera de los pasajeros a que abriesen las puertas, y en el atestado pasillo al lado de mi fila de asientos, situada al comienzo de la mitad trasera, estaba de pie un joven europeo próximo a la treintena, pelo corto estilo marine, totalmente vestido de blanco (camiseta y pantalón corto, como un tenista), afeitado y musculado de gimnasio, una cadena al cuello con pulsares estilo narcotraficante colombiano, y con dos detalles que me hicieron fijarme en en él: las gafas de sol de cristal oscuro puestas dentro del avión (¡) y un cigarrillo sin encender en los labios (¡¡). Súbitamente se volteó y comenzó a caminar hacia la parte trasera del avión asestando empujones al abarrotado pasillo de impacientes, que le dirigían miradas molestas. Desapareció hacia la cola del avión, y en ese momento llegó el turno de ir saliendo.
Tras bajar la escalerilla, dos autobuses nos esperaban para recoger a los viajeros. Repleto el segundo autobús con las puertas abiertas, y sin nadie más que bajara por la escalerilla, nos preguntábamos la razón de que no partiese. Tras cinco minutos larguísimos al pie de la puerta del avión, en lo alto de la escalerilla vimos al piloto y otro tripulante discutir con este individuo. Desde el autobús asistimos a una escena en que el piloto le dirigía explicaciones y el joven hacía aspavientos y gestos amenazadores. Desde el interior del autobús, comenzaron a silbar para que bajase de una vez, y un pasajero nos comentó que ese individuo había dicho que se iba a fumar al baño porque no aguantaba más. Supusimos que la tripulación le habría sacado del baño como último pasajero, y que le habrían amonestado. En ese momento, vimos que gesticulaba con los brazos como si fuera a emprenderla a puñetazos con piloto y tripulante, mientras éstos intentaban apaciguarlo. Finalmente, se dio la vuelta chulescamente y bajó golpeando con el puño la barandilla sin otro equipaje que su mala educación y pésimo respeto.

No acabó la cosa. Subió al autobús donde todos esperábamos agolpados y por esas malditas casualidades de la vida se situó justo a mi lado, y mientras yo estaba agarrado con una mano a la barra vertical y con la otra sujetaba el trolley, él se colgó de la barra superior y comenzó a columpiarse y asestar patadas al aire obligando a alejarse los restantes pasajeros. Procuré no mirarle directamente (es sabido que gorilas y cobras interpretan el contacto visual como agresión), pero si intercambié con mi hijo mayor una mirada de complicidad en el sentido de estar alerta para el caso no descartado, de que se descontrolase la situación y nos agrediese a alguno, con el fin de saltar los dos sobre el salvaje. Increpó buscando bronca a un infortunado pasajero que tenía enfrente y éste se volteó sin ganas de problemas. Esos minutos de autobús se hicieron larguísimos. Tras bajar, pasamos los controles policiales para exhibir los pasaportes y salimos hacia el tren de lanzadera.
Mientras esperábamos su llegada…¡ oh, desdicha! Ahí llegaba el sinvergüenza, gritando por su móvil, que apagó y comenzó a patear la papelera, sabiendo que era observado por todos. Súbitamente, se giró y comenzó a regresar por donde había venido, subiendo por la escalera mecánica….¡ de bajada! Gran sorpresa de los que pacíficamente descendían, enfrentados al ímpetu del grosero que subía y empujaba, obstinado en vencer la fuerza de la escalera. Le llevó unos largos minutos y cuando llegó arriba desapareció. Me pregunté si era un ignorante, un malvado, un idiota o un gamberro; creo que las cuatro respuestas eran correctas.

Ahora comenzaré la segunda anécdota y la reflexión que conectaré con la primera. Cuanto iba a despegar desde Bolonia hacia Santander, tuve que cumplir el trance humillante de la exhibición de lo que llevas y el desarme de objetos potencialmente peligrosos, antes de acceder a la zona de embarque. Cuando ya lo tenía todas mis pertenencias distribuidas en sus tres cajetines de plástico dispuesto a pasar el arco metálico, una policía italiana agarró mi paraguas italiano de colorines (lo llevaba porque me han enseñado a conservar las cosas y no tirarlas si sirven). Lo miró, y me dijo que recogiera mis cosas y fuese a otra línea de control específico situada al otro extremo. Fui para allá, porteando tres cajas de mis posesiones superpuestas, suplicando no se me cayese el pantalón sin cinturón); el paraguas fue sometido al escrutinio propio de un arma de destrucción masiva, pues junto con otro policía lo sometieron a inspección ocular intensa, lo sopesaron como si llevase oro en el interior, lo tantearon cual oveja lanuda, lo abrieron y cerraron (esto último con enorme esfuerzo y hasta con imagen ridícula, pues me temo que no pude disimular mi mirada burlona). Finalmente la policía italiana, joven y rizosa, afroamericana, que hablaba castellano perfectamente, y como se había percatado que era español, me dijo:” Tenga ¿a dónde se dirige?”. Me salió mi vena humorística (no puedo evitarlo):”Pues a tomar el avión” (evité decir:” a secuestrar el avión a punta de paraguas”). Me miró molesta: «¿Pero a dónde exactamente?; le contesté:” «Exactamente, exactamente, voy al aeropuerto de llegada de vuelos a Santander”. Me miró sopesando: (i) si preguntarme en qué continente estaba Santander; (ii) si someterme a un tercer grado para que no me fuere de rositas; (iii) o perderme de vista, que fue lo que hizo. Pero eso sí, al pasar el arco, nuevamente algún algoritmo saltó y tuvo que ponerme las palmas boca arriba, sondear mi cinturón y simular tocamientos con un papel para detectar supuesta droga o traza de explosivos. Por fin, pude pasar a recogerlo todo, donde me esperaban mis hijos, que no sabían que su padre estaba en la lista de terroristas más buscados.
Ahora vuelvo a conectar ambas anécdotas. ¿Cómo es posible que existan tanta supervisión vigilante en los aeropuertos, con controles absurdos, mecánicos y videocontrolados, y que se empleen a fondo con palomas como yo, mientras los buitres como el gamberro referido pudieron pasar todo control y altercado en impunidad?
Algo falla. No sé que es. Soy el primero que está dispuesto a sufrir limitaciones de libertada para alcanzar seguridad, pero que sirva para algo.

Y rogando disculpen la decepción de no tener un final digno de telefilme, y agradeciendo la lectura hasta aquí, con este artículo retorno a mi publicación semanal en vivoycoleando.com de los sucedidos de mi pequeña vida y las reflexiones que me brotan.
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