
Empieza agosto, o más bien empieza a acabarse desde que nace, y no es ocasión de imponer rollos a los lectores, ni complicarles la vida.
Así que me limitaré a ofrecer el titular del diario de hoy domingo, 2 de agosto, «El Comercio», que seguramente merece un análisis y reflexión sosegado de cada uno.
El titular dice literalmente:
Los jóvenes faltan al trabajo el doble que los sénior y copan ya un tercio de las bajas por salud mental.
De entrada, no debemos universalizar ni generalizar el dato, pero sí tomar buena nota de la tendencia.
Da que pensar, y mucho. Al margen de lo que se entiende por “junior” o “senior” refleja que existen dos tribus con distinta actitud hacia el trabajo y hacia el infortunio.

Hacia el trabajo, los “senior” parece que lo consideran con mayor seriedad y como un deber social. En cambio, parece que los “junior” lo consideran más frívolamente como una carga social.
Hacia el infortunio, los “senior”parece que los “senior” tienen una mayor capacidad de encaje de las desventuras y de “resiliencia”. En cambio, parece que los “junior” tienen más sensibilidad a flor de piel y ante sintomatologías o dolencias “invisibles”, como son la ansiedad, depresión , insomnio o fatiga emocional.
Es difícil saber las raíces de esta diferente actitud.
Se puede poner el acento en la responsabilidad de los junior:¿ nuevas generaciones mimadas de bienestar y aligeradas de la cultura del esfuerzo?,¿nuevas generaciones que han interiorizado los derechos individuales y minimizado las cargas colectivas?, ¿nuevas generaciones que viven lo inmediato, fruto de tecnologías y redes sociales, que les imponen primar el goce y minimizar las molestias, si hay alternativas de eludirlas?).
O quizá se puede poner el acento en la responsabilidad de los senior: ¿generaciones adiestradas en el trabajo?, ¿generaciones en que las quejas por dolencias son mal vistas, o en que los males psicológicos eran vistos como debilidades?, ¿generaciones que han hecho del trabajo una “forma de vida” y no un simple “medio de vida”?…

Quién sabe. Al menos es un dato estadístico claro y significativo de que algo no va. Buen motivo para reflexionar estas vacaciones… sea antes de dormirse en la tumbona, o de atiborrarse de paella, o de mirar un paisaje con admiración… O como suelo hacer en mis vacaciones: observar con sana curiosidad como se divierten y entretienen las personas, o cómo entienden que debe ocuparte el tiempo de ocio. Me maravilla.
O quizá mejor es no reflexionar sobre esto porque nos va a doler la cabeza. Y si estamos de vacaciones, en vez de la baja, deberíamos solicitar «el alta» :)). Además me temo que ante el indicado titular de periódico se abrirá una doble actitud: la mayoría de los senior considerarán que no hay solución, y la mayoría de los junior entenderán que no hay tal problema y si lo hay, no es su problema (al fin y al cabo, la mayoría no suelen leen periódicos y no se enterarán).
En fin, como soy «senior» soy parcial, y comprendo las señales de haber madurado sin sentirme viejo.
Buenas vacaciones y en septiembre volveremos con este blog de desahogo personal a la carga… A disfrutar, que toca.
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Siempre me llamó la atención la historia de Pedro Barato, el presidente de ASAJA, la mayor patronal española del campo. ¿Y por qué?, se preguntarán ustedes.
Porque estamos ante la denominada Asociación Agraria de JÓVENES Agricultores, y Barato lleva ¡36 años! continuados en el cargo y tiene ¡67 años!
¿Cómo puede dirigir una organización de “jóvenes” alguien que ya ha vivido dos generaciones completas dentro del puesto y frisa los 70? ¿Y cómo se puede tener 67, 57 o 47 años y seguir siendo “joven agricultor”?
De repente, caí. Quizás ésta sea la solución “barata” —qué menos que reconocer a su autor— al problema: convertir ser joven en un estado más burocrático que biológico.
Hagamos que desaparezcan las generaciones haciendo que todos seamos jóvenes, con independencia de la edad que tengamos.
Cambiamos la etiqueta a través del lenguaje… y a correr.
Pero, al momento, me pongo a pensar: lo malo de esta teórica salida sería para los padres. Porque nunca se deja de ser padre.
Por esta vía reduccionista conceptual, los jóvenes acabarían siendo menores —inmaduros perpetuos—.
Y los padres seguirían respondiendo de estos ante la sociedad por aplicación de la Ley del Menor.
Imagínense la escena: un señor de 52 años, “joven”, detenido por una gamberrada, una noche mal bebida o una salida de tono.
Su padre, de 78, compareciendo abochornado en el Juzgado de Guardia para responder de él: “Señoría, de verdad, no puedo más. Este niño me tiene agotado. No sé qué puedo hacer con él.”
Y el juez respondiendo: “Lo entiendo, Don Manuel, la juventud de hoy es muy complicada… pero la Ley es la Ley y alguien tiene que responder.”
Resultado: al final, nadie querrá ser padre.
Y la humanidad desaparecerá.
¡Ojú, José Ramón, pues sí que es serio este lío! Aquí las soluciones baratas salen carísimas.