
Cuando el pueblo francés tomó con violento asalto la cárcel parisina de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, chispa de la Revolución francesa, un lánguido Luis XVI escribió en su diario personal, el resumen del día vivido con una sola palabra: «Nada». Ya fuese porque el monarca no considerase la “algarada” digna de mención, o porque reflejase que no había cobrado ningún ciervo en la partida de caza de ese día, muestra el personal balance que cada uno hacemos de lo que nos pasa.
Recordé que el célebre inmunólogo británico William Frankland, quien falleció a la edad de 108 años en 2020, cuando le preguntaban por el secreto de su longevidad, confesaba que radicaba en mantenerse ocupado y no desconectarse de la vida. El cuerpo es tan listo que si percibe que la mente que le gobierna no sabe el rumbo, va parando los motores. Y es cierto, pues cada vez conozco más jubilados y comprendo el distinto talante al afrontar la jubilación, con distinto impacto, según se considere la línea de salida o la meta.
Ambas anécdotas, tan distintas y distantes, me confirman que la clave para disfrutar el paso por este túnel que es la vida (cuya entrada y salida desconocemos) está en la motivación y la curiosidad.
Si no hay un motivo para levantarse, para hacer, para conseguir algo que avive neuronas y pies, malo. Y si no tenemos curiosidad por saber algo que nos agita y emociona, por comprender qué somos y en qué mundo vivimos, malo. Si tenemos curiosidad y motivación, solo queda organizar tiempo y energías, o sea, hay priorizar las cosas y con menos urgencias, porque lo bueno se cocina a fuego lento.
Seguro que no digo nada nuevo (los japoneses lo llaman Ikigai, o motivo para levantarse cada mañana); por eso me vino a la mente la anécdota del rey francés, porque si yo tuviera que escribir en mi diario personal (que no es de papel sino de mi maltrecha memoria), lo sucedido este fin de semana, pondría esto: «Genial. Sentí el privilegio de estar vivo».
Resumiendo y para no agotar, participé en la primera noche en un homenaje en Salamanca a un grandísimo hostelero y mejor persona salmantina (Antonio Arias, de “Las Caballerizas”); el maestro de ceremonias fue nuestro común amigo de nombre igual, Antonio Arias Rodríguez, con su ingenio y filantropía habituales. Intervine a la mañana siguiente en una Jornada bajo el seductor título “Urgencia y realidad de la transformación digital” en la Universidad de Salamanca, donde aprendí de lo lindo. Esa misma tarde ofrecí en La Alberca una sencilla charla en una tarde de calor infernal sobre tema tan adecuado como “los incendios y la jurisdicción”. Al día siguiente, visita al patrimonio cultural de Zamora (castillo, catedral y templos varios), para cerrar la jornada con un almuerzo delicioso en bodega enterrada, en el Museo del Barro, en la Bañeza: increíble bacalao al ajo arriero.
Lo mejor de estas dos jornadas de “ocio activo”, fue que en todo momento tuve la fortuna de estar rodeado de personas estupendas, con las que bajas la guardia y abres los brazos. Y digo afortunado porque hay dos cosas en la vida que no se compran: el tiempo y la amistad, y disfruté de ambas en plenitud.

Tener una agenda tan estrecha y cerrada como un ataúd ya anuncia lo que espera. Bueno es tener vida social, ordenada y con prioridades, sabiendo decir que “no” (a lo incómodo o absurdo) y sabiendo conseguir el “sí” (a lo enriquecedor como persona). Al final se cosechará un puñado de nombres de amigos auténticos, de los que no fallan y siempre están, que llevan en el ADN la sinceridad. Ese es el auténtico tesoro que no te puede regalar ningún rey árabe ni genio de la lámpara, ni la inteligencia artificial.
Cuando administramos el tiempo y decidimos qué hacer, hay que tener presente un refrán japonés que dice algo muy evidente pero que no parecemos comprender, algo así como “si tomas un tren equivocado, debes bajarte cuanto antes, porque si no te alejarás más de lo que te conviene” (los economistas lo llaman la «teoría del coste irrecuperable», que nos llevaría a no bajarnos del tren equivocado por eso de que estamos ahí y hemos pagado el viaje).
Y es que por mucho que nos creamos la versión avanzada del homínido, realmente la mayor parte de la decisiones las tomamos con brújulas que han perdido el norte:
- Valoramos la inercia como criterio;
- Nos da pereza explorar nuevos campos;
- Imitamos lo que hacen todos sin pensamiento crítico propio;
- Lo urgente mata lo importante;
- Pensamos que la vida es eterna y ya habrá tiempo para todo…
No. Minuto no vivido, minuto perdido. Minuto compartido con amigos, minuto que se vive el doble. Minuto compartido con zoquetes o malvados, minuto perdido el triple. Así, que seamos prácticos en cuanto a querernos más.

Llegado a Oviedo, me aguardaba el descanso del guerrero, así que quizá tan densa, espléndida y gratificante experiencia viajera compartida, debería llevarme a un apunte en el diario más lacónico, y resumir lo sucedido: «Todo».
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Estimado José Ramón,
En una sociedad tan superficial, tan acomodada y, sobre todo, tan adormecida como la nuestra, qué difícil resulta llenar los días de “Todo” y qué fácil que se queden en “Nada”.
Mientras unos coleccionan vacíos, otros coleccionan sentidos: personas que suman y momentos que quedan.
Como bien señalas, la vida se estira cuando hay curiosidad —su brújula—, se ensancha cuando hay motivación —su motor y gasolina— y se multiplica cuando se comparte con personas auténticas —su corazón—.
El secreto: no tener tiempo para perder el tiempo.
Ese lujo que no se hereda y que algunos adquieren con la edad y la experiencia: saber decir “no” y convertir el “sí”, para quien lo dice y para quien lo recibe, en auténtico tesoro.
No, no es cuestión de suerte, sino de criterio.
De no dejarse engatusar, ni rendirse a la comodidad, y de saber no subirse al tren o al avión equivocado antes de que te conduzca a ese sitio donde te alejas de quien eres y empiezas a dejar de reconocerte.
Porque cuando consigues que tus días pesen “Todo”, sabes que tu vida tiene pulso y sigue siendo tuya.