
El otro día tuve ocasión de asistir a una demostración de un adolescente que estaba mejorando y enriqueciendo las habilidades de la aplicación “Salud” del iPhone, alimentada por un Apple Watch. Está incorporando nuevas funcionalidades para someterlas a la aprobación de la multinacional y comercializarlas. O sea, tuve el honor de asistir al “prototipo”.
Me quedé asombrado.
Primero porque el creativo era un adolescente, con rostro aniñado, indumentaria libre y aspecto de no haber leído ningún “libro de papel” y pocos de los otros. Y sin embargo, era educadísimo y se expresaba con corrección. O sea, la juventud no está perdida.
Segundo, porque ya sabía que la aplicación salud de iphone hacía maravillas con la información que le manda el reloj (Apple Watch) a través de unos puntitos de contacto con la muñeca (¡nada de pinchazos!). Todo un río tumultuoso de información se bombea por tan discreto lugar. Luego el trabajo de descifrar lo hace el algoritmo o magia tecnológica que corresponde y el usuario sabrá de forma instantánea cosas como estas: Corazón: frecuencia y oxígeno en sangre; Sueño: fases y duración; actividad: Pasos, calorías quemadas, velocidad, simetría al andar (¡); Detección de nivel de ruido ambiental, etcétera.
Hasta ahí no me inmuté. Pero me asombró que el nuevo y futuro (¡casi “presente”!) cachivache consigue:

- Monitorizar glucosa y carbohidratos (utilísimo para diábeticos)
- Hipertensión con precisión
- Enfermedades inflamatorias intestinales
- Predicción de artritis reumatoide
- Detectar la apnea
Y hay aplicaciones complementarias que permiten analizar las deposiciones con una foto, seguir la enfermedad de Crohn y colitis ulcerosa. ¡Caramba!
Ante esta maravilla me sentí como el paseante que ve en un parque a un joven jugar con su perro a las damas, y exclama: ¡Dios mío, nunca he visto nada igual!, ¡Ese perro es un genio!, ¡Yo quiero uno así!. Y el chico le responde: “Realmente no es tan genial. Le gano dos de cada tres partidas”.

De este chiste hay dos moralejas complementarias. La primera, pensar que nunca alcanzará lo artificial al genio humano, y la segunda, pensar que, aunque no lo alcance, supone una gran economía y servicio.
Lo cierto es que, con sensores biométricos llevamos “un médico en la mochila”. No seré yo quien quiera un algoritmo antes que un rostro humano con bata blanca. Pero debo admitir que a mi juicio, los diagnósticos de los médicos suelen basarse:
(i) en su experiencia e intuición;
(ii) en los datos que ofrecen las técnicas y pruebas (resonancias, electros, punciones, etcétera), o
(iii) una combinación de ambos. Además, por experiencia, creo que tal juicio debe efectuarse con rapidez, sin sosiego de reflexión y estudio, pues más pacientes y mas casos aguardan.
Y por eso, creo que un buen algoritmo o robot avanzado puede adquirir mayor certeza por su capacidad de controlar más síntomas y posibilidades diagnósticas que las de la limitada mente humana. O sea, la tecnología me avasalla y conquista.

Sin embargo, debo confesar que tras felicitar al adolescente por tamaño prodigio, le comenté que esa aplicación tenía mucho camino por recorrer y solo me rendiría a la tecnología cuando fuese capaz de vencer los siguientes retos (¡Chúpate esa, Apple!):

- Indicar al sujeto que porta el Apple Watch y iPhone, si está hablando demasiado y si debe callarse para no dar la tabarra. Utilísimo también para no soportar la ajena.
- Indicar al sujeto que porta el Apple Watch y iPhone, si está diciendo “tonterías” y si debe callarse para no quedar en ridículo. Utilísimo para parecer más inteligente.
- Indicar al sujeto que porta el Apple Watch y iPhone, si el chiste u ocurrencia que está a punto de soltar, es o no realmente divertida. Importantísimo para que nadie nos mire con pena.
Creo que todo llegará, y hoy por hoy es insustituible el humano privilegio de tener la boca cerrada. Pues como dice el refrán “En boca cerrada no salen sandeces”… o algo así. Claro que podría aplicármelo: «Con ordenador apagado no se escriben sandeces».
En fin, que los algoritmos cuidan de la salud pero no conjuran la estupidez humana.

Si Apple quisiera de verdad revolucionar nuestra salud —también la convivencial, la que mantiene la individualidad y evita discusiones, conflictos y rupturas cada día— con un reloj que promete medirlo todo, tendría que mirar hacia lo que realmente enferma a la sociedad: la incapacidad de respetarse, de callarse a tiempo, de tener criterio y sostener la identidad singular de cada uno. ¿Cuántas vidas, amistades, parejas y cenas familiares salvaría? Pero no lo hace, porque eso nunca podrá medirlo un sensor.
Muy al contrario, somos nosotros quienes asumimos con sorprendente naturalidad que la tecnología, nacida para engrandecernos y mejorarnos, haya empezado a empequeñecernos y sustituirnos —como pacientes, como médicos, como profesionales y, sobre todo, como ciudadanos—. Cada avance nos vuelve más torpes, más dependientes y menos autosuficientes. Y lo aceptamos sin pestañear. Sí: nos guía, nos avisa, nos revisa… pero al mismo tiempo nos infantiliza y encoge nuestra autonomía —la consciente, la responsable, la que sabe contenerse— hasta dejarla reducida a su mínima expresión.
Y así, casi sin darnos cuenta, los animales de laboratorio somos nosotros. Nos dejamos medir y predecir con una docilidad que cualquier etólogo envidiaría. Y en ese proceso vamos perdiendo algo que nunca debería desaparecer: la forma singular que cada uno tiene de ser persona.
Por eso, el único dato que debería medir un reloj inteligente es… la hora. Y, si quisiéramos ser más ambiciosos y exigentes, también el tiempo que realmente vivimos —el que sentimos, el que decidimos y el que de verdad nos pertenece— una vez descontado el que entregamos por delegación tecnológica —minuto a minuto, sin darnos cuenta—. Ese sí sería un indicador fiable de salud —y de mala salud—.
El resultado colectivo sería un susto monumental: descubrir que padecemos la enfermedad más extendida de nuestro tiempo —vivir sin vida propia.
La existencia sin presencia.
y cuando Apple nos de el diagnóstico nos enviará también el medicamento a casa y con eso facturarán a medias con las farmacias???
pues igual va por ahí la jugada.
lo de la foto de las heces valdrá también para que Apple nos envíe un fontanero rápidamente…pues es el WC atascado???
vale lo de Felipe existencia sin presencia.
otra: igual morimos solos y con dinero.
un abrazo
Carlos