Ayer por la tarde viajé en el espacio y el tiempo al Castillo de Carcassone, en el sur de Francia, cuyas primeras piedras datan del siglo VI y cuya construcción completa corresponde en el siglo XIII al rey Luis IX (San Luis).
Una imponente fortaleza: en la cima de la colina aguarda una doble y elevada muralla; una muralla exterior, un amplísimo foso, y otra interior. Miles de aberturas para que los de fuera no pudieran acertar con sus flechas, pero para que los de dentro pudieran disparar las suyas; 52 torres de vigilancia; sus cientos de almenas visibles desde las ventanas de torreones, con y sin rejas; pozos de agua, zonas de letrinas, espacios para establos de caballos, etcétera. Un enorme cruce de castillo y catedral.
Sus imponentes muros facilitan imaginar miles de arqueros apostados en las almenas, protegidos por un inmenso foso de separación, mientras en el exterior los asediantes se las ingeniaban con arietes, torres de asalto o excavaciones de túneles.
La entrada solemne se produce por un elevado arco con huellas de un enorme rastrillo para cerrar el paso indeseado y con marcas de viga o travesaños de marea, poleas, y ventanas de control.

Esta visión fortificada hacía percibir al visitante el aroma a guerra, sangre y cadáveres. A tiempos de espera asediado, donde el hambre y la sed se aguantaban.
Tras entrar en la ciudadela se abre una maravillosa ciudad medieval interior: un laberinto de callejuelas empedradas, que suben y bajan sin escalones, como residuo del paso de carruajes y caballeros cruzados a caballo; callejuelas flanqueadas con dependencias que en su día cobijaban a los lugareños que escapaban de los asaltantes, con una iglesia central (Basílica de Saint-Nazaire), y un palacete para el señor de turno. Un lugar donde había vida cuando no imperaba la muerte. Una ciudadela plena donde los protagonistas eran los destacamentos y los mercados, suministrados por tiendas de curtidores, herreros o panadería, etcétera. Un lugar envuelto en etapas de guerra y paz.

Es tal su belleza y poder evocador de un pasado medieval que fue atinadamente elegida para el rodaje de “Robin Hood:Príncipe de los ladrones”(Kevin Reynolds,1991) o “Juana de Arco”(Luc Besson, 1999)
Ahora, en 2026, la sólida y rugosa cáscara es la misma, pero el fruto ha cambiado. Turistas en frenético deambular por tiendas de regalo, algún museo y la mayor atracción: cientos de modernos restaurantes. Una fortaleza que ha sido bautizada oficialmente como Patrimonio de la Humanidad y podríamos calificar oficiosamente de “parque temático gastronómico”.
Quizá dentro de una década, con la globalización, mezcla de culturas, alguna guerra y algún empresario iluminado, toda la fortaleza sea un centro comercial o un centro penitenciario, o quizá una ciudad vacía o fantasma (si algún cataclismo nuclear interfiere).
De hecho, viendo aquellas miles de personas de todas las nacionalidades y religiones pasear entre sus muros, con sus móviles e indumentarias modernas, me preguntaba si no era un ejemplo vivo de como pueden coexistir todas las culturas y sensibilidades sin tensiones ni confrontaciones. Claro que también pensé que si algún señor de la guerra actual (Putin, Trump, Kim Jong-un, etcétera) lanzaba algo destructivo sobre la fortaleza y la multitud de su interior, se reviviría la escena real sucedida con el asalto de los cruzados a Beziers, población cercana a la fortaleza, pues muchos se refugiaron tras las murallas, pero aquéllos entraron a matarlos a diestra y siniestra por calles y viviendas; cuando preguntaron al jefe cruzado como diferenciar a los herejes de los que no lo eran, aquél fijó el criterio pragmático: “Matadlos a todos, dios reconocerá a los suyos”, y 20.000 vecinos fueron masacrados. No parece que las guerras se hayan civilizado mucho más.
Sin embargo, ahora es un lujo respirar y pasear por el mismo lugar donde la historia medieval se siente. Un privilegio. No hay mejor clase de historia que pasear por esas callejuelas y si en vez de jadear por agotamiento y segregar por almorzar, nos molestamos en una mínima consulta a lo que allí sucedió y porqué, comprenderemos mejor que la evolución darwiniana no solo opera en la esfera animal, sino en la de las sociedades, donde impera la ley del más fuerte, la supervivencia de los más aptos, y como no, el azar como fuerza determinante de que sobrevivan unos u otros.

Así podremos mirar atrás a la ciudadela, suspirar y pensar que es un milagro que nosotros estemos aquí contemplándo las huellas del medievo, como milagroso que nuestros antepasados de los siglos XIII y XIV sobreviviesen allí donde estuviesen al señor feudal, a las religiones o hambrunas. Y si ellos no hubiesen sobrevivido, o no hubiesen conocido a una pareja que también hubiese sobrevivido, no estaríamos los que somos el decimosegundo eslabón generacional posterior. Como tampoco estaría ninguno de los miles de turistas que allí pululan en enjambre.
Insisto. Somos afortunados de estar vivos y más de poder mirar al pasado en que los nuestros jugaron la carta de la supervivencia y ganaron. Quizá nuestros descendientes no tengan tanta suerte.
En todo caso, algo me dice que lo que sí sobrevivirá será la fortificación de Carcasonne.
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En este nuevo capítulo compartido de ese libro de viajes que vienes escribiendo estos últimos domingos, tras presentarnos Carcassone, vuelves a meditar sobre la violencia histórica, la fragilidad humana y la suerte —cada vez más improbable— de estar vivos.
Tu crónica, gracias a su tono humanista y vital, se convierte en una reflexión realista pero esperanzada sobre la continuidad de la vida y la civilización, incluso en estos tiempos de guerra, de globalización digital y de colonización del pensamiento artificial.
Nos recuerdas algo que suele pasar desapercibido: cómo los lugares que sobreviven a siglos de violencia y abandono, y que deciden cicatrizar, reconstruirse y recuperar su identidad, acaban convirtiéndose en espejos morales y en testigos incómodos, pero fieles, de lo peor y lo mejor que somos capaces de ser y de hacer los humanos.
Carcassone no solo guarda memoria de lo que fuimos: nos mide, nos compara y nos advierte de lo que podríamos volver a ser o, más bien, de lo que podríamos dejar de ser.
Ahí está —para mí— el mayor acierto de tu publicación de hoy: recordar que, a veces, es la piedra la que piensa por nosotros. Y acierta.