
Soy afortunado. Pasear por la medina o zoco de Fez o estar en la plaza de Marrakech te hace sentirte afortunado. Ves ancianos, discapacitados y niños que no mendigan, sino que se esfuerzan en vender pequeñeces, pañuelos, artesanía, etcétera. Contrastan las grandes tiendas de plateros o curtidores con estos modestos vendedores ambulantes. También es llamativo que venden con dignidad, con la insistencia justa, pero a diferencia de otros países no me he sentido hostigado o acosado. Un calor de justicia y ahí están viendo pasar el tiempo, esperando del turista unas monedas o comprensión. Los turistas tenemos dinero, tenemos tiempo, y nos permitimos regatear. Y como no, estamos bien alojados, bien alimentados y nos sobra lo que a ellos les falta.
Donde ya se pasa de los kafkiano a lo dantesco es al atardecer en la plaza de Marrakech, Jemaa el-Fna. El nombre se traduce como «La Plaza de los Muertos», denominación que procede de que en el pasado era escenario de ejecuciones públicas (siglo XI).
Una colmena bulliciosa repleta de buscavidas: vendedores con puesto y “vendedores con lo puesto”; artistas de la calle que se contorsionan y saltan, aguadores, domadores de serpientes y monos que se ofrecen para fotografías; tenderos de zumos de fruta a precio ridículo que compiten entre sí con alegría para venderlos; tenderetes para degustar platos tradicionales; se ofertan tatuajes de henna, extracción de muelas y cortes de pelo. Una gran plaza central que ofrece el caos organizado, pues te cruzas sin colisionar con los viandantes en incesante ir y venir, ni tampoco chocas con los ciclomotores deteriorados que pasan a tu lado portando tres o cuatro pasajeros; eso sí, eres asaltado constantemente con guiños de los nativos que reclaman tu atención, chapurreando con ingenio:” ¡Eh, Banderas, Mari Carmen! España es amiga, barato, etcétera.
Además, tras la victoria en el mundial de fútbol de Marruecos sobre Canadá, la plaza de Marrakech se convirtió en una enorme, ruidosa y festiva celebración, que permitió que tantos ciudadanos se evadiesen de sus problemas y se sintiesen vivos y parte de una obra común. El marroquí es sano, divertido y amable, y a la menor oportunidad disfruta de la vida por los poros, del té, de la tertulia callejera, de las pequeñas cosas.

Lo más triste es que estos viandantes de Marrakech son privilegiados porque al atravesar el país, en la zona del Atlas y en los aledaños del desierto, me asombró ver un auténtico secarral con casas de adobe sacadas del túnel del tiempo, con personas que calmosamente encalan, reparan, cosen o venden; con casas y burros que parecen caídos del cielo sin planificación alguna. Por supuesto, lo de viales, suministros básicos, pavimentación o limpieza, es algo que todavía se espera.

Es cierto que hay otro Marruecos, de Casablanca o Rabat, o incluso dentro de Fez o Marrakech; el Marruecos de los coches, salas de fiesta, restaurantes lujosos…Pero es la minoría. Como minoría son los bereberes o quienes habitan en la zona montañosa del Rif (olvidados del gobierno). El 20 por ciento de la población vive (mas bien sobrevive) con cinco euros al día, y el salario mínimo mensual de los que trabajan gira en torno a los 400 euros. De condiciones laborales, seguridad social y bienestar, ni hablamos.
Como nos informó el guía, el rey Mohamed VI es apodado “rey de los pobres”, pese a ser uno de los más ricos de África, con infinidad de propiedades y palacios en Marruecos y en el extranjero. También nos informó que el rey tiene una suerte de “derecho de veto” de lo que aprueba el parlamento pues so pretexto del bienestar de la religión islámica, de la que es portavoz, bloquea lo que no le interesa, o impulsa lo que le interesa. El rey enarbola su posición como garantía de la igualdad de la población, pero me temo que va en el sentido lúdico que decía Anatole Francie: «La ley, en su majestuosa igualdad, prohíbe tanto a ricos como a pobres dormir bajo los puentes, mendigar en las calles y robar el pan.»

La moraleja que me traigo es lo afortunado que soy, que ni el azar me ha colocado en una familia humilde marroquí, ni en Venezuela en la zona de terremoto, ni en la Ucrania en guerra. Y además vivo en una democracia con sus fallas, pero que constituye una atmósfera vitalizante de libertades y derechos.
No me sentiré culpable por ser turista entre tanta sencillez y precariedad, pero me queda la sensibilidad a flor de piel y siento el deber al retornar a nuestro mundo occidental de comodidades, de no instalarme en la cultura de la queja por las naderías que hoy día nos preocupan. Además subiré mi cuota mensual para la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). No es mucho, pero menos es nada.

Lo más grave es asistir a los enormes gastos bélicos de las guerras de Ucrania, Gaza u Ormuz. Se siente el valor de las sabias palabras de Dwight D. Eisenhower:
Cada arma que se fabrica, cada buque de guerra que se bota, cada cohete que se dispara significa, en última instancia, un robo a quienes padecen hambre y no tienen qué comer, a quienes sufren frío y no tienen con qué abrigarse. Este mundo en armas no solo gasta dinero. Gasta el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus hijos….
Terrible que sus sucesores en el gobierno no tengan la misma sensibilidad. Es increíble que el gasto militar, la muerte y la destrucción ganen a la dignidad de las personas. No tengo solución y me temo que esto no irá a mejor.
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