
Estoy en el aeropuerto madrileño. Salidas internacionales. Dispuesto a viajar a Marruecos. Siete días con mis tres hijos (Adrián, 26; Alex, 18 y Lara, 17). Atasco de coches al llegar a la terminal de salidas del aeropuerto. Atasco de pasajeros para facturar con maletas y carritos. Atasco en colas de serpiente para pasar los controles de acceso por escáneres. Atasco de personas en el control policial de viajes internacionales. Y tras otro atasco en hilera para obtener una preciada botella de agua, me toca reflexionar sobre el hormiguero humano.
Me pregunto si merece la pena esta retahíla de colas. Están justificadas porque somos muchos para viajar y todos tenemos derecho y todos queremos seguridad. Sin embargo, la decisión de viajar es nuestra.

En mi caso, es la segunda vez que viajo a Marruecos. La primera fue en 1988 y fue un viaje a la edad de piedra, a una tierra dura y seca, con personas con hambre y poco trabajo, con escasez de servicios públicos y malísima calidad de vida. En esa época, tuvimos el atrevimiento de viajar con mi vehículo Peugeot, sin hoja de ruta por Marruecos, y lo peor con poquísimo dinero (de hecho, el alojamiento de Tánger era tan barato, que tuvimos que poner una silla en la puerta porque la cerradura era un agujero sin pestillo).
Fuimos asediados por guías espontáneos y pícaros en estado de necesidad; vimos la explotación infantil de niños curtiendo pieles en una atmósfera pestilente; nos asaltaban vendedores que bajo una invitación de té y pastas, conseguían envolverte para comprar lo que no necesitabas; paseamos en camello en la playa guiados por un mozalbete de ojos negros y sonrisa clara; nos llevó un militar de negro bigote y rictus de torturador, en coche hacia un museo, pero fue realmente amable; y en el Museo de Tetuán el propio vigilante, vestido a la usanza de la policía marroquí, por una propina, nos permitió sentarnos en el trono, tocar alfanjes y pistolas, mientras el vigilaba que nadie viniese. Incluso una manada de pollinos (burros pequeños) casi nos arrolla en una estrecha calle de las afueras de Fez, mientras nuestro guía (investido de tal cargo por su propia insistencia) nos salvaba de ellos con diestras patadas a sus lomos propias del protagonista de Matrix. No faltaron visitas a zocos, mezquitas y parques, así como algún cementerio, un mundo donde nos sentíamos como alienígenas en la Quinta Avenida de Nueva York.

A punto de retornar a la península, dos desdentados nativos me propusieron con ciertas palabras próximas a la amenaza que les llevase un paquete al otro lado de la frontera, lo que rechacé jugándome la carrocería del coche y la del cuerpo. Lo cierto es que por lo demás, recibimos mucha hospitalidad pero también mucha precariedad y sensación de inseguridad.
Supongo que en estos treinta años Marruecos ha cambiado en nivel de servicios públicos, formación de las personas y dotaciones urbanísticas. Supongo que mi viaje, con el apoyo de una agencia que te lo da todo hecho, con poco espacio para la espontaneidad, asegura la tranquilidad. Supongo que hoy día, con móviles, tarjetas de crédito, y bien equipado, en hoteles de lujo con casi todo incluido, todo irá muy fácil.

Sin embargo, me temo que no conseguiré superar en emociones y gratitud, mi viaje de jovencito con mis dos amigos pardillos, tan pardillos como yo; en «modo» alpargateros y mochileros, perdidos sin rumbo por el zoco, por sus tiendas y experimentando mil anécdotas “de las que me quiero acordar” (por eso de sobrevivir). Una imagen final vale por mil palabras: en aquél lejano viaje en el tiempo, pero cercano en la memoria, el último día habíamos agotado el dinero y en una taberna marroquí almorzamos un bocadillo cada uno, relleno de patatas fritas. Sí, no había otra cosa, ni podíamos pagarla. Pero creo que resultó sabroso y ningún manjar del hotel podrá superarlo. Y es que con la necesidad se aprecian las cosas mejor. Con emociones y sentimientos a flor de piel, los recuerdos quedan grabados al rojo vivo. Y se recuerda con gratitud.
En cambio, mis tres hijos viajan conmigo. Todo incluído… incluído en el presupuesto de su padre.
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LLEGAR A TIEMPO
Estimado José Ramón:
Mientras leía tu publicación, no podía dejar de pensar, viendo la triste actualidad, en otro tipo de viajes. Viajes que no buscan paisajes, ni experiencias, ni recuerdos. Viajes que no pretenden placer, descanso ni libertad. Viajes que no caben en folletos, ni en agencias, ni en fotografías. Viajes que no se eligen. Viajes que solo buscan auxiliar, acompañar y consolar.
Hace solo tres años, Marruecos sufrió una salvaje sacudida de la tierra que causó una inmensa devastación material y humana. Hoy son nuestros hermanos de Venezuela quienes soportan el enterramiento en vida de personas por culpa de la furia súbita y asesina del subsuelo. Para eso no hay guía, ni mapa, ni brújula. Solo urgencia. Solo miedo. Solo manos que buscan otras manos y voces que llaman a otras voces bajo escombros y toneladas de peso.
Y entonces uno comprende que hay viajes que se hacen por la obligación íntima que siente el ser humano —frente a sí mismo— de ayudar a los demás. Viajes que no empiezan en un aeropuerto, sino en un grito de desgracia, en un aullido de dolor, en una lágrima amarga de desesperación, en un reproche indignado a la ruleta caprichosa del destino.
Son viajes que no pasan por un hotel, sino por un rescate. Viajes que no persiguen disfrute ni belleza, sino supervivientes. Viajes donde uno es presencia y ayuda, no un mero estar de paso. Viajes en los que el turista es el nacional, y el nacional es el turista atacado por la desgracia y liberado por un extraño de las garras de la muerte.
Qué no daría yo por poder viajar así, convertido en perro de rescate, rastreador de vidas, y recuperar así el sentido más alto de ciertos viajes: llegar a tiempo.