
Me atacó por sorpresa. Con alevosía. El dolor punzante en la rodilla izquierda ha vuelto y ha decidido atacarme cuando más daño hace. Cuando estoy de pie largo tiempo, cuando subo una cuesta o al acostarme (es entonces cuando contraataco y doblo la rodilla y me viene un alivio momentáneo).
Según el traumatólogo no tengo nada, a tenor de la resonancia. Nada raro. Quizá soy tan hipocondríaco como “el enfermo imaginario” de la conocida obra de Molière (1673), en que el protagonista Argán se cree enfermo y se rodea de medicinas y médicos.
No lo creo. Prefiero pensar que es “cosa de la edad”, aunque como dice el chiste del paciente: “La otra rodilla tiene la misma edad y no me duele”. El mismo argumento me vale por si me dicen que es “cosa del peso”, pues ambas piernas soportan el mismo (además intuyo que el dolor se agravaría con el estómago vacío o sin distraerle en los ágapes).
Tampoco creo que se deba a un impacto del pasado que ha dejado huella. Pese a mi pasado deportista en el pasado, no expongo mis rodillas a ningún esfuerzo sobrehumano, ni recuerdo haber sufrido impacto alguno. Ya me gustaría poder decir que me duele la rodilla porque he completado el maratón de Nueva York o porque he subido a la pata coja los 1665 escalones de la torre Eiffel. No es el caso.

Vale, lo admito. Soy un quejica y es cierto que mi dolor no es insoportable, interminable e inútil como el que acompaña a enfermedades graves de cáncer o huesos. No. Es un dolor molesto e intenso que te aisla algo de los demás, pues limita movilidad, estabilidad y serenidad de ánimo.
Yo no elegí ese dolor, sino que ese dolor punzante me eligió a mí, y ahora siento mi rodilla como un caballo de Troya, con el enemigo dentro. De ahí no saldrá, así que ese dolor es mío, tan mío y personal, que puedo comprender que la rodilla me pertenece, y que está conectada o irradia hacia o desde la cadera. Soy un todo, y ese dolor es como el ruido en alguna parte del coche, que no lo inmoviliza, pero hay que descubrir el origen y quitarlo, por si acaso.
Reflexionando he alcanzado varias certezas:

1. Esto es una enseñanza gratis del universo, personalizada y “a domicilio” consistente en que la vida presenta sorpresas y turbulencias que cambian los planes al más optimista y al más soberbio. Enseña a valorar más lo que se es y se tiene, pues ese dolor te devuelve a la realidad.
2.Da igual que lo comente, que quien me escucha podrá comprenderlo pero no podrá vivirlo como lo hago yo. Ya quisiera ver en mi piel al faquir, al estoico,al obispo o al campeón de taekwondo. Mucha serenidad y control para la galería, pero nadie les quitará el punzante dolor.
3.Este dolor me permite conocerme mejor y además conocer mejor cuando los demás sufren.
4. Por quejarme y contarlo a los demás no se alivia, así que no perderé el tiempo dando la turra.
Así que ahora tengo un desafío. La consulta a internet del origen del dolor casi me genera depresión pues como causas comunes sitúa las siguientes: artritis, lesiones de ligamentos, menisco desgarrado, tendinitis, bursitis y media docena más de “itis”. Son tantas las posibles razones, que me sorprende que no me doliese la rodilla desde hace años, o que no me duela la otra, o que media humanidad no esté cojeando.
Pero lo combatiré. Soportaré el dolor y acabaré con esta molesta “persistencia discontinua” como los tábanos veraniegos.

Al menos voy por la vida con buen humor, pues solo faltaba cojitranco y con mala leche. Además, mayor dolor soportan los malhumorados y de mal carácter, aunque tengan las rodillas de un adolescente. Eso sí que es difícil de llevar, porque no se soportan a sí mismos. Lo bueno es que el mal carácter no es contagioso, aunque los demás nos alejamos de ellos por si acaso.
Y ya me he desahogado. De momento, mientras escribo esto, he conseguido concentrarme hasta el punto de ignorarlo. Voy por el buen camino.
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A veces pienso que las rodillas son los críticos literarios del cuerpo: aparecen solo para señalar lo que no funciona, nunca para aplaudir lo que sí. Y aun así, hay que reconocerles que tienen un talento especial para recordarnos que la vida no siempre se vive desde la cabeza, sino desde las bisagras y el suelo.
Tu rodilla, por ejemplo, se ha tomado muy en serio su papel. Ya no es solo una articulación: es una opinadora profesional. Te interrumpe cuando quiere, te contradice sin pedir permiso y, por si fuera poco, tiene la osadía de intervenir en tu obra sin haber pasado casting.
A estas alturas de la vida se ha convertido en guionista, cuando te obliga a reescribir tus planes; directora, cuando decide cuándo te sientas y cuándo te levantas; actriz principal, cuando ocupa toda la escena con un simple pinchazo; y técnica de sonido, cuando cruje para recordarte su ruidosa presencia.
Por si fuera poco, tu rodilla te ha salido sindicalista: aparece cuando toca negociar —descanso, postura, ritmo, prioridades— y, si no le haces caso, te monta sin preaviso una huelga de movilidad.
Y lo que es peor: se ha transformado en una diva que reclama su momento de gloria. Se niega a seguir siendo una actriz de reparto disciplinada y proclama su ego articular (“yo valgo mucho”) a base de pinchazos cada vez que le cambias la rutina.
Al final, tu rodilla es un personaje secundario que ha descubierto lo imprescindible que es. Solo con entrar en escena y decir una frase, se lleva la ovación. Lo peor es que se lo ha creído… y ahora no hay quien la saque del escenario.
P. D. Einstein decía que “la gravedad no es responsable de que la gente se enamore”.
Pero, junto con el desgaste y el paso del tiempo, es la culpable de que las rodillas protesten.