
El sábado tuve ocasión de asistir a la boda de mi gran amigo Manuel (tras la boda he ganado una amiga, Patricia) y tras la preciosa ceremonia religiosa (¡todavía hay quien se casa por la iglesia!) tuvo lugar el aperitivo.
Gran momento relajado para saludar y discretamente atiborrarse de entremeses (que por decirlo en bable, se consumen entre les meses, o sea de pie), como bandoleros asaltando bandejas, y que son previos al banquete (que viene de “banco” o sea, sentados).
Ahí tocó saborear los exóticos bocaditos mientras un quinteto nos regalaba el oído con música clásica; el jamón ibérico 100% Joselito con un buen cortador profesional, nos proporcionó un viaje astral al mundo feliz, seguido de buñuelo de erizo de mar con mayonesa de piparras, o los blinis de rabo de toro, y otros aperitivos “de cuyo nombre no me puedo acordar”.
Un extraordinario «catering», palabra debida seguramente a la actriz de apellido Hepburn, o quizá viene de “catar”( pues beber y comer no es otra cosa que “acatar” lo que procede en ese momento).
Enfrascado en esta santa labor, de reflexionar y tomar el tentempié en un lugar maravilloso entre gente cálida, me encontré conversando con el sacerdote oficiante de la ceremonia que frisaba los ochenta años (¡) y que seguía nuestro ritmo de ingesta, pues ciertamente no pasaba por nuestra zona ninguna bandeja que no fuese sometida a escrutinio y requisa de nuestra aduana. En esas, le dije al sacerdote, quizá fruto del exceso de albariño:

-Con el debido respeto, padre, ¿no le parece que estamos cometiendo el pecadillo de la gula con este picoteo sin fin?
Sonrió por toda respuesta y algo musitó que entre la música me pareció un “fetén” (que parecía un elogio, aunque quizá era un prudente consejo: “fe, ten”)
En esta tesitura, en contexto de relajo y buen humor, me asaltaron preguntas poco ortodoxas ante la huella bíblica de mi pasado monaguillo: ¿la última cena fue a la carta o menú del día?, ¿quién pagaba?, ¿quién recogía los platos?, ¿tendría san pedro alergia al gluten?…
De ahí pasé a recordar la multiplicación de panes y peces. Buena demostración de que si se quiere se puede, pues según los evangelios tomó cinco panes y dos pescados, y los repartieron en la multitud, y “de los pedazos que sobraron se recogieron doce canastas” (siempre me pregunté de dónde salieron tantas canastas vacías en un paraje perdido).
Pero sobre todo la bendición bíblica del buen comer, que brota en aquello de “no solo de pan vive el hombre”, pues no, también de acompañarlo de vino u otras viandas varias…

Eso sin necesidad de remontarme al Génesis, pues pronto surge la idea de un Adán y Eva vegetarianos, con un Noé que tras el diluvio se vuelve carnívoro porque el arca estaba bien surtida, y con un Jacob que debía hacer unas lentejas deliciosas e irresistibles para su hermano Esaú (le hizo una oferta que no podía rechazar).
En fin, que el pecado de la gula es venial cuando se trata de momentos de almuerzo compartido. Son trances que proporcionan un placer pasajero y superficial, e incluso un placer frívolo en “tiempos de ruido y furia”, pero resulta provechoso. Y digo provechoso para cumplir con la máxima española, pues eso es lo que todos nos deseamos cuando almorzamos:¡Buen provecho! Esto nos distancia afortunadamente de la fórmula común en toda Europa: ¡Buen apetito!, lo que nos debe alegrar porque con tanta hambre que tenemos de paz, de salud y bondad, no podemos desear más ansia o apetito, sino más resultados.

En fin, siempre me impresionó lo de Mateo 5:6: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Como es difícil ser dichoso cuando sufres la injusticia por mucho que te prometan que a peor no irá, mas bien creo que la versión del arameo era más convincente con los afectados pues correspondía a “Cuando los que tienen hambre y sed de justicia sean saciados, entonces serán dichosos” Y es que algo me dice que tarda en venir el cocinero o camarero y en la espera, el que sufre la injusticia se desespera…
Lo único que eche en falta para un chispazo de un mundo perfecto fue la siesta, el “yoga ibérico” de Cela, la meditación del españolito, la droga de los pobres y honrados, el pasatiempo del ocioso… o incluso la pregunta del que llama a la puerta… si está…
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te invitaré a mi próxima boda .
grande !!!!!!
Carlos
Los aperitivos —ese territorio donde la gente se relaja, se mezcla y se entrega al hedonismo sin culpa— son un sacramento laico. Pero si eres creyente, no te preocupes: no llegan a ser gula. A lo sumo son una versión venial que, al compartirse —entre brindis, ocurrencias y risas—, se autoabsuelve. Porque, desde luego, si el infierno existe, nadie imagina a un demonio ofreciendo croquetas en bandeja en pleno averno.
Mientras sostenemos un mini sándwich, un nano canapé molecular, un crujiente frito o una lasca de Joselito —esa hostia color rubí consagrada del ibérico— y lo bendecimos con una copa de buen caldo, somos capaces de debatir sobre política, fútbol, el clima, Derecho, cine o metafísica sin que, milagrosamente, se caiga una miga o una gota… ni se levanten barricadas.
El aperitivo tiene también mucho de democrático. El artículo primero de su Constitución proclama: todos somos iguales ante el paso de la bandeja. El rico y el pobre, el vivo y el torpe, el desvergonzado y el que solo asiente parten. Eso sí: el que duda, pierde. Y si te paras a preguntar “¿esto qué es?”, ya has desperdiciado un bocado y media reputación.
Finalmente, estamos ante un deporte culinario de reacción rápida y reflejos. Si algún día lo incluyen en los Juegos, los españoles nos llevaríamos medallas: oro en croqueta al vuelo, plata en canapé esquivo y bronce en jamón desaparecido en menos de un segundo.
Con semejante currículum, el aperitivo es, sin duda, un auténtico patrimonio emocional y social.
Si la UNESCO busca tradiciones que unan, celebren y democraticen la vida, aquí tiene candidata.
José Ramón, tú que tienes mano, gracia y buena pluma… ¿te animas a proponerlo?
P. D. Felicidades —con retraso— a los contrayentes. Y envidia sana de ese trío… perdón, cuarteto, con el pater al frente, por tan grata velada y un ágape tan delicioso.