Claves para ser feliz El comer es un placer

El placer de alborotar sin molestar en los restaurantes

El otro día fue noticia que la Reina de Inglaterra en un banquete afeó al piloto de fórmula uno Lewis Hamilton su comportamiento por tener la osadía en un banquete de dirigirse a la Reina para saludarla puesto que antes tenía que haber conversado con quien tenía a su izquierda y posteriormente debería volverse hacia su derecha para conversar con la propia Reina, quien debía abrir el diálogo.

Pase como anécdota pero realmente deja entrever lo absurdo de cierta etiqueta y formalismos que relajan el ambiente distendido que debe reinar en un almuerzo.

Hoy días hay almuerzos de trabajo, almuerzos sociales y otros eventos en torno a una mesa donde la rigidez y frialdad están presentes. Son reuniones tranquilas, con tono suave y lento.

Personalmente pienso que el hecho de compartir mantel supone abrir un espacio de intimidad que libera de guiones y permite la espontaneidad (muy distinto de la descortesía o mala educación). El problema son los límites.

1. Viene al caso porque recientemente asistí a un almuerzo con una docena de amigos y ciertamente rozamos la “barrera del sonido” por el tono de voz elevado, las risotadas, los murmullos e incluso la rotura accidental de una copa. Es cierto que los españoles tenemos fama de escandalosos y en seguida hablamos a voces o porfiamos, pero este rasgo hemos de verlo como signo de camaradería y dicha.

A nuestro alrededor algunos comensales de otras mesas nos miraban de soslayo e incluso con miradas hostiles. Sin embargo, creo que la ” burbuja sonora” de nuestra mesa se mantuvo dentro de lo razonable.

2. A nadie nos gusta la “contaminación acústica”, ni las conversaciones telefónicas a grito pelado para información de pasajeros de autobuses o chismorreos de alto volumen en salas de espera; tampoco creo que agrade la música estridente de los locales ni del vocerío de las mesas vecinas, pero hay que tener presente que un restaurante no es un cementerio ni una cámara de aislamiento por lo que el ruido ambiental ha de soportarse como el precio de la compañía bajo un mismo techo.

Es un problema de educación que afecta tanto de los ocupantes de la ” mesa ruidosa” como de las ” mesas vecinas”; la “mesa ruidosa” debería superar la prueba de Sodoma y Gomorra y contar con “al menos un justo que imponga cordura y menor sonoridad a sus contertulios”; las “mesas vecinas” deberían, en casos de vergonzante escándalo, indicar al camarero la fuente de molestias para que tome medidas; y como no, el propio maitre o camarero, sin esperar indicación de nadie, con educación puede rogar que los decibelios vuelvan a su cauce.

O sea, ni energúmenos que no saben divertirse sin gritar (y que aumenta su vocerío según la ingesta de alcohol) ni quisquilloso discípulos de Don Juan Tenorio (su mirada evoca el memorable comienzo:

¡Cuán gritan esos malditos

pero, mal rayo me parta

si en concluyendo la carta

no pagan caros sus gritos!

3. Como todo en la vida, hay que aprender empatía y ponerse en lugar del otro antes de condenar. Aquí hay algo importante de lo que no siempre somos conscientes; y es que somos mas indulgentes con nuestra propia conducta que con la de los demás, pues nuestro cerebro tiende a justificar nuestras decisiones contra viento y marea. Los psicólogos lo explican mostrando el ejemplo de nuestra actitud ante conducir usando el teléfono móvil; vemos un conductor al lado usando el móvil y el reproche brota sin indulgencia; si somos nosotros los que usamos el móvil nos justificamos su uso en nuestro fuero interno con generosidad; o sea, el beneficio de la duda o la presunción de inocencia queda reservado para nosotros.

En definitiva, que los de la “mesa ruidosa” deben ponerse en lugar de otros clientes que acuden para almorzar o disfrutar con sosiego de su conversación o reflexiones. No todo el mundo está de fiesta ni le gusta que le aturdan o mareen. Y los de la “mesas tranquilas” que deben ponerse en lugar de un grupo que tiene derecho a festejar en torno a un mantel, siendo inevitable el zumbido de conversaciones cruzadas y risas.

Ninguno de los clientes debe olvidar que está en un espacio público, sin tabiques ni con espacio de mesas “insonorizadas”.

4. Así que, velando por no molestar pero sin convertir un ágape en un funeral, debo decir que esos encuentros de amigos, liberados de formalidades, cómodos, con situaciones cómplices, son maravillosos, y liberan endorfinas de forma natural.

Así que no refrenemos emociones si el guión lo requiere. Está en juego nuestra salud y felicidad.

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