Cada día me percato de que las palabras las carga el diablo. Es increíble que una frase o palabra, que no pesa ni ocupa lugar, pueda provocar un impacto efectivo en la realidad superior a las bombas.
Y no digamos un puñado de palabras escritas en formato libro, o una tumulto de palabras en manifestación airada… La fuerza de la palabra es inmensa.
Eso me llevó a pensar en dos cosas. La primera, que todos deberíamos tener cuidado con lo que decimos y como lo decimos, porque siempre llega a alguien y ese alguien lo interpreta y actúa en consecuencia. O sea, nuestras palabras cambian a los demás y las palabras de los demás nos cambian.
Sé que no digo nada nuevo, entre las frases que más me han enseñado está aquella de “eres dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras” (atribuida a Shakespeare), pese a que por alguna fuerza incontrolable no practico personalmente la contención expresiva.
En esta divagación me puse a pensar qué palabra es la mas peligrosa del mundo.
Eso sí, no debemos olvidar que cada palabra, como los revólveres, tiene el peligro de quien las usa, pues es evidente que hoy día, el histriónico perturbado Donald Trump, cambia directa o indirectamente las vidas ajenas con cada palabra que pronuncia o incluso con lo que calla. Triste.
Tras reflexionar e investigar sobre ello, aqui van las “palabras mas peligrosas” del mundo. Debemos estar alerta, tanto cuando las decimos (para conocernos mejor) como cuando las escuchamos (para conocer mejor al que las dice): Amor, sueños, Yo…
Amor. Porque esa palabra se invoca de forma confusa: se dice amor cuando se quiere decir sexo; se dice amor eterno cuando realmente se está en la etapa apasionada inicial del «enamoramiento», siempre temporal; se invoca el «amor» para imponer algo a la pareja, hijo o dependiente («lo hago por tu bien»). El «amor» es la palabra favorita de religiones, sectas, relaciones vecinales, arte, vida social, ventas, diplomacia, etcétera. Es una palabra que no es inocente, pues tiene efecto en quien la escucha y mucho más, si quien la dice sabe manipularla.
Sueños. Tener sueños es algo maravilloso, que motiva y da sentido a la existencia. Sin embargo, no ser realista, y afrontar expectativas desorbitadas, sin saber retirarse a tiempo, puede ser tóxico y dañino. Detrás de muchos fracasos, pérdida de autoestima, despilfarro de energías y tiempo, está la frase que decimos o escuchamos de: «Lucho por mi sueño», «Tengo derecho a perseguir mi ilusión», «Debes persistir en tus metas…». En fin, buenas son las ilusiones, pero peor pueden ser las decepciones. Por eso, unas gotas de realismo están bien en nuestro cóctel de expectativas. El aforismo griego de «Conócete a ti mismo» tiene inmenso valor. Bien está fijarse metas, proyectos y deseos, pero también detenerse serenamente a sopesar si las probabilidades y la estadística juegan de nuestro lado. Y sobre todo, como en el póker, saber cuando detenerse y no seguir apostando (lo desarrollé en «Jugar bien las cartas que da la vida«).
Yo… Ahí parece que los psicólogos muestran unaminidad. El ego. La peligrosa intervención afirmando un «yo», como antesala de un verbo rotundo. No es lo mismo un «yo pienso…»(inocente y prudente) que un «yo soy así»(pésima confesión de soberbia), o un «yo» petulante como salvoconducto para nuestra conducta egoísta, de sabelotodo, de hablar de nosotros sin escuchar, de no dejar espacio para el «tú». Un ejemplo vergonzante es cuando se espeta:»Yo siempre lo he hecho así»…como si fuera garantía de infalibilidad.
En cambio, en alguna parte leí que la frase más sabia y útil es «No lo sé». Confesar con humildad que algo no lo sabemos, ni estamos en condiciones de ser especialistas en todo, ni que pretendemos imponer nuestra voluntad sobre las razones de los demás.
Un «no lo sé» a tiempo es toda una declaración de principios, pero además será muy constructiva de nuestra propia personalidad si decimos:»No lo sé, pero lo averiguaré». Son las seis palabras que están detrás del éxito de Leonardo Da Vinci, Cervantes, Newton, Johannes Brahm, Enrico Caruso, Alan Turing, Ramón y Cajal, Einstein, Churchill, etcétera. Ninguno se quedaba pasivo ante la ignorancia, sino que la curiosidad les llevaba a la reflexión y al esfuerzo, y la suma de pensar y actuar, provocaba el fruto.
Malo resulta quien cree saberlo todo, no dejando se ser certera la afirmación de alguien tan soberbio como don Miguel de Unamuno cuando dijo de un vanidoso:»Lo sabe todo, absolutamente todo. Figúrense lo tonto que será». Y es que la humildad es el motor y a la vez escudo más valioso de la persona.
Incluso hace poco leía a mi admiradisimo Jorge Luis Borges, que afirmaba en una entrevista (Diálogos con Néstor J. Montenegro), pese a su portentosa memoria y talento, que «La humildad es una forma de lucidez. Prefiero, como los japoneses y los chinos, que los otros tengan razón. Detesto las polémicas». Y añadía en el mismo diálogo, sobre la felicidad:
Si en todos los idiomas de la tierra existe la palabra, es verosímil que también exista la cosa, siquiera a modo de esperanza o nostalgia. A veces, al doblar una esquina o al cruzar una calle, me ha llegado, no sé de dónde, una racha de felicidad. La he recibido con humildad y agradecimiento, y no he tratado de explicármela, porque sé que a todos nos sobran razones de tristeza.
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
1 comentario
Aunque las palabras son tan necesarias como el agua para la vida —léase convivencia—, no siempre la favorecen.
Según quién las pronuncie, el tono, el momento, la intención y cómo se escuchen… hidratan o envenenan.
Como los rayos X, atraviesan cualquier cosa si uno las emplea bien —Aldous Huxley—. Son un cuchillo sin mango, con filo cortante a ambos lados, que sirve tanto para alimentar como para herir. Así ocurre, José Ramón, con los vocablos que señalas.
El amor es cura y herida. Puede ser refugio, destino o un punto de luz en la niebla, pero también una coartada para manipular, justificar sacrificios, disfrazar dependencias o convertirte en quien no quisieras ser.
Los sueños, esos que idealizamos y convertimos en meta, pueden volverse gasolina e incendio cuando los heredamos, los imitamos o los perseguimos creyendo que son nuestros… sin medir su precio…o lo que perdemos en el trato.
El yo, la palabra más imprecisa de todas —según Elias Canetti—, debe existir pero ser domado. Puede servir para ser, crecer y distinguirse —el ego bueno—; pero si se mima en exceso o se descontrola, se convierte en un animal egoísta e insoportable —el ego malo—. Si el “yo pienso” abre el diálogo, el “yo soy así” lo clausura.
Existen otros términos —la lista es muy larga— que conviene manejar con especial cautela y esmero: el nosotros, que une pero también excluye; la verdad, que llevada al extremo deja de escuchar y termina mintiendo; el deber, que puede ser guía o convertirse en opresión; los siempre y nunca, tan rotundos y necesarios en ciertos asuntos como injustos y cerriles cuando borran matices y deforman la realidad; ….
Las palabras, cuando se escapan de su dueño, son capaces de morder. Por eso conviene tenerlas siempre vacunadas contra la rabia. Por alguna razón, las adecuadas casi nunca llegan a tiempo.
Aunque las palabras son tan necesarias como el agua para la vida —léase convivencia—, no siempre la favorecen.
Según quién las pronuncie, el tono, el momento, la intención y cómo se escuchen… hidratan o envenenan.
Como los rayos X, atraviesan cualquier cosa si uno las emplea bien —Aldous Huxley—. Son un cuchillo sin mango, con filo cortante a ambos lados, que sirve tanto para alimentar como para herir. Así ocurre, José Ramón, con los vocablos que señalas.
El amor es cura y herida. Puede ser refugio, destino o un punto de luz en la niebla, pero también una coartada para manipular, justificar sacrificios, disfrazar dependencias o convertirte en quien no quisieras ser.
Los sueños, esos que idealizamos y convertimos en meta, pueden volverse gasolina e incendio cuando los heredamos, los imitamos o los perseguimos creyendo que son nuestros… sin medir su precio…o lo que perdemos en el trato.
El yo, la palabra más imprecisa de todas —según Elias Canetti—, debe existir pero ser domado. Puede servir para ser, crecer y distinguirse —el ego bueno—; pero si se mima en exceso o se descontrola, se convierte en un animal egoísta e insoportable —el ego malo—. Si el “yo pienso” abre el diálogo, el “yo soy así” lo clausura.
Existen otros términos —la lista es muy larga— que conviene manejar con especial cautela y esmero: el nosotros, que une pero también excluye; la verdad, que llevada al extremo deja de escuchar y termina mintiendo; el deber, que puede ser guía o convertirse en opresión; los siempre y nunca, tan rotundos y necesarios en ciertos asuntos como injustos y cerriles cuando borran matices y deforman la realidad; ….
Las palabras, cuando se escapan de su dueño, son capaces de morder. Por eso conviene tenerlas siempre vacunadas contra la rabia. Por alguna razón, las adecuadas casi nunca llegan a tiempo.