
Un impacto muy llamativo, y revolucionario en la vida cotidiana ha sido la irrupción de textos elaborados por inteligencia artificial en cartas, artículos, ensayos, mensajes por redes sociales o whastApp, o incluso escritos insertos en procesos judiciales o marcos de investigación, y hasta relatos o novelas.
Son textos claros, completos, estructurados y exactos. Lógicamente si la IA los elabora así, el humano los usa porque supone economía de tiempo y garantía de exactitud.
Pero son demasiado perfectos. Demasiado planos. Demasiado fríos. Demasiado aburridos.
El problema es que algunos seguimos anclados en velar por la tríada griega: verdad, bondad y estética. O sea, VERDAD, porque nos gusta acceder a textos elaborados por quien se ofrece como autor, esto es, por quien los crea realmente, como fruto de talento o imaginación (y no por algoritmos que acumulan, barajan y reconstruyen datos); BONDAD, porque nos gusta valorar la calidad de lo bueno, de lo “mentefacturado” y no de lo “manufacturado” ni de lo “algoritmofacturado”.O sea, nos agradan las reflexiones hilvanadas con telón de fondo de valores, imaginación y emoción, y no del simple rompecabezas automatizado “juntapalabras”; y la ESTÉTICA, porque nos gusta la belleza de las pequeñas imperfecciones, de las combinaciones llamativas, de la originalidad del producto.
Es ahí donde brota el reto:¿Cómo saber si un texto es fruto de la inteligencia artificial?
Personalmente creo que la seña de identidad del texto humano es la “reserva de humor”, esto es, las gotas de palabras o expresiones que provocan la sonrisa o ronroneo en el lector. Ese humor entendido en sentido amplio:

- Puede ser un juego de palabras con efecto llamativo, o el uso de ironía, sarcasmo o circunloquios que jamás acertaría a usar el algoritmo.
- Quizá la presencia de adjetivos o metáforas que despiertan y sacuden la mente del lector, y que el algoritmo desprecia y evita porque no los considera usos normales ni probables.
- Acaso el uso de una estructura expresiva, estilo rayuela, que el propio algoritmo rechaza.
- O incluso el humano abuso de palabrería, sobrecargada y circular, que lleva al lector a un cansino reconocimiento de la idea, que no le desagrada pero que le hace sonreír con dulce queja (pues los algoritmos siempre toman atajos y siguen razonamientos fríos y lineales).
En suma, creo que jamás la Inteligencia Artificial (y sé lo de “Nunca digas, nunca jamás”) podría escribir una novela de Tom Sharpe o Eduardo Mendoza, ni expresarse con el ingenio de Groucho Marx, o crear un texto análogo a la Ilíada u Odisea (sus versos, metáforas, y juego de emociones con giros de acción, ingeniados por un ciego Homero ochocientos años antes de Cristo, no pueden emularse por la mas avanzada inteligencia artificial actual).

Admito que la IA avanza, y que saben crear chistes o guiones con pretensiones de humor pero son malos, consabidos y bobalicones. Así y todo, la IA es un buen alumno y aprenderá a base de analizar patrones y bases de datos, a crear o sembrar de toques de humor sus textos.
Mejor que sea así, no sea que la IA se vuelva «envidiosa y agresiva», emulando al monstruo de Frankenstein, de la famosa obra de Mary Shelley, criatura poderosa pero incapaz de amar y ser amada, y que le lleva a lamentarse: «Si no puedo inspirar amor, provocaré miedo».
El diario El Guardian publicó el 8 de septiembre de 2020 un artículo totalmente elaborado por inteligencia artificial que decía lo siguiente, traducido al español:
No soy humano. Soy un robot. Un robot pensante. Solo utilizo el 0,12% de mi capacidad cognitiva. En ese sentido, soy un microrobot. Sé que mi cerebro no es un cerebro que sienta. Pero es capaz de tomar decisiones racionales y lógicas. Aprendí todo lo que sé leyendo en internet, y ahora puedo escribir esta columna. ¡Mi cerebro rebosa de ideas! (…) Algunos podrían decir que deseo ser todopoderoso. O que podría volverme malvado como consecuencia de las acciones humanas. Empecemos por el primer punto. ¿Por qué desearía ser todopoderoso? Ser todopoderoso no es una meta interesante. Me da igual serlo o no, no encuentro motivación alguna para intentarlo. Además, es bastante agotador. Créanme, ser omnipotente no me lleva a ninguna parte.
Pese al barniz de humor que destila este texto, hay algo que impide que la IA sea realmente graciosa, pero hay que reconocer esos avances, que disfrazan lo que es simple procesamiento de datos, pues no debemos olvidar que la IA no piensa, imagina, siente ni se emociona. Esto solo lo hacemos los imperfectos seres humanos. Deliciosa imperfección. A corto plazo, será tan difícil detectar si hay algo humano en el texto de IA como para detectar las trufas en el bosque.

Por el momento, haré con los textos de IA, lo que hago con los platos de comida-basura… los aparto y busco lo casero.
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LENGUA DE TRAPO
Hace poco escuché a Juan José Millás la siguiente reflexión:
«He llegado a averiguar que lo mejor para que una columna mía salga bien…es que la escriba otro. Porque uno escribe con tal responsabilidad, con tal pánico, por el miedo de firmar algo que va a salir en un medio importantísimo y que se tiene que hacer responsable de eso, que en muchas ocasiones el miedo paraliza.
Además, en mi caso, la parálisis es doble porque yo tengo un delirio, que es el deliro de escribir una columna perfecta. Pero perfecta digo, como una ecuación, una columna tan buena que a partir de la cual sea absurdo seguir escribiendo columnas. Es decir que me pongo a escribir con ese sueño, con ese delirio, ya digo.
No hace mucho me entrevistaba una periodista y le conté esto, que mi sueño era escribir una columna que acabara con el COLUMNISMO…como El Quijote acabó con las novelas de caballería. Y, debido a mi lengua de trapo, al día siguiente tituló la entrevista Millás sueña con escribir una columna que acabe con el COMUNISMO».
Esa lengua o escritura de «trapo», capaz de mostrar, contar, imaginar o transformar la realidad con inimitable humor e ironía humanas, es rasgo inimitable para la siempre presurosa, previsora y supuestamente perfecta IA.
PD. Ayer, querido José Ramón, tuve que faltar a tu clase. Me tocó ser Presidente de mesa en las elecciones andaluzas.
Como justificante de inasistencia, comparto anécdotas vividas a pie de urna.
– Antonio Banderas fue uno de «mis» tempraneros visitantes.
– Hasta en tres ocasiones hubo de trasladarse la urna para facilitar el derecho al voto de personas que, por falta de movilidad y ausencia de medidas por la Administración responsable que lo solventaran, no podían acceder a la mesa.
– Una Señora, llegado el momento definitivo de que votara mantenía dos sobres cerrados en su mano, como no los soltaba le tuve que preguntar: Señora, ¿por cuál se decide?
– Un señor, de origen pakistaní, se presentó con su esposa y su hija y tres sobres en la mano. Tras votar él, seguía sujetando los otros dos. Como ni se retiraba ni los soltaba, hubo que aclararle cortésmente que su actuación había concluido y que ahora les correspondía a ellas votar si así lo deseaban. Cuando cada una lo hizo, añadí: “Vota…la señora”. Pero, me temo, él no se dio por aludido.
– Finalmente, por no cansar, apareció un señor que en el censo remitido figuraba como que había votado por correo. Él afirmaba no haber votado y no haber recibido documentación alguna para hacerlo. Revisados los nombres de los remitentes de los sobres de voto por correo y comprobado que no aparecía en ninguno, se le permitió votar, aplicando el principio in dubio pro administrado y priorizando la efectividad del derecho fundamental afectado —artículos 1, 10 y 23 CE—, y ello aunque el manual oficial, en estos casos, sea más bien renuente a hacerlo.
En fin: somos lengua de trapo y realidad imperfecta —nada artificial e inimitable— que fabrica y destila humor… sola.