Claves para ser feliz

Adelgazar con humor es posible

Es sabido que este modesto blog no está destinado a filosofías, ni para ofrecer altas enseñanzas, ni paraísos artificiales; me limito a reflejar cosas y sucedidos reales, que experimento o percibo, y lo comparto por si es útil o si provoco una sonrisa. He aquí una reciente anécdota real con sus enseñanzas.

La vida son pequeños retos. Mi última subida al Himalaya ha sido bajar de peso. Nada de estética, ni de prepararme para el maratón de Nueva York, ni para aprovechar la ropa… No. Sencillamente cuestión de salud y vitalidad. Eso de arrastrar las alforjas de grasa comenzaba a resultarme cansino y doloroso. Las articulaciones se quejaban y la cadera gritaba sin hablar. Tocaba sacrificio, pero sin sufrir ni pasar hambre. Bastaba eliminar azúcar, sal y frituras varias, y el queso (¡dios mío!), reducir pan y pasta lo posible, y a cambio, comer sin límite lo que no engorda (cereales y legumbres); así me hice “pollófago” (carne de pollo a todas horas mientras miraba de soslayo con envidia el chuletón o cachopo de mis amigos).

Ah… y fuera todo alcohol, bueno no, la sidra de fin de semana es “la leche del lactante asturiano” y hay que mantenerla…También se escapó de la “ley flaca” un jamón ibérico que me regalo una querida amiga salmantina. A estas alturas de la vida hay que ser agradecido y no ser radical, pues toda disciplina tiene que tener su válvula de seguridad para ser soportable.

Esta actitud gastronómica ha ido acompañada de tres visitas semanales a la piscina (media horita) que además me ha servido de clases de meditación por eso de concentrarme durante la media hora de ir y volver por las calles de la piscina.

Dieta tres en uno: comida ligera, natación y meditación. Ahora se trataba de pasar a la práctica esa versión al gusto de dieta milagrosa sin hacer dieta,

La dieta JFK (la he bautizado con inspiración americana, en mi nombre: “José Fuera Kilos”) ha dado resultado. Comencé el 1 de noviembre de 2025 pesando 89,9 kgs ( lo que para mi escaso 1,70 m, era excesivo; las aplicaciones de salud no se cortaban para usar calificativos más molestos que preocupantes).

Contaré que aposté con mi hija a que el 1 de mayo pesaría menos de 81 kgs. La apuesta me ayudaba a motivarme, aunque más me motivó el indicador del colesterol disparado a las cumbres.

Durante estos meses periódicamente tomaba una foto de mis pies en la báscula a primera hora de la mañana, como elemento de prueba de la evolución. No se imaginan lo patético que resulta mirar la foto de tus propios y vetustos pies sobre una báscula (tan lejos de los piececitos de bebé que algún día tuve), pero fui notando los avances (o retrocesos de la grasa, más bien). Cada quince días le mostraba a mi hija los progresos con la prueba fotográfica. Los primeros dos kilogramos fueron fáciles y a la semana huyeron; el tercero costó más. El cuarto kilogramo me llevó un mes eliminarlo. Y no faltaban los enemigos: comidas de sociedad, festividades con tentadores postres, suculentos platos caseros, y sobre todo el enemigo implacable de los votos del santo más comprometido: “Por un día no pasa nada…”.

Llegó el pasado 29 de abril y la báscula mostró hasta donde había llegado: 81,5 kilogramos. Tenía tan solo dos días para bajar a 80,90 kilogramos, pues la apuesta era alcanzar menos de 81 kgs.

El día 1 de mayo, desayunando con mis hijos, les comenté que había llegado el día de poner las cartas sobre la mesa de la apuesta. Les dije que, como no estaba prohibido, me había tomado dos barritas saciantes, para llegar a la meta apetecida, y les mostré orgulloso la fotografía de mis pies en la báscula que marcaba… ¡80,3 kgs.! Se quedaron gratamente asombrados, pero me recriminaron que hubiese usado las barritas, advirtiéndome que no era bueno para la salud.

Disfruté de mi gloria por unos instantes, y les dije que de ahí teníamos que sacar cinco lecciones del caso, que les dije mientras zampaba mi pincho de pollo y café con sacarina. Me miraron con atención.

Primera lección. No hay que creerse todo lo que vean, o lo que les muestre nadie bajo la aureola de la autoridad. Usar siempre el pensamiento crítico. Se lo decía porque realmente no había tomado barritas saciantes. Me había bastado con pesarme en la báscula como siempre pero como la foto solo tomaba de las rodillas para abajo, mientras tomaba la foto con la mano derecha, apoyaba lo justito la mano izquierda en la manilla de la puerta del baño hasta aliviar el peso y que marcase…¡ 8,30 kgs.!

Protestaron sorprendidos ante el pícaro padre que les había tocado en suerte… ¡No vale, no vale…!

Segunda lección.– Continué– Fijaros que un padre siempre dice la verdad a sus hijos, aunque les gaste bromas, trampas o use trucos para que aprendan. Y. no olvidéis que dice más verdad quien os quiere, que la publicidad de los alimentos de quien quiere venderlos: donde dice “sin azúcares añadidos”(¡ no quita los que ya tiene por sí); lo de “0% grasa”(realmente sustituye la grasa por azúcar o aditivos); lo del “100% puro o natural”( no dice que no engorde, ojo); lo de “saludable” (¿y qué?, si no lo fuera todo, no se vendería), y no digamos de la parafernalia de trilero de “Bio”, “light”, etcétera.

Tercera lección. En la vida no importa ganar o perder. El auténtico provecho y premio es aprender, sea de la victoria o de la derrota. Y ellos habían aprendido algo.

Cuarta lección. El sentido del humor ayuda mucho a gestionar las situaciones. He perdido peso, pero no el sentido del humor. Y ellos han ganado en sentido del humor.

Quinta lección. Hay que comprender que quien te quiere, seguirá soportándote gordo o delgado, y quien no te quiere, tampoco lo hará porque adelgaces. Pero si menos peso es más salud, pues los que te quieren se alegrarán de que adelgaces.

Así que si usted ha visto por la calle un flaquito con gafas que se parecía a mí, quizá era yo. Y si me ha mirado sin atreverse a preguntarme si estoy enfermo, pues no, de momento estoy sano.

Pero lo que más me gusta, porque el ego no adelgaza, es cuando me dicen nada más verme mis amigos: ¡Cómo has adelgazado!, ¡Se te nota en la cara y el tipo!,¡Más joven!

Y me alejo como Pedro Navaja… con el tumbao que tienen los guapos al caminar…

Ahora empezaré el plan RAI: Reducir Años Inmediatamente.


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2 comentarios

  1. Hombre, José Ramón… después de tanto esfuerzo, disciplina y pollo a todas horas, resulta que el secreto del éxito estaba… ¡en la manilla de la puerta! Si Newton levantara la cabeza, te fichaba para revisar la ley de la gravedad. Eso sí, entre la dieta JFK, el plan RAI y el tumbao de Pedro Navaja, como sigas así vas a necesitar contratar a un jefe de prensa que —entre familia, piscina, Juzgado, Congresos, conferencias, blogs y las fotos tramposas de la báscula— te organice la agenda.

    ¿Sabes por qué —para quienes te seguimos y admiramos— eres imprescindible y la omnipresente IA nunca lo será? Porque tienes sentido del humor: ese tan personal, tan analítico, tan humano, que mezcla inteligencia, perspectiva y picardía de una forma que ninguna máquina puede sentir, aprender o mostrar. Gracias a él eres capaz de desdramatizar, enseñar sin hacerte pesado, transformar lo cotidiano y reírte de ti mismo -o lo que te pasa- sin tomarte demasiado en serio. Esa sí que es la dieta infalible para aligerar la vida… y ayudar a sobrevivirla con alegría.

    Cada vez que te leemos, nos lo recuerdas: no pesan los kilos, pesa la forma de mirar… y de quitarle gravedad a la vida.

    PD. ¿Con qué nos sorprenderás en futuras entregas? ¿Con una dieta NASA: “No Acepto Subir un Átomo”?

  2. Enhorabuena. Intentaré seguir el ejemplo. La escasa ventaja de los gordos es que a medida que la vida nos echa años nosotros tenemos la posibilidad de compensar algo quitando kilos. Alguien dijo que la clave es comer de todo en platos de postre. Pero es tan difícil…

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