Claves para ser feliz

Ser herreros de la propia vida

Todos soñamos con muchas cosas, pero en nuestro fuero interior, salvo los psicópatas y antipáticos (o sea, que no son “empáticos”), nos gusta que nos consideren “buenas personas”.

Es difícil saber si una “buena persona” nace o se hace, o si es una fórmula mixta con base genética, nuestras decisiones y los retos que la vida nos plantea.

Cómo nos forjamos para ser mejores personas, es lo que me vino a la mente al hilo de la gozosa visita que tuve ocasión de hacer este sábado al taller de un herrero en el concejo rural de Tineo (Asturias), con un grupo de buenos amigos. No de un herrero cualquiera, sino de un herrero que ha hecho de su oficio un arte, y como Hefesto, el dios griego, sus productos son esculturas reconocidas mundialmente: el gran César Castaño.

Sin embargo, el taller donde se labran las piezas, como la concha que genera perlas, nos fue mostrada por el artífice. Es un taller vintage, situado en un tranquilo pueblo en la ladera de un monte arbolado; el taller se ha convertido en una pequeña catedral de la forja, joyería sin abalorios, cueva de Aladino, depósito de historia, almacén de artesanía y como no, cantina donde no falta bebida y comida para atender urgencias. En el centro de este universo misterioso, César, con su enorme humanidad e infinita cordialidad.

Un espacio humano donde brotan cosas divinas. Allí se juntaban en caótico desorden un sinfín de esculturas de hierro negro, broncíneo o plateado, al lado de otras ordenadas por materias como los guerreros de terracota de Xi’an (profesiones, barcos, animales, personajes, etcétera), aguardando como Lázaro, que un comprador sensible al arte, les diga levántate y anda, y los adquiera, pues al fin y al cabo, un producto artesanal único tiene valor incalculable en tiempos donde consumimos bienes producidos en masa y despersonalizados.

El artista nos mostró la fragua u horno donde hace brotar el fuego con negro carbón, y nos demostró como el hierro con el fuego intenso y el golpe sabiamente asestado, al ritmo y presión adecuada, consigue cambiar la forma, retorcerlo, enderazarlo y fundirlo. Tras introducirlo el vapuleado hierro en agua, provocando vapores, emerge en llamativa metamorfosis como una obra de arte. Hay algo tan mágico como la vida misma, cuando se comprueba que el hierro puede ser duro o frágil en manos expertas aplicando calor y fuerza en dosis adecuadas.

 Así somos las personas:

  • Nacemos brutos y simples como el mineral de hierro. Como decía el filosofo Locke, al nacer somos como una tabla rasa o «en blanco» y que está llamada a ser escrita con la experiencia y formación.
  • Avanzamos por la infancia y adolescencia, momentos en que la mente y el cuerpo admiten cambios, tiempos en que la energía que poseemos nos hace estar receptivos o rebeldes a lo que nos afecta, al igual que el hierro incandescente es sensible a las fuerzas que se le aplican.
  • Después la vida (o sus agentes: familia, maestros compañeros, amigos, etcétera) se convierte en el herrero que nos moldea, a veces con golpes recios, otras suaves y otras nos dobla. Algunos como puro hierro se dejan moldear con facilidad, otros como el acero inoxidable son resistentes al cambio.
  • La forja del hierro, como formarse como personas en la vida, requiere tiempo para moldear y paciencia para cosechar el fruto.
  • El azar nos proporciona experiencias, que se mezclan con el hierro que somos, y ahí viene el estaño de un éxito, el cromo de una enfermedad, el cobre de una alegría o el latón de la decepción amorosa.
  • Luego, cuando somos adultos, superada la treintena, nos volvemos tercos, tan soberbios que consideramos que ya sabemos como somos y lo que queremos, y no admitimos cambios. Somos la pieza de arte tallada, el hierro sólido y forjado. Solo cambiaremos con otro proceso de fusión y forjada duro y con potente energía… de alguien que sepa, o de una experiencia realmente impactante.

De ahí la importancia de los demás en la vida, de los semejantes que se aproximan a nosotros cuando vamos forjando carácter, sentimientos y espíritu. Los astrónomos nos han enseñado que cada cometa, asteroide o planeta cuando se aproxima a otro cuerpo astral, le afecta. Y a nosotros nos afectan los demás, para lo bueno y para lo malo.

La clave radica en mantener la firmeza de lo que somos como persona individual, con dignidad para decidir, pero sabiendo aprovechar las fuerzas que caen sobre nosotros, como la vela de un barco, que incluso puede empujar al barco en la dirección correcta aun con el viento en contra.

Pude contemplar en el taller de César, por primera vez en mi vida, tres objetos de altísimo significado. Un mango enorme de martillo, que era llamativo por el visible desgaste hacia la mitad, huella de haberse agarrado por mano diestra con fuerza para golpear, evidenciando que si los mares erosionan la costa por la fricción de siglos, el herrero desgasta la dura madera de fresno por la fricción del esfuerzo humano durante una vida.

Por otro lado, un yunque, como un sólido pedestal o bloque macizo de acero frente al que ceden todos los metales que se estrellan con el. Y además, un martillo pilón, que aplasta repetidamente cualquier hierro y vence toda resistencia.

Creo que en la vida, no debemos ir de “yunque”, inmunes al cambio, porque eso es ser intolerantes y soberbios (los yunques abundan en los fanáticos religiosos o de ideologías radicales). Tampoco es bueno ser un “martillo pilón” porque supone aburrir y machacar a la persona que nos escucha (esa es precisamente la herramienta de los intolerantes).

Iron-man es un héroe de cómic. Pero todos somos “hombres de hierro” porque lo que somos, como el hierro, se martillea para transformarse en algo más bello y fuerte. La vida esta cuajada de momentos-martillo, en que nos moldeamos o nos moldean: Cada vez que leemos un libro, vemos una película o escuchamos una melodía; cada vez que interactuamos con otras personas, e intercambiamos experiencias y conectamos las dos o más personalidades, en un actividad serena y armoniosa (tertulia, paseo, etcétera). Incluso cada vez que fracasamos, nos levantamos y aplicamos la presión para devolver la plasticidad de nuestro cuerpo y mente a donde debe estar.

Quizá la vida es una sucesión de toques de martillo, de aplicar calor y enfriamiento, de separar y unir, de hacer pequeños cambios para conseguir mejoras graduales. Somos el mejor herrero para el hierro que nos ha sido dado en suerte por el azar, y debemos forjarlo en la fragua de la vida. Quizá con sudor, con alguna quemadura, algún dolor… pero también con placer de mejorar, de llegar a ser una buena persona.

En suma, creo que todos tenemos algo de herrero en la vida, pues transformamos lo que cae en nuestras manos (y lo primero que tenemos es nuestro cuerpo, corazón y mente).

Que César Castaño consiga transformar pedazos de metal en piezas bellas, es mágico. Si César hubiese vivido en la edad media sería un reputado forjador de espadas, pero al vivir en nuestros tiempos modernos de producción masiva y algoritmos, es más que eso, un guardián del arte y la tradición, pues sabe dar forma a la materia dura sin usar la fuerza bruta, sino la fuerza de la inspiración, la destreza… y la imaginación, pues cada pieza final es algo original concebido por su autor.

Y tras este viaje al paraíso del esfuerzo creativo y artístico, ni que decir tiene que hicimos deporte (bateamos oro, con escaso éxito algunos) y nos fuimos a almorzar en un restaurante casero maravilloso (con total éxito para todos). ¡A vuestra salud!


Descubre más desde Vivo y Coleando

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

1 comentario

  1. Qué texto más bien fraguado, José Ramón. Y qué vertebradora metáfora más afortunada: la del herrero, capaz de convertir el hierro en arte —escultura—, en algo destructivo —armas— o en algo útil y bueno —herramientas que construyen y sostienen nuestra vida en común—.

    Aunque la vida nos dé el hierro, cada persona es responsable de forjarse a sí misma. Somos nosotros —con la ayuda o el obstáculo del tiempo, las experiencias, el esfuerzo, el conocimiento y las influencias ajenas, buenas o malas— quienes hemos de transformarlo en algo valioso. Porque la forja no es solo un proceso externo: es un acto consciente y voluntario de libertad interior.

    Por eso no deberíamos ser ni yunque —cerrados e inmutables— ni martillos pilones —impositivos y duros—, sino seres capaces de cambiar y ajustarnos a los cambios de la vida —a veces con agua, otras con fuego— para mejorar, sin perder por ello nuestra dignidad, nuestra humanidad ni esa esencia luminosa que muestra nuestro sol personal y disipa nuestras sombras.

    Esa capacidad de elegir —de resistir, adaptarse y mejorar— exige sensibilidad, esfuerzo, paciencia y una mente abierta a evolucionar.

    Como dice un proverbio mexicano, todos estamos hechos del mismo barro, pero no del mismo molde. Al final, todos somos herreros de lo que queremos ser… y, a veces, hasta lo logramos.

    ¿Cómo? Unamuno decía que el modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura. Quizá no haya mejor método…aunque —como buenos herreros— tengamos en casa cuchillo de palo.

Deja un comentario

Descubre más desde Vivo y Coleando

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo