
Me pongo a escribir esto tras regresar de la piscina. Seré antiguo, anacrónico, cargado de prejuicios y mal educado. Pero confieso que me incomoda, sonroja y pone en dificultad el tener en el vestuario de la piscina del centro deportivo al que acudo habitualmente, a niñas desnudas próximas a los ocho años, con gran naturalidad de sus padres a su lado.
He sido deportista en la adolescencia y jamás tuve problema para desnudarme o compartir vestuario con otros del mismo sexo. He sido padre de tres niños y no me preocupaba, por ejemplo, que hasta los cuatro años, mis hijos vieran o fueran vistos por personas desnudas del sexo contrario. Sin embargo, me ha sorprendido vivamente que, a partir de los cinco años, cuando comienzan a forjarse emociones, sentimientos y valores, o su identidad, se les deje en la vida para demostrarle lo que somos, como somos desnudos los demás, y dejar asilvestrada la formación del sentido del pudor o la actitud hacia el sexo.
Y lo que diré vale al revés, esto es, para madres con sus hijos menores de ocho años que los llevan al vestuario femenino.
Se me dirá que el desnudo es natural, que da igual el género, que no debemos encasillar a los pequeños desde la infancia, que tenemos muchos tabúes, y otras zarandajas de mal entendida progresía.

Personalmente, e insisto en que es una opinión personal, lo que no entiendo es:
- Que un padre deje que su hija desnudita mientras su padre se ducha, o mientras la peina, y aquella esté con ojos perdidos ante unos varones en pelota picada, unos que intentamos eludir la situación y otros que parecen pregonarla.
- Que un adulto como yo, educado en otros modelos (en que ya es tarde para cambiar y no quiero cambiar), tenga que sentirme incómodo y observado por una menor de edad, yo desnudo y ella igual.
- Que no se respete mi derecho a personalidad o intimidad, debiendo habilitarse un espacio en el vestuario reservado para padres con este sentido de libertad o exhibicionismo de sus menores.

El resultado es que me siento obligado a situarme en lugar discreto (lo que no es práctico si tu taquilla está al otro extremo) y en el momento en que regreso chorreante de la ducha, doy la espalda a los menores (y envío un tácito mensaje al padre), y con la velocidad de un rayo, la discreción de un mago y la habilidad de un contorsionista me seco mis partes y pongo el calzoncillo, cual se tratase de un concurso televisivo. O sea, invierto el tiempo estrictamente necesario en actuar bajo la influencia de la presencia ajena.
Lógicamente no me enzarzo en discusiones con padres ni me quejo al centro deportivo porque es un centro privado y es como las lentejas, “si quieres las comes, y si no las dejas”.
Y no se diga que en la playa, pueden ir desnudos menores, que eso no me preocupa, porque yo sí soy libre en la playa de decidir si voy no vestido, o irme a otra parte. Pero no haré ninguna de estas tres estupideces: (i) renunciar a la piscina, por la tontería ajena; (i) ir a la piscina y ducharme en casa; (iI) ducharme con bañador y cambiarme en ángulo oscuro u oculto, pues no soy un delincuente.
El verano pasado asistí a una piscina pública en Verona (Italia) y tenía una zona común para niños y niñas, cuando iban con sus padres. No será lo ideal pero sí menos malo para los terceros ajenos a sus circunstancias. El problema se plantea cuando no hay vestuarios comunes, ni familiares, ni individuales. Entonces toca pasar malos tragos.
En suma, hemos evolucionado mucho y me adapto a los tiempos, pero se ve que pasado largo el medio siglo, no estoy en condiciones de lidiar con la desnudez propia y ajena, cuando de menores del sexo contrario se trata, pues creo que no les hace ningún bien:(i) ni ser mirados por cualquier desaprensivo, (ii) ni que ellos miren un colgajo, comparar o examinar tatuajes o argollas en lugar delicado. Mejor que la vida o tus padres te expliquen y enseñen lo que hay, que por inmersión en un «vestuario nudista heterosexual».
Al menos, por lo que yo he visto, todavía hoy se obliga a que los padres con niñas vayan al vestuario masculino y las madres con niños al femenino, pero todo se andará para que padres vayan niñas al femenino o madres con niños al masculino. El caso es enredar e incomodar, so pretexto de una libertad mal entendida.

Me temo que no tardarán en alzar vestuarios comunes para hombres y mujeres, sean niños o niñas. Todos juntos y todos amontonados. Y los que no lo veamos tan natural ni lógico, seremos mirados como carcas, fanáticos religiosos o pervertidos. Pero no me importa pues también tengo palabras fuertes para los padres que exponen a sus hijos, y me las callo. Al menos nadie puede cambiarme como pienso, pues la vida me ha dibujado así, y me esfuerzo en ser tolerante, pero no lo soy con los intolerantes a los que no comprendo.
Lamento el desahogo de hoy, pero se habla de las experiencias cercanas con el corazón en la mano, pues me temo que no soy el único.
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La situación que planteas —la normalización de que un padre entre con su hija menor, ya con cierta edad, en un vestuario masculino para ayudarla a cambiarse— debiera estar limitada por el sentido común, la privacidad razonable, el decoro y el pudor —propio y ajeno—. A ello se suma la propia protección a la menor, tan elástica, por cierto, según el ámbito del que se trate.
No, la desnudez no es neutra ni intercambiable entre adultos y menores, mucho menos si son de distinto sexo. Por eso, en este ámbito tampoco puede considerarse una “buena costumbre”. Y como recuerda nuestro Código Civil —en su art. 1116—, lo contrario a las buenas costumbres carece de validez, máxime si pretende imponerse a terceros.
Pensar que una menor —pongamos de más de cuatro años— pueda presenciar mi nada gloriosa desnudez me perturba y me incomoda. Pero, por encima de pareceres y subjetividades, está la realidad psicológica y científica: a partir de esa edad los niños empiezan a desarrollar pudor, conciencia corporal y límites propios, lo que hace aún más discutible exponerlos a la desnudez adulta del sexo contrario.
¿Dónde queda el límite convivencial? Porque yo no he elegido estar desnudo frente a la menor; ella no ha elegido ver mi cuerpo; y tampoco he autorizado al padre a decidir por ambos. La convivencia exige límites recíprocos, porque la intimidad no es solo un derecho individual, sino un marco básico de respeto mutuo. Y cuando ese marco se vulnera, surge un conflicto moral: la libertad de unos no puede invadir la intimidad de otros.
Al final, todo se resume en una idea sencilla: cada persona tiene derecho a decidir quién ve su cuerpo y en qué circunstancias; y cada persona tiene derecho a decidir si quiere o no quiere verlo. Porque la intimidad no es un lujo: es un límite que protege a todos. Y la libertad sin respeto es invasión, no convivencia.