Paseando al perro me encontré con un viejo conocido e intercambiamos unas palabras. Nos despedimos con un recíproco “Me alegro de verte” que me dejó pensativo, porque realmente era alguien del pasado que me importaba un bledo, y yo a él, ya que por razones que no hacen al caso, solo habíamos compartido algún episodio de la adolescencia en el mismo barrio.

Me quedé pensativo sobre como la cortesía blanqueaba las tensiones y como a veces encubre hipocresía.
Eso de “Me alegro de verte” suele tener variado significado.
O bien, una auténtica alegría de fondo ante el tropiezo casual con personas a las que tenemos cariño, agradecimiento o lealtad, y a las que por eso del tiempo y la vida, hacía mucho tiempo que no frecuentábamos.
O bien, una despedida de un encuentro casual, en que ponemos punto final con ese broche: “Me alegro de verte”.
O bien, una formal cortesía que realmente encubre:
- La alegría por sentir que importamos para alguien y que nos importa.
- El feliz detonante de recuerdos y viaje al pasado, pues el rostro de la persona y la memoria nos lleva a tiempos que no volverán.
- La discreta satisfacción de saber que nos hemos reconocido, por lo que no debemos haber cambiado tanto.
- La confirmación de que estamos bien, vivos y coleando, lo que es especialmente relevante cuando con la edad, este tipo de encuentros con personas que no vemos, tienen lugar en tanatorios.
Confesaré una deliciosa anécdota de hace unos treinta años, cuando tenía otros tantos. Por entonces me tocó formar parte de una tediosa mesa electoral, por eso del sorteo entre ciudadanos y me correspondió ser presidente de la misma. Eran elecciones generales y aunque residía en Salamanca, como no había alterado el empadronamiento, me toco una mesa electoral de mi viejo barrio ovetense, que hacía una década larga había alejado.
Lo bueno de participar en la mesa electoral fue que fueron desfilando por allí personas del pasado, con todo tipo de recuerdos, además se leía el nombre, la persona esperaba mi escrutinio y como un anzuelo, pescaba recuerdos de otra época. Los que eran ancianos, ahora lo eran mucho más y llegaban ayudados por familiares, pero afortunados de vivir. Los que eran adultos ahora llegaban ancianos, y los que eran adolescentes como yo, ahora venían maduros.
Tras una mañana larga de votantes que comenzaba a ser tediosa, escuché un nombre y vi caminar a una señora hacia la mesa. No podía ser. En mi infancia, y cuando digo infancia y no adolescencia sé de lo que hablo, jugaba ocasionalmente con una niña de trenzas rubias, ojitos azules y sonrisa eterna. Esa niña era mi particular Laura Ingalls de “La Casa de la Pradera”, entrañable, de mirada limpia y conducta ingenua. Una delicia de un pasado donde éramos inocentes niños que disfrutaban de una sana felicidad juntos. Y no la había vuelto a ver desde que a los trece años mi rumbo vital viró hacia otras compañías y hábitos.

Y ahora estaba allí. La niña se había convertido en mujer. Alguna arruguita, algún kilito de más y la sonrisa eterna.Mientras exhibía el DNI me dijo: “Me alegra verte”. Yo muy profesional, introduje cada papeleta en la urna, y le dije “Yo también”. Se volteó y se fue. En ese momento, dos compañeros de mesa me dijeron con nerviosismo: «¡ Eh! Que has metido cada papeleta en la urna equivocada». Y era verdad, todas las papeletas de cada urna eran del mismo color, salvo una. Rápidamente dije: “No hay problema, es una mera irregularidad, como se ve de distinto color, las intercambiamos al abrir las urnas”. Y no hubo ningún problema, pero fue un suceso bonito. La única alegría que me han dado los procesos electorales.
En fin, que lo de “me alegro de verte” me gusta, especialmente porque lo que realmente me alegra es que me vean…vivo.
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