
El pasado atardecer tuve la fortuna de contemplar desde un promontorio costero en Formentera (Es Pujols) el milagro del atardecer con un sol radiante unido al mar cristalino, mientras salían del escenario unas nubes blanquecinas.
Enormes gaviotas planeaban sobre unos pocos barcos fondeados, alejados de la costa donde jugaban al escondite la espuma, las rocas y la playa (“Las olas son las sonrisas del mar”).
Acompañaba un silencio calmoso y un leve aroma salino.
- Ninguna postal, fotografía o descripción podría aprisionar esa belleza.
- Ningún ágape, concierto, espectáculo o celebración.
- No lo suple Woodstock, Wall Street, Silicon Valley ni Hollywood.
No es fruto de algoritmos ni tecnologías. Basta la rotación de la tierra, la fuerza gravitatoria de la luna, y abrir los ojos, poros e imaginación. Basta con mirar para ver. Basta con estar ahí para sentir. Un regalo de la naturaleza.
Hay infinidad de paisajes marinos tanto o más bellos. Y montañosos, y submarinos. Y sin embargo no los vemos. Y los hay que no están en el mar, pero no tenemos tiempo ni luchamos por verlos…

Una maravilla. Comprendo los versos de Jorge Luis Borges sobre el mar:
Quien lo mira lo ve por vez primera,
siempre. Con el asombro que las cosas
elementales dejan, las hermosas
tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
Ese paisaje de Formentera alimenta el alma. Son momentos de reposo en que el corazón se activa, la mente se aviva y te sientes en calma. Paz frente al caos interior. Lentitud frente al tráfago de la vida. Naturaleza sencilla frente a tecnología tumultuosa.
Son momentos mágicos de armonía con el mundo, cuando el mundo tiende al caos.

Quien los experimenta, despierta en nuestro interior las facetas que enterramos en el fondo de armario. Sale a relucir el artista, el ecologista, el poeta, el filósofo, el místico, el hombre de paz. Lo mejor de nosotros que no siempre tenemos activado ni alerta, sino en modo silencio.
Quizá la naturaleza quiere decirnos algo. A veces nos lo dice con la gentileza de un sol cálido con mar calmoso, y otras con la rudeza del cielo nublado o tormentoso con mar revuelto. O con la marea en movimiento. Siempre enseña.
Es ahí donde comprendemos que el océano de la vida está a nuestra disposición, que si nadamos con algo de esfuerzo y con los ojos abiertos, no nos hundiremos y podremos percibir la belleza del cielo.
Captamos que nos complicamos la vida e intuyes que lo bueno está más cerca y accesible de lo que imaginamos.
También sospechas que en ese cuadro de belleza sobra el ser humano, los mercados, las tecnologías y las guerras.
Y, por supuesto, lo bello y bueno, en sana compañía, sabe mucho mejor.
Pero ¿por qué tras alejarnos de esa mirada sana y asombrada a la naturaleza y brillo de un paisaje, nos olvidamos de lo que realmente importa en la vida?
Ya Dante Alighieri nos bajó los humos en “La Divina Comedia” recordando que la naturaleza es fruto de las pinceladas de dios, un dios invisible e inaccesible, pero desvelándonos la secreta fuente en el último de sus más de catorce mil versos,
El Amor que mueve al Sol y las demás estrellas.


Aunque partes de un atardecer luminoso, el paisaje, aquí, es solo la chispa que enciende tu escritura. Y lo que emerge de ese incendio es un modo distinto —y casi subversivo— de estar en el mundo actual: mirar sin prisa, sentir sin filtros, vivir sin rendimiento, respirar sin modas. Por eso tu sentencia —dictada desde lo humano, no desde el estrado— resuena con enorme fuerza crítica: en ese cuadro de belleza, el ser humano sobra.
Tu texto, hoy profundamente existencialista y poético, retrata al ser humano moderno: ese que camina con soberbia por el mundo, desafinando con la naturaleza y desafiándola. Ese que ha ido perdiendo oído, vista, tacto y consciencia hasta volverse incapaz de reconocer lo que tiene delante y lo que significa perderlo.
Aquí aparece la naturaleza, no como mero escenario ni adorno, sino como protagonista absoluta. Corrige nuestras ridiculeces con una suavidad que duele —la de la belleza que educa sin necesidad de palabra—; despierta nuestros sentidos; devuelve nuestro asombro por lo natural y lo sencillo; obliga a mirarnos por dentro; y, en suma, nos coloca en nuestro sitio.
La naturaleza, con solo mirarla, nos muestra que la vida no se mide en acumulación, productividad o capricho, sino en aquello que es esencial: sentir, admirar, querer, ayudar, agradecer. Nos revela una forma de estar en el mundo que baja el pulso, acalla el ruido de lo superficial y enseña a vivir sin la tiranía del rendimiento, de lo material o del utilitarismo, de forma auténtica, sin estridencias… más despacio.
Y entonces entendemos que la belleza no adorna la vida: la revela.