Lobos disfrazados

Cuando se aprovechan de nuestra amabilidad

   ¿No ha hecho nunca un favor con generosidad, que al repetirse se convierte en obligación a ojos del beneficiado?

Veamos ejemplos cotidianos de abuso de amabilidad (seguro que usted tiene muchos más en mente):

  • Dejas ocupar la plaza de garaje libre al vecino, y cuando intentas recuperar el uso, muestra gesto mohíno e incluso resistencia, que hace sentir culpable al propietario.
  • Un buen día traes con tu coche del trabajo a un compañero, y dejas de ser buen samaritano para convertirte en chófer con tiempo comprometido en esperas y estar pendiente del pasajero.
  • Te ofreces generosamente a calmar la angustia económica de otra persona, entregándole una cantidad económica a fondo perdido, pero abierto el camino, el beneficiario vuelve a llamar a  tu  puerta con mayor frecuencia e insistencia.
  • Al pasar por el descansillo de la escalera te ofreces a bajar la basura al vecino, y a partir de entonces este lo da por hecho e incluso reprocha con sutileza el día que no lo haces.
  • El vecino de tu finca te pide la escalera, pero “olvida» devolvértela, y para recuperarla te hace sentir mal reclamando lo que es tuyo.
  • Ese conocido – que no familiar ni amigo- aprovecha tu profesión – médico, abogado, informático,etcétera- para consultarte algo por ese atajo del encuentro en la calle a quemarropa, y dejas que meta el pie en la puerta, posiblemente te veas expuesto a perder tu escaso tiempo en asunto ajeno ( “ni agradecido, ni pagado”).
  • Dejas una propina habitualmente en la cafetería y el día que no la dejas te sientes mal porque te miran mal.
  • Llamas a esa persona a la que prestaste un libro que no ha encontrado el camino de regreso en un año, y te contesta con frialdad e incluso ofendido por pretender recuperar lo tuyo.
  • Solucionas espontáneamente un problema de la comunidad de vecinos con las gestiones consiguientes – pese a no ser presidente ni administrador-, y a partir de entonces los restantes vecinos te consideran el pararrayos donde reclamar soluciones de los problemas comunitarios.
  • Visitas a un conocido que está solo o enfermo, y tras un par de visitas, éste te llama recriminándote veladamente que no hayas vuelto.
  • Publicas información útil y gratuita en la red y alguien desconocido te solicita información complementaria, que facilitas gustosamente, pero el consultante pretende convertirse en chupasangre y con familiaridad -que nadie le brindó- reclama servicio laborioso y perentorio – que nadie le ofreció.
  • Invitas a un conocido a pasar por tu casita de campo y se persona a la hora de comer, o peor aún, con las maletas. Y no digamos, si es invitado por unos días y se olvida del dicho de que “los invitados y el pescado al tercer día ya huelen”.

La tormenta perfecta se produce cuando alguien amable y generoso tropieza con alguien aprovechado, porque admitámoslo, hay personas con una habilidad increíble para conseguir lo que quieren y convertirnos en esclavos.

Confieso que de niño me enseñaron a ser extremadamente amable y servicial, pero madurando me he vuelto más huraño y desconfiado. He pasado de la puerta abierta a la puerta giratoria cuando el aprovechado acecha, y he recuperado tiempo y calidad de vida. Me gusta reírme con los demás y no que se rían de mí.

Es verdad que en la inmensa mayoría de las ocasiones, las personas solicitan ayuda desinteresada e igualmente se presta con correlativa generosidad, pero entre las ovejas blancas acechan las ovejas negras, que normalmente tienen la lana teñida.

Debemos aprender a desconfiar de tres armas que utilizan los aprovechados a modo de proa de rompehielos:

El ruego capcioso.¿Te importa hacer esto o dejarme lo otro? Te estaría muy agradecido… (aunque ese agradecimiento no se manifestará nunca). Suele ir acompañado de la lisonja: “Tú que sabes tanto…”, “A ti que se dan tan bien estas manualidades…”…

El regalito envenenado. A veces el favor va precedido o acompañado de unos pastelitos u otro detallito absurdo, que generan obligación de reciprocidad; y ahí nos vemos como Esaú, vendiendo nuestro tiempo y libertad por un plato de pasteles, que ni queríamos ni nos convienen.

El chantaje emocional. “Tú que nunca fallas”, “Como gran amigo que eres…”(Se ve que su percepción de tu selecto círculo de “amigos” no coincide con la tuya).

 Suele decirse hoy día, fruto de la cultura popular, que cuando una pareja se cita por tercera vez, sin mediar razones de trabajo ni comerciales, ya cabe hablar de relación amorosa o íntima, aunque no exista pedida ni formalización de la misma. Aunque esto no me convence, me temo que en las relaciones sociales sucede algo parecido: si alguien hace un favor por tercera vez, será prisionero de su propia bondad para el futuro y se verá obligado a dar explicaciones si interrumpir su generosidad.

Hace unos días, mi hija de doce años me pidió que, como eran ya las siete de la tarde y oscurecía, si podía salir a hacerle un recado para comprarle material escolar, porque además no tenía tiempo para hacer los deberes del día siguiente. La respuesta fue algo así: sabes que tu padre hará por ti lo que necesites realmente, pero creo recordar que el pasado sábado era más tarde aún, y me convenciste de que podías posponer el regreso sin temor a la noche; además debes administrar el tiempo y bien está que comprendas que los minutos de sueño que perderás, los pudiste haber ahorrado cuando por la tarde los empleabas enfrascada en la pantalla del móvil.

En otras palabras, apliqué una de mis reglas de oro para la educación de los hijos, pero que vale tanto para los hijos como para los caraduras es: “Lo que tú puedas hacer por ti mismo, yo no lo haré”.

Esta explicación la entiende todo el mundo, y por decírsela no se es maleducado ni mala persona. Al menos no tanto como quien no quiera entenderlo.

Una cosa es ser amable y otra tonto. Los abusadores y parásitos acechan. Bien está conocerlos. Además, comprobaremos lo pronto que se olvidan de nosotros si no esperan más favores.

Es cuestión de tener presente que  nos debemos respeto a nosotros mismos, y para eso bien está que los demás sepan respetarnos. De ahí la importancia de aprender a decir “No”, y algo más importante, pensárselo dos veces, antes de decir “Sí”.

Siempre me encantó la letra de la canción Abre la muralla, de Ana Belén, especialmente cuando dice:

Al corazón del amigo

Abre la muralla.

Al veneno y al puñal

Cierra la muralla.

Al mirto y la hierbabuena

Abre la muralla.

Al diente de la serpiente

Cierra la muralla.

Al ruiseñor en la flor.

Cierra la muralla.

 Y añadiría:

 Al caradura y engatusador…Cierra la muralla

4 comentarios

  1. Hay verdaderos expertos en trasladar ese comportamiento al mundo laboral. Sobre todo la combinación de «te importaría» + «tú que dominas mejor ésto / tú que nunca fallas».
    Pues lo domino porque me he preocupado de aprender (no nací sabiéndolo) y no fallo porque soy bastante más responsable que tú.
    Así que hay que empezar a decir NO porque no me pagan por hacer el trabajo por el que te pagan a tí. Con los recalcitrantes reincidentes hay que preguntarles que parte de su sueldo te van a dar por hacer su trabajo. Ahí se acaba siempre la conversación.

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  2. El ser humano tiene una capacidad innata para ser temible y terrible. De hecho tras la jaula formal de su apariencia y vestimenta social se oculta un animal feroz y peligroso siempre a punto de escapar. Por eso, en esta materialista y despersonalizada sociedad, dominada por el dinero como núcleo de todas las relaciones humanas (todo se puede comprar porque todo se puede vender) y donde el amor tiende a morir (porque importan más los valores mercantiles que los personales), no existe rebeldía ni filantropía mayor ni mejor que la de ser amable, servicial y cercano. Tanto es así que, en ciertas situaciones y momentos, un mendrugo de amabilidad puede saber a manjar, una cálida sonrisa puede servir de bálsamo y una esmerada atención puede aportar la luz que nos falta.

    Ahora bien, tener una actitud y comportamiento cortés, desprendido y benevolente (frente al egocentrismo, la rudeza, la codicia y la ingratitud dominantes) te convierte en un ser vulnerable (personal, profesional, familiar y/o socialmente) y en víctima potencial de depredadores y aprovechados. Ante ello ¿qué se puede hacer?

    Unos, desde un fatalismo idealista, responden que hay que asumir y aceptar la inevitabilidad de estas rémoras (ventajistas sutiles y desaprensivos vaporosos) y, por tanto, cerrar cada abuso, engaño o desengaño con un borrón y sonrisa nueva. Lo que lejos de arreglar el problema lo complica pues, aburridos de la situación, podemos acabar desistiendo de nuestra actitud o, peor aún, cambiando de bando.
    Otros, desde una perspectiva terrenal, entienden que hay que tener claro que con ciertos especímenes comunitarios y humanos -Vbgr. lobos/zorros, serpientes/ratas, parásitos/insectos venenosos, animales salvajes, etc.- no cabe ser afable y complaciente. Lo que siendo verdad no es suficiente pues no se indica el modo de conseguirlo.
    Y finalmente, otros, desde un enfoque empirista y pragmático, aconsejan aprender de la experiencia, la traición y el dolor ocasionados (por esos abusones, oportunistas y desagradecidos) para convertirnos en más hábiles, fuertes e inteligentes, intuirlos, saberlos reconocer (entre otros medios gracias al detector de aprovechados made in José Ramón Chaves) y salirles al paso (cerrándoles la muralla).

    Sea como sea, como decía Lincoln, podemos quejarnos porque los rosales tienen espinas, o alegrarnos porque producen rosas. Yo me quedo con lo segundo. Aunque a veces nos pinchemos y suframos dolor, su fragrante y vistoso fruto dan sentido, color y alegría a la vida. Al menos a la mía.

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  3. Por favor, no cerréis la muralla al ruiseñor en la flor… (es lo que tiene el corta pega)😜
    Sin duda, la falta de agradecimiento y el parasitismo hacen que nos cansemos, pero hacer favores y ser generoso no es del todo malo para nosotros. De hecho es una de las cosa que más satisfacción produce, hasta el punto que una vez leí la curiosa teoría de que las personas más altruistas, paradójicamente serían a la vez muy egoístas pues así es como encuentran satisfacción y por eso lo practican.

    ¡Ay el difícil equilibrio entre esa satisfacción y la sensación de estar haciendo el canelo! (Esa ya no produce satisfacción). Posiblemente, como en tantas otras cosas de la vida, la asertividad, el sentido del humor, y el uso de la ironía, ayuden bastante a ponerlo freno, siempre desde la educación y sin perder las formas.

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