Claves para ser feliz

Consejos de oro para tener éxito en First dates

Veo la caja tonta, y el programa First Dates nos permite asomarnos a la exhibición de extraños personajes. Me reprochan mis íntimos que vea ese programa, pero respondo que me asomo como quien lo hace en un zoo o se asoma a un territorio desconocido. Me doy el gustazo de dejar la mente en blanco viendo otras de similar color.

Es loable que los participantes sean tan valientes, sin sentido del ridículo y con ganas de ofrecer su vida íntima a todos los curiosos del otro lado de la pantalla. Bueno, valientes o temerarios, según se mire. En todo caso, es un acto de libertad.

Más allá de los casos de quienes acuden ingenuamente porque creen poder encontrar la media naranja en el programa enlatado, o de quienes por su porte no parecen tener ninguna dificultad de seducción, me maravillan los personajes que pululan por el entorno, que parecen pertenecer a la misma tribu. No la de los corazones solitarios, del Sargento Pimienta, sino más bien la de los corazones desorientados.

Con mi dosis de siete minutos diarios de programa, porque no soporto más con el muestreo, me convenzo que soy de otra generación, o de otro planeta, e incluso de otra galaxia, pero así y todo, ya he captado las claves del éxito para los participantes.

Aquí ofrezco los consejos para que quien acude a First Dates obtenga su minuto de fama y pueda volver a su casa como celebridad:

  • Acuda con la indumentaria, color de pelo y maquillaje para la ocasión. Como si no fuera a una entrevista de trabajo. Se admiten peluquines, dentaduras y todo tipo de postizos (ya habrá tiempo de mostrarse realmente).
  • Importante hacer la pelota a Carlos Sobera.
  • Presente uno o varios tatuajes como signo de distinción y envidia. Guárdese algún otro en lugar inaccesible para exhibirlo a los postres. De no tener tatuaje, un buen anillo, argolla o candado en la oreja o nariz, cumplirá el efecto seductor.
  • Esté dispuesto a contar su vida privada, a poner a caldo a su anterior pareja o mostrar al universo sus intimidades domésticas, como si los quinientos mil espectadores no escuchásemos.
  • Presente pronto el muestrario de su oferta: los hijos que tiene, las parejas que ha tenido, alguna dolencia para que nadie se sorprenda, que es adicto a los videojuegos, o que no controla las flatulencias, por ejemplo.
  • Intente parecer inteligente con alguna frase o mantra. Lo de “carpe diem” es cómodo y conecta con otros que solo saben esa frase.
  • Si no se le ocurre nada, comente algo de lo que come, que eso une mucho.
  • Cuando el otro esté masticando, aproveche para la frase que tiene ensayada: ¿Y qué tal te ha ido en el amor? (aunque usted sepa que mal, porque si le fuera bien, no estaría en ese programa).
  • Por supuesto, hable confesando lo de “yo soy así…”, o “no soporto…”, o «paso de hacer esto o aquello», pues permite avisar de lo inaguantable que debe ser como pareja a tiempo completo.
  • Sea capaz de asentir y masticar mientras parece escuchar con atención, pero piensa en los defectos de quién le ha tocado en suerte, o en que quiere irse ya.
  • Muestre lo interesante que puede ser diciendo que “me gusta viajar” (así, sin adjetivos, nada de “viajar a países con historia”, “viajar porque conoces gente”, “viajar porque aprendes de otras culturas”…). No, “viajar” porque “es guay”.
  • Como demostración de hábitos intelectuales, pronto confiese que le gusta “la fiesta”, o “la noche”. Tiene grandes probabilidades de que su pareja de esa noche le diga que también le gusta la ídem.
  • Muy importante no confesar vicios tales como leer o escribir, o investigar o acudir a museos o similares. Estos gustos extravagantes provocan instantáneo rechazo.
  • Vaya por delante afirmando que le gustan los gatos, los manga, que su habitación está empapelada con Yoda de la Guerra de las Galaxias, o que el rosa inunda su vida.
  • Nada de hablar del cambio climático, de reflexiones sobre Dios, problemas de conciencia o ética. Eso ni apuntarlo, no sea que le vomiten encima.
  • Esté dispuesto a bailar, dejarse besar o hacer el tonto, si lo pide el guión del programa.
  • Aunque durante la cena ya se haya hecho el cuento de la lechera y se vea de luna de miel, ponga cara de buen rollo cuando le dicen que no quiere una segunda cita.

En fin, nada como unos minutos de ese programa para salir con el ego inflado, al menos quienes nos sentimos felices de no pensar así, aunque también aterrorizados de lo que hay.

3 comentarios

  1. Ay por favor qué bueno jejjeje… yo lo veo casi a diario y es mi rato de entretenimiento. Confieso que algunas veces me echo unas sanísimas carcajadas, otras sufro con el/la participante… En fin, que me ha encantado este post. ¡Muchas gracias!

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