Curiosidades maravillosas

El mal trago de olvidar los nombres pero no las caras

images (17)   Nos pasa a todos.  Cada vez me sucede con mayor frecuencia, y cuando lo confieso a compañeros y amigos de mi generación, me confirman idéntica situación.

  Me maravilla que seamos capaces de ver una película o leer un libro, manejar con soltura los cientos de nombres de sus protagonistas y secundarios, e incluso de recordarlos mucho después, y sin embargo, esa persona que nos encontramos de carne y hueso la tenemos alojada en nuestro cerebro sin la etiqueta del nombre. O sin que ese nombre acuda con presteza cuando volvemos a encontrarlo.

Captura de pantalla 2019-04-19 a las 11.02.41  Se pasa fatal cuando se saluda un amigo o conocido y mientras cambiamos impresiones, nos esforzamos disimuladamente en recordar su nombre de pila.

 El malestar interno crece cuando el otro sí nos recuerda por nuestro nombre. La incomodidad se debe a que ese olvido puede interpretarse como indiferencia o desdén hacia el otro, cuando no tiene nada que ver.

Y la situación se vuelve realmente crítica cuando el otro u otra nos presenta a su pareja por el nombre, y nosotros todavía no hemos atinado con el suyo. En esos casos, varias opciones se abren:

  • La sonrojante: “ Disculpa que no recuerdo tu nombre”.
  • La evasiva: “¡Me alegra veros! ¡ y eso que está lloviendo a mares!”
  • La fórmula comodín: “ Te presento a… un gran profesional, y amigo, claro” ( sin mayores precisiones).

  De entrada creo que mayor carga y mayor dificultad se tendrá a la hora de recordar nombres, quien mas vida social tiene y por eso, un cura difícilmente recordará por su nombre a los feligreses que saludó el día de una misa, bautizo o boda, mientras que éstos si le identificarán.

images (18) También creo que influye mucho el contexto de presentación original pues cuando conocemos o encontramos a alguien en nuestras vidas, o nos lo presentan en un ágape o reunión social junto a varias personas, sucede:

  • Que nuestro cerebro “educado” se esfuerza en mantener la cordialidad, su atención y saludar o comentar cosas, lo que lleva a distraerse del nombre que nos han dicho.
  • Que nuestro cerebro “maleducado” se distrae con aspectos de su presentación que ocultan la atención hacia el nombre que nos dicen. Por ejemplo, pensamos para nuestros adentros: ¡ Qué bigotes de Dalí!, o ¡Qué bellezón!, o ¿Cómo le faltan tantos dientes?, etcétera… y del nombre, nada.
  • Que nuestro cerebro “perezoso”, tras escuchar el primer y segundo nombre de los que nos presentan, deja la labor recordatoria y se ocupa en otras cosas.

  Pero hay explicaciones científicas del incómodo fenómeno de recordar la cara y no los nombres, que he leído en el ensayo “El cerebro idiota” (Dean Burnett,Temas de Hoy,2016). Las siguientes:

  • Que el cerebro distingue “familiaridad” (la cara suena) y “recuperación” ( conseguimos ponerle nombre a la cara). A medio camino está lo de lo tengo “en la punta de la lengua”. La memoria para el rostro se almacena en una región del cerebro en particular, mientras que un nombre se almacena en otra región del cerebro completamente diferente; para juntar esas dos piezas de información hay que utilizar pistas y no es siempre funciona.
  • Las caras dan más información o anclajes para el recuerdo que los nombres. Los rasgos faciales son múltiples señales que dejan huella en la memoria ( edad, sexo, estado de ánimo, color, estética,etcétera), mientras que los nombres son secuencias de sílabas arbitrarias que en sí mismas nada evocan.
  • Las caras las tenemos presentes durante la conversación o encuentro  mientras que la mención del nombre del presentado es rápida y desaparece.
  • Las caras no tienen asociación con el nombre, ni viceversa ( salvo que alguien, por ejemplo, se llame Sancho y sea achaparrado y regordete, o Lucio y tenga ojos de pez).

9-Medical-Reasons-Your-Short-Term-Memory-Is-Getting-Worse-11-760x506Los neurocientíficos distinguen la “memoria a corto plazo” o memoria de trabajo y la “memoria a largo plazo”. La memoria a corto plazo está formada por el inmenso volumen de datos que nos llega a tiempo real,  con los que actuamos y pensamos en “ese instante”, y la memoria a largo plazo, que son aquellos datos seleccionados por el cerebro para formar parte de la alforja de lo importante. Así por ejemplo, la memoria a corto plazo es  la que sopesa y maneja el semáforo que cambia de color, el sombrero extraño de la persona que nos cruzamos, el comentario trivial, el vestido de quien nos habla, etécetera, pero son infinidad de datos que no pasan espontáneamente al desván de la memoria a largo plazo si no es gracias a dos vías.

  • O bien la repetición y focalización del dato para que quede marcado ( p.ej.nos dicen el nombre y repetimos para nuestros adentros: “Martín, Martín…como el Martín pescador”, por ejemplo.
  • O bien por la huella emocional de las circunstancias pues si concurrieron emociones o sentimientos, el contexto contribuye a traer el nombre; p.ej. Si la persona que nos encontramos fue la que se identificó por su nombre tras salvarnos de ahogarnos en la playa.

Fuera de ahí, los nombres de los que nos presentan quedan frágilmente anclados en el cerebro y si no se repite el encuentro o el contacto con la persona, difícilmente aflorarán con presteza. O sea, que nada de lamentar el no recordar los nombres.

También puede ser, y esto es una intuición personal, que hoy día la cultura visual y las aplicaciones de los móviles nos relajan la atención para memorizar, y de igual modo que ya no recordamos un número de teléfono porque lo tenemos hecho en el móvil, quizá relajamos inconscientemente la atención sobre el nombre porque al fin y al cabo, ya lo encontraremos en Facebook, linkedin y otra red social, o en nuestros contactos.

Eso sin olvidar que hoy día hay demasiada información, demasiados eventos, demasiadas personas que nos visitan desde pantallas y espacios, y el cerebro es un maniático del orden y desaloja el trastero de los datos inútiles o los que considera menos útiles.

En fin, creo que algún día será regla de cortesía, que los mayores de cincuenta años lleven un crotal o una chapita o insignia con el nombre de pila. Así podremos salir a la calle todos sin riesgos de malentendidos.

Tumba-de-Groucho-MarxLo mas curioso es que no nos duele no recordar nombres si no recordamos la cara tampoco (no sufrimos porque no nos enteramos), salvo que ese  alguien sonriente nos dice:¿ pero no te acuerdas de mí?. Y algo terrible sucede en nuestro interior ( ¡ tierra, trágame!).

Claro que a veces cobra sentido el olvido, en palabras de Groucho Marx:” «Nunca olvido una cara, pero en su caso, estaré encantado de hacer una excepción.”

Un comentario

  1. Sea por algún golpe recibido en la sesera, por el uso incorrecto de la misma (lo más probable), por la edad o por un extraño mecanismo de defensa creado sagazmente por el inconsciente, pero, en ocasiones, en voz baja lo digo, ni reconozco los nombres de conocidos ¡ni tampoco sus caras!. Sí, ya sé que no es tan grave con ver muertos, como le sucedía al niño de “El sexto sentido”. Pero, caramba, también tiene sus riesgos.

    Esta deficiencia adicional a la de no retener nombres de ciertos conocidos, es un trastorno conocido con el nombre de prosopagnosia (del griego prosopon -cara- y agnosia -ausencia de conocimientos-) que sufre (en mayor o menor medida) el 2,5% de la población (lo que, en cierto modo, tranquiliza) y se caracteriza porque se es capaz de ver y conocer caras ajenas pero incapaz de reconocerlas.

    Para paliar las comprometidas situaciones a que da lugar (pues nos deja completamente descolocados y hace parecer engreídos, distantes, displicentes y descorteses), el truco más recurrente, al margen de dejar la iniciativa al otro, es deducir de quien se trata a partir de algún detalle característico del mismo (forma de andar, tipo de voz, cejas tupidas o breves, orejas grandes o separadas, nariz prominente o respingona, lunar o cicatriz llamativos, tipo de gafas, color de pelo o peinado,…etc.) y del contexto o lugar donde nos encontramos.

    Pero, el truco no siempre funciona. Y es que ni somos Sherlock Holmes. Ni todo aquél con el que hemos coincidido ha significado, significa, ni significará nada para nosotros, por lo que en estos casos nuestras cansadas neuronas no están dispuestas a la pérdida de tiempo y el sobreesfuerzo.

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