Claves para ser feliz

Vamos a la playa… pero no lo pensemos mucho

arreHoy toca día de playa. Y día dominguero. Tres niños, cubos y pala incluidos. Toallas y sillitas. Crema solar para prevenir. Y el gozo o más bien nostalgia, de aquellos domingos en que iba a la playa en un utilitario (un SEAT 127 blanco como otros cientos de miles de españolitos), con mis tíos y mi hermano mayor, sin cinturón de seguridad, sin aire acondicionado y en caravana con otras tantas familias a uno de los pocos placeres gratuitos que podíamos permitirnos.

Eran playas sin banderitas de peligro ni de la Unión Europea. Sin salvavidas. Sin baños. Sin surfistas. Y nos lanzábamos a ellas con tremenda ilusión. Es lo que tenían épocas sin cachivaches tecnológicos y sin juguetes complejos, donde la mejor herramienta de diversión era la imaginación y el Palacio de Juegos era… la calle. Toda a nuestra disposición.

Así que hoy domingo, con mi coche pertrechado como la diligencia de Charles Ingalls de La Casa de la Pradera, salimos en pos de la playa como en los viejos tiempos. Pero echo de menos a alguien…

kinaEcho de menos al niño delgadito al que su madre tenía que alimentar y darle vino dulce para estimular el apetito (“Kina San Clemente… ¡Y da unas ganas de comerrr…!”).

Echo de menos al niño que se quedaba en la arena jugando y se adentraba unos metros en el mar sin alejarse porque con sus numerosas dioptrías y sin gafas, confundía bañistas con boyas y debía tomar referencias de sombrillas y colores para regresar al campamento playero.

Echo de menos al niño que pacientemente esperaba venciese el plazo de “dos horas para hacer la digestión” pensando que incumplirlo comportaría caer fulminado en las aguas por algún rayo divino.

Echo de menos al niño que disfrutaba con la tortilla y empanada, menú invariable pero delicioso. Y no digamos salpicado de arena y en posición ridícula en la toalla.

Captura de pantalla 2017-06-18 a las 12.28.13Echo de menos al niño que, ya con las gafas puestas, se convertía en Cocodrilo Dundee explorando rocas para cazar inocentes cangrejitos negros. Ojalá quien sea me perdone por sacarlos de su ecosistema para llevarlos a donde no se regresa.

Echo de menos al niño que envuelto en la toalla y sentado en la arena releía el TíoVivo o Dindan una y otra vez, como si fuese el último tebeo del mundo.

Echo de menos al niño que realizaba una y otra vez construcciones de arena de nula consistencia y alzaba muros que las olas derrumbaban con facilidad.

Ahora que como de todo, que tengo juegos y entretenimientos complejos, que puedo ver animales increíbles en los zoos, que dispongo de tecnología que me permite experimentar aventuras propias del capitán Nemo, ahora que puedo incluso alzar construcciones de algunos de mis sueños y aguantan, paradójicamente ahora… echo de menos esos tiempos. Tiempos de inocencia y placeres pequeños y baratos.

Y recuerdo aquél dicho sabio de… ¡Qué feliz era cuando era infeliz!

playa dominguero

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