Claves para ser feliz

Ayudar o no ayudar, “that is the question”

Aunque parece que la sociedad española está saliendo de la crisis económica, individualmente algunos notamos la lejanía de la próspera vida de “surferos” en la cresta de la ola económica que se deshizo en torno al 2008.

Desde entonces, los obuses de los recortes, despidos y apuros económicos los he ido sintiendo más cercanos, aunque afortunadamente (y lo digo sin presunción pero con agradecimiento) mi bunker de empleado público me ha asegurado “las habichuelas” y garantizado el conciliar el sueño.

Sin embargo, la incertidumbre y dificultades de los próximos acaba afectándonos a todos, y especial desasosiego se produce cuando te encuentras impotente para ayudar como desearías a quien te lo pide. Sobre todo porque a veces te lo pide quien jamás pensaste se vería empujado a esa situación.

No es fácil pedir ayuda ni es fácil darla. Y digo que no es fácil darla, no tanto por el sacrificio económico personal que comporta como por las dudas sobre su utilidad.

Sin embargo, lo que me resultó molesto, no fue la petición de algunos amigos íntimos (e los que me molestaría que no acudiesen a mí en tales trances) sino de otros que con el pretexto del contacto episódico y social se atrevieron a intentar lo que coloquialmente conocemos como “dar el sablazo”.bolsilos

Viene al caso esta reflexión para compartir un hallazgo extraordinario que creo que a todos le encantará. Se trata nada más ni nada menos que la extraordinaria carta que escribió Abraham Lincoln en 1848 a su hermanastro John D. Johnston, quien le había escrito exponiéndole que estaba “en bancarrota” y sufría aprietos financieros en su granja familiar de Illinois, y necesitaba un préstamo urgente.

Aquí la tenéis literalmente, y creo que no os defraudará la mezcla de delicadeza y firmeza para denegar el préstamo. Brillante.

Querido Johnston:

No creo que sea conveniente que cumpla con tu requerimiento de darte ochenta dólares. En diversas ocasiones, cuando te he ayudado un poco, me has dicho que con eso te arreglarías, pero al poco tiempo te he encontrado nuevamente en las mismas dificultades. Esto sólo puede obedecer a un defecto de tu conducta. Creo saber cuál es ese defecto. No eres perezoso, pero eres un amante del ocio. Desde que te he visto, dudo que hayas consagrado un día entero al trabajo. No te disgusta demasiado el trabajo, pero no trabajas demasiado, simplemente porque no crees que puedas ganar mucho con ello.

Toda la dificultad radica en este hábito de desperdiciar el tiempo; es muy importante para ti, y más aún para tus hijos, que rompas con este hábito. Es más importante para ellos porque tienen más vida por delante, y les resultará más fácil evitar el hábito del ocio antes de adquirirlo que renunciar a él después. Ahora necesitas dinero urgente, y mi propuesta es que vayas a trabajar, con el mayor empeño, para alguien que te dé dinero por ello. Que tu padre y tus hijos se encarguen de la casa y de todo lo concerniente a la siembra, mientras tú vas a trabajar por el mejor sueldo que consigas, o por el mejor modo de cancelar tus deudas. Y para asegurarte una justa recompensa por tu labor, ahora te prometo que por cada dólar que obtengas por tu trabajo, entre el corriente día y el primero de mayo, sea en contante y sonante o en descuentos de tu deuda, te daré otro dólar. De esta manera, si te contratan a diez dólares mensuales, obtendrás de mí otros diez dólares, ganando veinte dólares mensuales por tu trabajo. Con ello no quiero decir que vayas a St. Louis, a las minas de plomo ni a las minas de oro de California, sino que busques la mejor remuneración que puedas obtener cerca de tu hogar, en Coles County.

Si haces esto, pronto saldarás tus deudas, y lo que es mejor, adquirirás un hábito que te impedirá endeudarte de nuevo. Pero si ahora te ayudo a salir del atolladero, el año próximo estarás en similares aprietos. Dices que casi estarías dispuesto a cambiar tu lugar en el cielo por setenta u ochenta dólares. Entonces valoras en muy poco tu lugar en el cielo, pues sin duda con mi ofrecimiento puedes obtener los setenta u ochenta dólares en cuatro o cinco meses de trabajo. Dices que si te entrego el dinero escriturarás la tierra a mi nombre, y que si no devuelves el dinero, me cederás la posesión.

¡Pamplinas! Si ahora no puedes vivir con la tierra, ¿cómo vivirás luego sin ella? Siempre has sido amable conmigo, y no quiero ser rudo contigo. Al contrario, si sigues mi consejo, lo encontrarás más valioso que ocho veces ochenta dólares. Afectuosamente tu hermanolincoln

       Abraham

P.D. Hay que ver el tiempo que tenía Abraham para escribir, tanto y bien, porque ya comenté la estupenda Carta que hizo al maestro de su hijo. Impactante.

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