Lo cotidiano

El curioso fenómeno de ser invisible para los camareros

camareroDe pequeño soñamos con ser invisibles para pasearnos por tiendas de golosinas, mirar cosas prohibidas o para que nadie pueda dañarnos.

Y lo cierto es que ya adultos avanzamos hacia cierta invisibilidad, especialmente en ciertos bares y restaurantes a juzgar por la actitud de algunos camareros. Veamos las insólitas situaciones y las reacciones.

1. He descubierto la extraña habilidad que tienen algunos camareros, especialmente los veteranos, para avanzar entre las mesas sin alzar la vista como si fueran vampiros temerosos del sol, o bien poniendo los ojos perdidos como vacas mirando un tren.

La maliciosa finalidad de esta habilidad ocular radica en evitar el cruce de miradas con el cliente, no vaya a ser que le solicite un servicio, bebida, comida u otra cosa. O sea, si se evita el contacto visual, no se dar por enterado de la orden y entonces el camarero no se agobia y puede relajarse. Es más, la situación se vuelve competitiva cuando hay varios camareros que la practican ya que ninguno quiere llevarse el trabajo que deja el otro, lo que puede situar al cliente como espectador de un partido de tenis buscando la mirada del camarero que pueda atenderle.

2. No me considero exigente pero creo que un restaurante debe ser una experiencia placentera por la que se paga el precio que fija el local, y no se trata de humillar a nadie sino sencillamente que cumpla con su compromiso con el cliente y con el empresario que le contrata.

camarero maleducadoNadie quiere que al chasquido de los dedos como al látigo del domador bailen los demás, pero sí que le respeten con un mínimo de atención y si por cualquier circunstancia no fue posible prestarla, deberán ofrecerse disculpas sentidas.

Puedo comprender que un camarero no se esfuerce en máxima diligencia ni esboce sonrisa alguna si el cliente le llama a gritos, mientras habla por el móvil o con gestos displicentes. Cierto, hay maleducados entre los clientes, aunque eso tampoco autoriza la represalia del camarero de mirar para otro.

También es posible que el camarero haya tenido un mal día, pero no tiene que pagarlo el cliente.

3. Y así, a veces me veo bajo la ley de la temperatura creciente del cliente maltratado..

Primero, le llamo con suavidad y educación (“Camarero, por favor”).

Después, visto que no me oye, levanto la voz por si estuviera ocupado en altos quehaceres (“¡Camarero!, ¡disculpe!).

Si resultó inútil el enérgico llamamiento, suelo posar los cubiertos y adoptar la actitud del tigre al acecho de la gacela intentando captar su atención y mirada. En el momento en que creo que pasa cerca, con la mirada huidiza y perdida (nunca mirándome), aplico la técnica conjunta: Le llamo, grito y agito la mano vivamente (¡Oigaaaaa!).

maleducado4. Finalmente, si todos los esfuerzos son baldíos, si alcanzo la convicción interna de que están tomando el pelo, lo que suele agravarse si además atiende obsequiosamente a otros clientes,  es cuando estalla la tormenta: me encolerizo, muevo la silla bruscamente, me levanto y de forma enérgica le recuerdo sus obligaciones en términos de los que a veces me arrepiento. Al fin y al cabo, creo que pierdo los papeles “en legítima defensa”.

En ese punto, caben dos actitudes del camarero. La de quienes piden disculpas y la de quienes te miran con altanería o incluso replican con desdén. El conflicto está servido.

Y aunque es cierto que nadie debe soliviantar a quien le sirve, no vaya a ser que repercuta en la calidad y condiciones de lo servido o en la entidad de la factura, lo normal es que como cliente defraudado:

a) No dejaré propina;

b) No regresaré al local;

c) No me cansaré de criticar el establecimiento para que nadie sufra idéntica decepción.

5. El problema del mal servicio lo sufrirán sus compañeros y el dueño del establecimiento que soportarán que las coces de algunos miembros de su cuadrilla le espantan la clientela. Y si hay menos clientela, el negocio dejará de ser negocio.

6. Pero he de admitir dos cosas.

La primera que son casos excepcionales ya que hay magníficos profesionales, pero no quita que cuando te toca alguien tan mentecato te quejes.

La segunda, que ciertamente no soy invisible, aunque paradójicamente seré invisible para ese local pues no me volverán a ver.

Y dado que el derecho a quejarse y el derecho de elegir son irrenunciables para el ser humano,  nuestra autoestima crecerá si lo hacemos.

Al fin y al cabo, no lo hacemos por soberbia sino justamente para frenar la mala educación y egoísmo de otros. Y aunque el humorista Dave Barry decía que: “Si alguien es agradable contigo pero no lo es con los camareros, no es realmente agradable”, dicha verdad cabe también a la inversa, pues un camarero que es desagradable con un cliente, posiblemente será una persona desagradable en las restantes facetas de su vida.

Y es que no basta con aplicar las reglas que expuse para no ser engañados en los restaurantes sino que también hay que saber enfrentarse a quienes pretenden reírse de nosotros.

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