
Siempre he sido reacio a los tatuajes y piercings. Me ha parecido un sacrificio del propio cuerpo con visos de irreversibilidad y que envía un mensaje visual al que se relaciona con el exhibicionista. Serán prejuicios pero, por alguna razón, si me tropiezo con un cocinero tatuado como un indigena maorí o con piercings, encontraré excusas para buscar otro restaurante; también creo que si mi cirujano mostrase sobre la bata blanca inquietantes tatuajes, o exhibiese argollas en la nariz o usase la oreja como perchero de alfileres, necesitaría anestesia adicional para conseguir dormirme.
Vale, ya sé que los célebres cocineros Dabiz Muñoz o Alberto Chicote tienen un amplio muestrario corporal de tatuajes, o que la celebre doctora australiana Sarah Gray es un tatuaje andante. Y por supuesto, acepto que ello no compromete la profesionalidad y buen hacer, pero tampoco impide que uno sea dueño de sus prejuicios y emociones (y a la inversa), y de la irrenunciable libertad de elegir.
También admito que la generación de los llamados milenials (tienen ahora entre 30 y 45 años) cuentan con una tercera parte de integrantes que exhiben al menos un tatuaje y/o perforación corporal. Sería bueno que, antes de hacérselo, hiciesen el ejercicio de imaginarse su apariencia con ese emplasto cuando tengan sesenta años o más (líneas difuminadas, flacidez que romperá las lineas, y yuxtaposición de arrugas y manchas).
Lo respeto porque cada uno es dueño de su cuerpo, como yo lo soy del mío y de opinar lo que creo, sin interferir en las libertades ajenas. Algunos se sentirán aludidos y pensarán que soy intransigente o ridículo: me importa un bledo.
Teniendo tres hijos jóvenes, antes o después me tocaría lidiar con la cuestión. Con el mayor, actualmente médico, pasó este sarampión hacia los 17 años reivindicando su derecho a tatuarse un enorme lobo en la espalda o brazos. Perforaciones corporales ni se las planteó ni me las planteó. La negociación, mas bien imposición de límites por mi parte fue: «Puedes hacerte un tatuaje con las siguientes condiciones: no en la cara; no de tamaño mayor de una moneda de dos euros (la mas grande en España), y sin mensaje agresivo”. Lo asumió y le estoy agradecido por el respeto.


Con el mediano, actualmente en primero de medicina, su conquista por la vía de hecho, hacia los 16 años fue, primero, colocarse un pendiente discretísimo de imitación de brillante; al año siguiente añadió otro en la otra oreja; y este año ha colocado unos largos alfileres en la oreja; de tatuajes, nada. No quiero imaginar lo que espera el año venidero, pero sostendré mi criterio con el as que nunca falla, el de quién paga la fiesta (todavía).
Y la pequeña, actualmente con 17 años, ya se abrió paso el año pasado con un piercing discreto en el ombligo y ha añadido herraje vario colgante en la oreja, con pretensiones de elegancia. Está en los límites de la frontera de lo admisible de su edad y contexto.
Hasta ahí mi tolerancia. No me quejo del panorama, visto lo visto. Al menos mi pastor belga solo lleva el collar y ningún herraje complementario. Debo ser un personaje jurásico porque no deja de sorprenderme ver televisivamente a algunos futbolistas, o al común de los ciudadanos en la playa o en la cola del supermercado, convertidos en persona-escaparate de tatuajes (esto es, pintarrajeados con vocación de arlequín o grafiti andante).
Por lo que a mí respecta, mi único y reciente paso adelante, tímido pero libre, ha sido incorporar a mi carrocería natural dos pulseras en la mano derecha. Lo explico porque mis amigos y conocidos suelen mirarlas de reojo sin preguntarme, pero leo su sorpresa. Llevo dos pulseras Maserati de acero, sin piedra preciosa: (i) porque son un regalo de quien valoro mucho; (ii) porque me gusta como quedan estéticamente; (iii) porque por alguna extraña razón me hacen sentir más joven y libre; (iv) porque son reversibles y las quito cuando quiero.

Además me he ingeniado una narrativa para justificarme su uso con carga de valores.
Las pulseras en la mano derecha indican que están en la mano de la energía. Son dos brazaletes para recordar el consejo de Buda: «si sabes lo que te impulsa y lo que te frena, podrás decidir». He sentido la punzada de mi devoción y tributo a Homero, de manera que quiero creer que la pulsera completamente acerada representa al protagonista de la Ilíada, el valeroso Aquiles, que tiene fuerza y pasión para luchar por lo que cree (LO QUE ME IMPULSA); la pulsera con franja azul (huella del titanio) representa al protagonista de la Odisea, el astuto Odiseo, quien quiere regresar y dejarse de aventuras para reposar (LO QUE ME FRENA). Buen recordatorio a la vista al tomar decisiones, buscando equilibrar el impulso instintivo con lo racional.
Me confirma el acierto que el logotipo oficial de Maserati es un tridente, inspirado en la estatua del dios Neptuno (o Poseidón, para los griegos).
Es cierto que esas dos pulseras no combinan con mi ropa ni contextos habituales, pero me brindan una sensación personal maravillosa y reconfortante. Un rayo de sol sobre los nubarrones. Una bendita disonancia. Un tímido paso hacia el humano biónico.
También quiero ver esas dos pulseras en clave vital. La totalmente acerada y color plateado me recuerda los primeros treinta años de surfear la vida desde la adolescencia, y la de toque azul, alude a esta segunda etapa, en que estoy inmerso y en la que me viene a la mente el verso que se encontró en un papel arrugado en el bolsillo del abrigo del poeta Antonio Machado tras su muerte en Francia: «Estos días azules y este sol de infancia».

En fin, sé que son cuestiones personales, pero bien está explicar las cosas sencillas y las manías propias. No se hace mal a nadie y sirve de desahogo. Lo importante es sentirse vivo y dueño del propio cuerpo y mente, vaya uno con pulseras, tatuado o con el cuerpo agujereado, pues como dicen los versos finales del maravilloso poema “Retrato” del genial Antonio Machado:
“Y cuando llegue el día del último viaje/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.
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