Claves para ser feliz

La edad de sonreír de medio lado

Leo en el periódico de ayer una entrevista a la actriz Carmen Maura que tiene ya 80 años. Me sorprende que sea tan mayor, pese a que el tiempo ha pasado para todos, y tanto ella como yo somos afortunados de poder estar en contacto “periodístico” pues buena parte de los que estaban delante y detrás de la tele de entonces ya no leen periódicos. Ya no está Fernando García Tola, que en el programa «Esta noche» le dedicaba a Carmen aquello de «Nena, tú vales mucho» (yo era el jovencito perplejo ante el único televisor de casa, en blanco y negro y con dos únicos canales, que podía ver en pequeñas dosis).

De la entrevista me llama poderosamente la atención dos cosas que dice sobre “las ventajas de la edad”:

Con los 80 años llegas a un punto en el que ya nada que no sea realmente importante importa. No te pasa ni a los 60 ni a los 70. Es a los 80. Sinceramente, ese es el gran cambio que he notado en mi vida.

Es absolutamente cierto, Carmen. El problema es que hay gente que pasa de los 80 y sigue valorando cosas ridículas y materiales y no valorando la vida; y lo peor, hacen daño a otros sin obtener beneficio (basta mirar a Donald Trump).

Y también hay gente que no hemos llegado a los 80 pero ya empezamos a valorar lo que realmente importa, que no consiste en lo que puede ofrecerte una pantalla ni en “tener más” sino en “sentirse bien”, en (i) sentirte libre, curioso y creativo, (ii) sentirte querido por los que te importan y (iii) sentir que haces lo que debes.

Lo que más notas es que te sientes en el derecho de hacer exactamente lo que te da la gana. No es que antes no lo hubiera hecho, pero ahora más.

Cierto, Carmen. Es triste que nos demos cuenta que podemos ser libres cuando se nos agota el tiempo. Nuevamente el problema es que hay quienes pasan de los 80 y siguen prisioneros de lo que dicen sus hijos o familiares, que no siempre, pero haberlos haylos, que ya le van dando al viej@ por amortizad@ y solo piensan en que no moleste, no estorbe, ni gaste la herencia. Penoso.

Y también hay gente que no hemos llegado a los 80, pero ya empezamos a darnos el gusto de soltar la lengua y llevar el cuerpo a donde queremos. De hecho, estoy cogiéndole el gusto a eso de decir “no, lo siento”, y “no creo que pueda” (el problema es que mantengo la hipocresía para endulzar la situación, de manera que digo que “lo siento” cuando no es verdad, y además cuando digo “no crea que pueda”, realmente sé que no lo haré porque no quiero). Así y todo creo que la amabilidad es gratis y sienta bien, pero creo que este problema desaparecerá a los 80. El resultado de saber decir «no», es una feliz cosecha de tiempo para mí solito, para los míos, para mis lecturas, para mis paseos o para reflexionar: no hay como ahorrar tiempo para poder despilfarrarlo en lo que queremos.

También he aprendido a decir “no sé” sin problemas, superando los tiempos juveniles en que me resultaba vergonzoso y estúpido. Y a ser menos cabezota, pues no queda otra que sentirse un ratoncito en el universo.

Pero también se decir “sí, gracias”, “me apunto”, o “fantástico, ya”, porque cada vez aprecio más los buenos momentos que da la vida.

O sea, que voy aprendiendo a elegir por mí mismo y a defenderme.

Es verdad que ahora noto menos fuego en el corazón ante las injusticias, ni ganas de discutir con quien no escucha, ni quiero salvar el mundo, sino que me salven a mí del mundo tal y como rueda.

En lo que corregiría a doña Carmen Maura es en que no son los ochenta una línea en que todo el mundo tiene que estar preparado para grandes cambios. No. Creo que el desgaste de la ilusión, el debilitamiento de la pasión, el enfriamiento de la energía combativa o la pérdida de curiosidad, es algo que se cuela en tu vida sin avisar. Un día te preguntas qué es lo que te pasa. Otro te sorprendes haciéndote las mismas preguntas. Luego te despiertas y simplemente te sientes otra persona con muchas preguntas sin respuesta y cabreado porque a nadie pareces importarle mucho. Y lo peor, tú tampoco te importas mucho.

Entonces sonríes de medio lado, como Pedro Navaja, el de la canción, con esa sonrisa de escepticismo cínico de quien se cree conocedor de verdades incomodas.

Lamento la turra que he dado con lo que estoy aprendiendo en esta edad, la edad del deshielo (del deshielo de mitos, prejuicios, creencias y estupideces varias). El problema es que estoy aprendiendo mucho y rápido pero me temo que cuando sepa de que va el juego de vivir, se acabará el recreo.

Como suelo decir, citando la célebre película, Ben Hur: ¡Remad y vivid!


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2 comentarios

  1. En el fondo, cuando Carmen Maura habla de los 80, no está hablando tanto de sus años como de un momento en que la vida —sin avisar— empieza a filtrar. No es una cuestión de calendario, sino de decantación. De cómo la experiencia —a veces a base de martillazos y otras de cincel— va retirando capas y limpiándote de artificios, hasta dejarte con lo que permanece: lo esencial.

    Es ahí donde aparece nítida la frontera entre el sentir y el “lo siento”. El sentir es íntimo, propio y auténtico: no requiere coartadas ni explicaciones. Es intransferible y nuestro. El “lo siento” es social, diplomático: el barniz que aplicamos para no romper la coreografía y no desentonar en el teatro de los demás.

    Con la experiencia uno empieza a distinguirlos sin esfuerzo y, a veces, incluso a atreverse a elegir cuál le merece la pena.

    Porque no, no es solo cuestión de edad o de tiempo. Carmen lo sabe bien. No se llega a los 80 con esa lucidez sin haber atravesado divorcios que te arrancan hijos —ella perdió la custodia de los suyos y tardó muchos años en recuperarlos—, agresiones que te rompen el alma —ella fue agredida sexualmente por un fan—, amores que te dejan en números rojos —ella fue estafada y arruinada por su segundo marido—, o directores que te tratan como si fueras material de usar y tirar —ella, después de hacerlo grande, fue menospreciada por un manchego que temió quedar a la sombra de quien lo había engrandecido—. Nadie llega intacto. Nadie llega indemne. Ella, menos.

    El cine, dice, la salvó de volverse loca. Y tiene sentido: el arte es a veces el único lugar donde uno puede colocar el dolor sin que se pudra y dejar que se transforme. Convertir golpes en personajes, decepciones en oficio, soledad en criterio. Y eso no es una enseñanza de la edad, sino de la resistencia.

    A algunos, esa necesidad de elegir les llega antes, a otros después, a muchos… nunca. Pero si llega, lo hace con una claridad que no tiene marcha atrás: descubres que la experiencia no te enseña a vivir mejor, sino a dejar de vivir como no quieres.

    Y ese dejar de vivir como no quieres —que es selección y victoria, nunca pérdida— es quizá el único privilegio verdadero que podemos concedernos: elegir el “sentir” frente al “lo siento”.

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