Claves para ser feliz

Cambios de personalidad para ser mejores personas

Suele situarse el concepto de personalidad múltiple en el campo de las patologías psiquiátricas, aunque me temo que todos tenemos o hemos tenido múltiples personalidades.

Hemos tenido múltiples personalidades porque desde nuestra infancia hasta la vejez atravesamos cambios de actitud, de concepción del mundo, de nuestros motores, de nuestras convicciones religiosas o políticas, de ciencia y conciencia, etcétera. Cada experiencia que atesoramos, cada enseñanza que nos forma y cada reflexión que realizamos nos forja en cada momento una determinada personalidad.

De hecho, suelo decir que no me reconozco con la persona de otras etapas anteriores de mi vida, y posiblemente soy distinto de lo que seré en las etapas posteriores. Es más, a veces me siento distinto al valorar las situaciones y tomar decisiones, según se trate de la mañana o la noche, si es un día soleado que lluvioso, si estoy relajado o estresado, si estoy cansado o despierto, si me siento querido o rechazado… Y no hablo de cambios de humor ni de sorpresas, sino de algo más profundo. Es curioso que pensamos que somos “uno” y realmente nuestro software mental parece hecho de fragmentos que cambian.

El filósofo inglés John Locke, ya en el siglo XVII, expuso de forma simple que cada hombre (o mujer) es único, y así lo percibimos a lo largo de la vida, pero que realmente existen tantas personas como momentos o fases de su vida. Me resultó especialmente interesante que situaba la esencia de “cada persona” en los recuerdos acumulados, ya que toda decisión se toma en función de los archivos de la memoria, sean datos, emociones, experiencias buenas y malas, etcétera; por eso, decía el filósofo, que somos distintas personas cuando olvidamos experiencias o enseñanzas, o cuando las añadimos, ya que distinto será la materia a tomar en consideración para tomar decisiones sobre qué hacer, perseguir o evitar.

Confieso que me sorprende gratamente tan simple razonamiento que demuestra que hay reencarnaciones, al menos dentro de esta vida, y que nos ofrece claves vitales utilísimas:

  • Nos da la llave para superar situaciones críticas con la clásica receta de “salir del pozo” mediante nuevas experiencias (viajes, lecturas, compañías, etcétera). Lo peor es quedarse anclado en rumiar el pasado (accidente, enfermedad, pérdida, divorcio, etcétera) pues se ahondará el surco en la mente, y viviremos permanentemente con ese lastre que condicionará lo que decidimos y lo que somos.
  • Nos demuestra que lo que vivimos nos hace lo que somos. O sea, malas experiencias nos forjarán pésimos hábitos y personalidad. Y las buenas forjarán personalidades óptimas. Por ejemplo, es fácil anticipar la personalidad que se forjarán de adultos, aquellos jóvenes –no todos, por supuesto– que disfrutan frenéticamente con botellones, con la noche desatada, con ruido frenético que consideran música, con romper mobiliario que consideran deporte, con levantarse al día siguiente para exigir el almuerzo… Y a la inversa, el futuro de aquellos –no todos, claro– que disfrutan con lectura, cine, paisaje y arte, con música melódica, respetando lo que es de todos. Algo me dice que distinta será su suerte futura.
  • Nos indica que nadie está condenado a una personalidad determinada, sino que es posible cambiar. Si se cambian hábitos, y se incorporan nuevas experiencias, se cambiará la perspectiva, aunque es cierto que conforme se acumulan los años resulta difícil, pues el árbol torcido mal se endereza.
  • Nos señala cómo enriquecer la vida. No se trata de confundir una etapa de la vida con la meta. Se trata de saber que, aun alcanzando un sueño terrenal a corto plazo (trabajo, amor, deporte, habilidad, creatividad, etcétera) hay un universo de experiencias y conocimientos fuera de nuestra vida que podrían hacernos tomar conciencia de otras realidades y cambiarnos como personas. Por eso es importante estar abierto a la curiosidad. No se trata de intentar subir al Everest con sesenta años ni de hacerse tatuajes en la frente, afiliarse al Hare Krishna, memorizar números primos, ni de probar LSD o devorar la Enciclopedia Británica, por ejemplo. Tampoco debemos cambiar de ciudad, trabajo, pareja o deporte porque toca o porque sí.

En definitiva, se trataría, y hablo por mí mismo, por un lado, de ejercer una sana curiosidad por lo que nos rodea, para conocer más y conocernos mejor (por eso, insistí en perseguir el hábito de la sana curiosidad). Y por otro lado, de dedicar un momento íntimo a rumiar esa experiencia o conocimiento, para obtener una enseñanza. Un hábito sencillo de inmensos beneficios.

No recuerdo quien decía que somos la vida que vivimos y las que podíamos haber vivido pero las rechazamos. Lo importante es decidir sabiendo lo que nos perdemos.

Lo triste es no asomarnos a la ventana y seguir viviendo en la rutina de la cueva.

2 comentarios

  1. Cada día, justo en el instante previo a que se produzca todo natalicio, un emisario invisible de la vida se acerca sigilosamente a la barriguita materna y le susurra: debes ser tu mismo y ocupar el puesto que te corresponde…¡porque el resto de puestos ya están adjudicados! Lo anterior explica el porqué todo recién nacido, abrumado por la gravedad de la noticia, superado por la dificultad del encargo y desbordado por su propia vulnerabilidad, saluda su llegada al mundo con desesperados gritos y desconsolados lloros. Sin embargo, aunque la empresa sea complicada, lleve toda la existencia y deba lucharse y ganarse día a día, puede llevarse a cabo con éxito.

    La vida es una permanente búsqueda, construcción, evolución y movimiento de nosotros mismos. No caben estancamientos. Ni aceptar, sin más, verdades dadas. La curiosidad y el espíritu -crítico, autocrítico y siempre humano- tienen mucho que decir. Así, los interrogantes, las dudas y la imaginación, experimentos infinitos de cerebros y corazones activos y siempre de guardia, son el combustible para lograr ese avance, renovación y movimiento. Sin ellos no es posible llegar en cada momento al refugio del conocimiento, al resguardo de la inteligencia o al oasis del discernimiento. Sin ellos no cabe arrancar la chispa que encienda la luz de la creatividad y el crecimiento. Sin ellos puede malograrse toda la cosecha de nuestra experiencia. Con ellos, por contra, vemos las cosas como son y no como queremos, o nos dicen, que sean.

    Somos lo que somos en cada momento de nuestra vida. Pero lo que somos es el resultado de nuestras elecciones y experiencias previas (lo ganado, lo perdido, lo renunciado, lo aprendido, lo impuesto, lo olvidado). Somos ese rayo de luz que puede verse, sí,…pero no por sí mismo, sino porque el polvo del aire (los demás) lo recoge y lo refleja. Sin ese polvo seríamos imperceptibles, oscuridad, nada de nada. En la medida que seamos visibles y demos luz a los demás, seremos nosotros mismos. En la medida que no, andaremos perdidos y deberemos cambiar.

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