Hablar y comunicarse

Elogio de los encuentros amistosos breves y casuales

Como toros que salen impetuosos del toril, muchos ciudadanos salimos el fin de semana ávidos de vida gastronómica y social. La oferta culinaria se nos ofrece a la carta en el lugar que elegimos (o que eligen nuestros bolsillos), mientras que la vida social se nos ofrece como vianda del bosque, que depende del lugar por donde transites y con quien te tropieces.

  Especialmente valoramos estas salidas de ocio en tiempos de la malvada pandemia, que disfrutamos como el limitado tiempo del delicioso recreo escolar de la infancia, y que ya adultos – con la que está cayendo- hace que nos sintamos en libertad vigilada, guardando distancias, atados a la mascarilla y sometidos a la rigidez de consultar la carta por el móvil y adaptarnos en la mesa a soportar la asepsia propia de un quirófano.

 En esas condiciones disfruté este sábado de un almuerzo familiar risueño en un llagar o sidrería, que hace las veces de ópera para los asturianos, aunque más informal y escandalosa. Así que, entre trago y mordisco, emociones y sonrisas, pude avizorar a una pareja de amigos que desde otra mesa me saludaban con la mano, y a los que hice idéntico gesto, muy propio de náufragos de islas próximas.

  Tras la mentira piadosa de no tomar postre para engañar a las calorías, pese a que ya había engordado bastante con lo que no era postre, me levanté y acudí hasta la mesa de la pareja a saludarles, donde María y Federico, una que escribe tan bien como habla y otro que habla tan bien como escribe, me brindaron el saludable recibimiento de un momento simple pero que dan sentido a la vida y enaltece los corazones.

No hablamos de la pitanza del lugar porque los tres compartimos la vieja idea de que más importante que lo que hay sobre el mantel son los que se sientan en las sillas, así que tras un intercambio de palabras sobre la situación pandémica, la atmósfera jovial y entrañable que nos rodeó durante el breve encuentro, nos permitió alimentarnos de eso que no venden en las farmacias, que no da la tecnología y que no traen los porteadores a casa. Algo tan sencillo como sana cordialidad, respeto, atención y sonrisas cálidas.

 En fin, que los encuentros breves y cordiales son la sal de ese viacrucis que llamamos vida.

  Se trata de esas píldoras de contacto social que nos son regaladas cuando salimos de nuestro hogar y nos encontramos con amigos, compañeros o conocidos sin cita previa. Algo que por fortuna regalan las pequeñas ciudades sin que nadie nos cobre impuestos por ello.

 Es gratificante conocer personas por casualidades de la vida que te vuelves a encontrar por casualidad y con las que te encuentras cómodo.

  • No me refiero lógicamente a aquellas personas, afortunadamente pocas, que conoces casualmente y que lo consideran una carta de invitación para atosigarte y vampirizar tu menguado tiempo de ociosidad (el clásico dar la mano y tomarte el pie…, la cartera y el pelo). No.
  • Tampoco me refiero a los encuentros por redes sociales o a través de pantallitas, que son un frío sucedáneo de un encuentro presencial real, cara a cara, compartiendo atmósfera y escenario.
  • Ni tampoco a los encuentros ocasionales en un marco negativo (funerales, hospitales,etcétera).

Me refiero a los encuentros imprevistos con personas con las que intuitivamente empatizas, pese a no haber compartido experiencias significativas, que tienen lugar sin orden del día, cuyo comienzo y fin se marca espontáneamente y en que actuamos despojados de roles, máscaras o disfraces propios de la profesión o trabajo.

 No digamos ya los encuentros con los conocidos, o amigos de segundo y tercer grado, se produce en otro lugar distante de la residencia de ambos. Se invierte la ley de la gravedad de Newton pues con la distancia aumenta la fuerza de la atracción personal y el alborozo del encuentro. Basta pensar en que el encuentro con un conocido en el barrio con el que apenas nos detenemos, se convertiría en una charla efusiva de tropezárnoslo en Tokio.

Especialmente valiosos son los encuentros, por desgracia cada vez más frecuentes, en plazas o calles, con personas mayores, ya jubiladas o que pasean su soledad y dolencias en silencio (antiguos vecinos, padres o madres de amigos, compañeros ya retirados,etcétera). Cuando les entregamos unas breves palabras, realizamos un cambio de impresiones, y en definitiva, hacemos que se sientan reconocidos y útiles, nos invade un gran bienestar. Ellos reciben una inyección de energía y ganas de vivir, y nosotros nos enriquecemos emocionalmente al hacer algo por los demás sin esperar nada a cambio.

En fin, que los encuentros breves y casuales aportan mucho porque nos permiten ser espontáneos, cercanos y beneficiarnos de trato recíproco.

  Con estas burbujas de apacibilidad, quedaremos inmunizados frente a los virus. Al menos, son encuentros que nos acercan a la esencia de la condición humana: contar con el otro y sentir la cercanía de los otros. 

 

3 comentarios

  1. ¡Bravo, señoría!
    Muchísimas gracias por tan bonito y sentido “elogio”.
    Tanto , Federico como yo, nos hemos sentido , no solo halagados- qué sí- sino también sorprendidos de que alguien cumpla su palabra tan escrupulosamente, en el tiempo.
    Muchas gracias por todo lo que nos dices, amigo,
    Solo, si me lo permites, apuntar que en el título, yo habría añadido : “ y que saben a gloria”
    Dispensa la licencia, pero así nos supo a nosotros charlar contigo.
    Espero , muy pronto, volver a disfrutar de otro rato de charla vivificante.
    Un cordial abrazo de tus amigos Federico y Maria.

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  2. Encuentros espontáneos, amistosos y pequeños son tropiezos atinados de luz, corazón y tiempo, unión arquitectura perfecta para crear momentos disfrutables, completos e intensos.

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