Reflexiones vigorizantes

Luchando contra las noticias falsas y otros engaños virales

Man making a confused announcement using a maskAyer tuve ocasión de participar en un encuentro de especialistas sobre distintas vertientes de la nutrición ante el impacto de la pandemia, y disfruté de la maravilla de escuchar a personas que saben mucho, lo explican bien y nos regalan su valioso tiempo.

Resulta llamativo el contraste de estos foros con la práctica tristemente habitual hoy día, en que muchos convierten los bulos, las verdades a medias o las intoxicaciones informativas en verdades sagradas. Al final, se forma una conciencia de rebaño, en que lo que todos hablan parece que será verdad y de paso, lo que no se ajusta a ella, será mentira.

Pero no todos los bulos son iguales.

  • Unos pertenecen a las teorías de la conspiración, con finalidad política. Aquí están las conocidas técnicas de los servicios de inteligencia de los países fabricando noticias en otros países para su estrategia (aquí los líderes son los soviéticos).
  • Otros sirven al fraude comercial, como las que afirman las excelencias de fármacos o remedios contra enfermedades, o las que son terapias psicológicas milagrosas de farsantes, como la patraña de la bioneuroemoción.
  • Otros plasman el criterio de una minoría fanática, que pese a ser rechazado por el estado de la ciencia actual, pretende conseguir adeptos, como las que afirman que las vacunas provocan autismo infantil.
  • Un cuarto bloque pertenece a la simple ocurrencia, broma o media verdad que se adorna, enriquece y cobra vida propia con apariencia de nuevo mensaje fiable. Un caso sonado fue cuando en 2016 se difundió por Twitter que National Geographic ya no publicaría fotografías de animales desnudos para tratarlos de forma digna.

Un caso especial de tremenda gravedad son las acusaciones veladas de delitos que empujan a forjarse juicios paralelos o juicios perpendiculares lesivos de la presunción de inocencia.

 Los riesgos de absorber mala información lo sufrimos los que cándidamente acudimos a las redes sociales, pues no dejan de ser una legítima fuente de información y cauce de libertad de expresión, aunque no todos sabemos separar el grano de la paja.

Captura de pantalla 2020-05-16 a las 17.07.31 Bien estaría beber con frecuencia de las fuentes de información serias (libros, conferencias, periódicos, opiniones radiofónicas, etcétera) previa verificación de su cualificación. Es triste que un campo fecundo para los rumores y falsedades son los adolescentes, pues buena parte de ellos han alzado las redes sociales como fuente directa y favorita de información.

Así, si se une el hábito no acudir a fuentes rigurosas, con no tener la prevención de filtrar las fuentes sospechosas, el arsenal cognitivo personal estará cuajado de fake news, paparruchas, infundios y fantasmadas que serán soltados a la primera ocasión, y además robustecidos por la humana condición que nos lleva a adornar de mayor credibilidad lo que afirmamos.

Además, participar en una red social alza una relación de complicidad, casi doméstica, entre los que forman parte de la misma, que les hace rebajar la guardia ante la familiaridad; a ello se suma la tentación a golpe de click de compartir la noticia e información llamativa, porque compartiendo nos sentimos mas enlazados socialmente.

La espiral de información crece hasta formar la tormenta perfecta. Todos dicen que es cierto porque todos lo dicen; o sea, son verdades que se sostienen a sí mismas, lo que es tan imposible como levantarse a sí mismo del suelo tirándose de los pelos hacia arriba.

Pero lo cierto es que las verdades a medias, como los ladrillos partidos, llegan más lejos si los arrojas.

La paradoja aflora cuando, antes o después, esa información pervertida, pierde la máscara y se ve desmentida, pues todos seguiremos acudiendo a las fuentes contaminadas. Reincidentes. No aprendemos.

man-reading-books-classic-artEn definitiva, no es malo acudir a las redes sociales, pues como el Amazonas, cobija tanto pirañas como peces inofensivos y exóticos. Se trata de saber pescar en este maremágnum informativo y cribar lo bueno y lo malo, o sea, tener criterio. Al igual que no debemos comer tragando sin masticar, la información hay que rumiarla para aprovecharla. Habrá información que habrá que rechazar, otra aceptarla y otra ponerla en cuarentena.

Ahí está la grandeza de la condición humana en saber forjarse criterio propio. Antes de compartir una noticia sospechosa se impone el pensamiento crítico: ¿Dónde está o quién será la fuente original de esta información?, ¿cómo figura en otros medios de comunicación?, ¿perjudica su difusión a inocentes?, ¿a quién beneficia?. Deberíamos preguntarnos la razón de que prestemos más credibilidad a un mensaje de red social que si fuese grafiteado en una pared, o lo escuchásemos a un pasajero próximo en el metro.

No está de más ayudarse de eso que se llama el sentido común, y que nos indica que hay que poner en libertad vigilada aquello que se nos ofrece como extraordinario, extraño o sorprendente. Resulta útil la ley de la parsimonia, más conocida como navaja de Ockham (del filósofo Guillermo de Ockham, de la Baja Edad Media), que imponía, que enfrentados ante varias opciones (de credibilidad) hay que optar por la menos compleja o menos extraordinaria; Sherlock Holmes era más práctico: «Si descartas lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad».

Un doloroso ejemplo de cruce de falacias y bulos lo ofrece la actual pandemia, que no nos deja más remedio que darle la razón al genial filósofo Bertrand Russell:960x0 (1)

Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes están llenos de dudas.

1 comentario

  1. Recientemente, intentando salir de mis brumas, acudí a la mirada prestada del filósofo Emilio Lledó. El sabio me recordó la historia de Ulises y la ninfa Calipso. Ulises, tras sufrir un naufragio, llega a la isla Ogigia en la que vivía Calipso. Un auténtico paraíso donde tenía todo lo que podía desear. Pero, tras siete años de placeres y atenciones, se da cuenta de que está retenido y prisionero de la ninfa y añora su vida y hogar. Calipso, que está enamorada de él, le promete la inmortalidad y la eterna juventud para convencerle de que se quede. Pero Ulises, demostrando inteligencia, prudencia e ingenio (la “temis” griega: capacidad sujeta a aprendizaje de encontrar la respuesta adecuada ante un problema), para no dejar de ser quién es (un ser racional y humano) y poder volver a la realidad (su vida), elije envejecer y morir.

    Uno de los descubrimientos más admirables de esta historia es que los seres humanos, desde siempre, tenemos curiosidad por entender y saber en qué mundo estamos y en qué situación nos encontramos para poder adoptar en todo momento la decisión acertada. El problema es que, si no nos han enseñado o no hemos aprendido a saber mirar, es decir, si carecemos de capacidad crítica y de una mente cabal e independiente, no vemos nada y acabamos succionados por una marea interminable de mentiras (huecas y disfrazadas de verdad: bulos), trampas (envenenadas y disimuladas entre sonrisas, colores y formas atractivas: bulos) y promesas (vacuas e interesadas que, como el humo, esconden un incendio o quedan en nada: bulos) que nos aleja de la realidad.

    Si como sociedad e individuos queremos salir a flote, dejar de lado nuestra mansedumbre de rebaño o docilidad personal y volver a la tierra firme de la realidad, debemos recobrar nuestra capacidad crítica y hacernos, en un ejercicio a la par personal y colectivo, las preguntas adecuadas: quién nos dice la verdad, quién quiere manipularnos, quién nos engaña.

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