Salud

Memento mori para ser humildes

osito enfermoFatal. Ayer por la tarde estaba constipado, dolorido, fatigado y molesto. Quizá el frío salmantino me invadió (los tiempos de jovencito a pecho descubierto de madrugada están lejos) o mi alergia al polen (me gusta mas este término que el vergonzante fiebre del heno) o acaso el estrés de viajes y trajines varios (pese a mi constante propósito de bajarme del carro de titiritero). No sé la causa, pero sí sé que no tenía apetito, que la voz era un hilillo y que la mente se volvía perezosa, o sea, un espécimen sometido a una extraña kriptonita.

Lo cierto es que, para alguien como yo, que jamás ha pisado un hospital como paciente y que jamás ha tomado un día libre por enfermedad, la sensación es terrible y me trae a la mente aquel Memento mori, frase con la que los siervos rebajaban la vanidad el general romano victorioso cuando desfilaba por las calles de Roma entre aclamaciones, y que Tertuliano precisaba como ¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre” (y no un dios)!.

Ni yo soy un general ni vengo de victoria alguna, pero cuando me quedo una tarde tumbado en el sofá, dolorido y sin ganas de moverme, malo. Si además no toco una tecla del ordenador, peor. Pero ya lo preocupante es cuando ni siquiera leo unas líneas de un libro o revista.

Entonces acuden los delirios sobre la fugacidad de la vida, sobre los amigos que están y los que no están, sobre lo que nos movía y ahora rechazamos, sobre lo que pudimos hacer y no hicimos, o sobre lo que hicimos y no debimos hacer, sobre las personas que nos importaron, sobre los amores y desamores, sobre lo que debíamos experimentar o aprender…

1. Recordaba entonces el comentario burlón de mi admirado escritor Eduardo Mendoza que decía que si algún día enfermaba y veía pasar la vida como una película rápida, al menos confiaba que no fuese de cine español. Yo no he llegado a ese punto con mi leve dolencia, ni tampoco sufro una enfermedad grave de esas que te sacuden los cimientos de tu rutina, que yo sepa, pero ya comenté que no debe esperarse una enfermedad grave para reorientar la vida.

vida mas alla muerte2. Sencillamente son momentos de debilidad y fatiga que te muestran que la naturaleza es sabia y nos propicia momentos en que hay que pensar hacia dentro. Nada de seguir el trepidante ritmo exterior de compromisos, aficiones y horarios. Sencillamente quedarse quieto como un camaleón tras la presa y voltear nuestra percepción a lo que somos.

3. Lo primero que me viene a la mente es la fragilidad de la imponente estatua que nos creemos ser, sacudida por un pequeño e impune virus o bacteria, frente al que estamos impotentes mientras confiamos en fármacos, zumos y remedios que nos devuelvan la energía. Una bacteria nos quita la máscara y nos deja como un puñado de moléculas resistiendo el asedio del diminuto pero implacable enemigo.

4. Después es momento para pensar en el ser humano en que nos hemos convertido, en lo que queremos, en lo que tememos, en lo que tenemos pero sobre todo, para recordar que cada ser humano somos un ratoncito en el universo, el último eslabón de la enorme e inmensa cadena de la evolución de la vida, pero tremendamente frágiles, nada de imprescindibles y además para bajarnos los humos, seremos olvidados como las generaciones anteriores.

Ni siquiera la nube digital será capaz de atesorar nuestras imágenes y palabras, o recuerdos, porque si lo hace, nadie tendrá tiempo ni interés en consultar todas las tonterías que decimos, subimos a instagram, youtube o ponemos en los blogs.

fotossEso me llevó a pensar sobre cuantos abuelos, bisabuelos y antecesores he tenido. En un análisis simplísimo, si convencionalmente se considera que cada 25 años hay una nueva generación, y tomando como punto de partida el año 1 d.C., pues tras adentrarnos en el siglo XXI, quizá pertenezco a la generación 81. Parece poco, pero por la fuerza de la reproducción sexual en progresión geométrica, creo que tengo varios cientos de miles de parientes por ahí diseminados. Esta es una buena noticia, pues según remontamos el árbol genealógico todos vamos emparentándonos, quizá no hacia Adán y Eva, pero quizá ahí están Blas el leñador que corta leña para el señor feudal, o hacia Matilde la esclava seducida por el patricio Mario… ¡quién sabe!

La mala noticia es lo insignificantes que somos puesto que en dicha fecha (1 d.C.) se estimaba que existían en el globo unos 300 millones de personas (el Imperio romano eran tan solo 45 millones) y ahora hay unos 7.500.000 millones. Cada vez más pasajeros en el mismo buque.

5. Lo milagroso y mágico es percatarse de las incontables variables que han superado mis genes para llegar aquí (accidentes, guerras, hambrunas, sorpresa, etc) que demuestran que tenemos que estar agradecidos a la vida. No importa la respuesta que cada uno acepte sobre la creación.

Archivo_002 (1)Lo importante es que tenemos que agradecer poder mirar el cielo, observar un paisaje agreste o la majestuosidad del mar, como quien ha sido privilegiado con la invitación a verlo gratis. Adán y Eva no perdieron el paraíso porque nuestro mundo tiene mas comodidades, posibilidades y vivencias que el paraíso bíblico.

Todo un mundo tecnológico, civilizado, avanzado y divertido, con sus riesgos y peligros, pero listo para que nos sirvamos de él. Nuestra generación puede alimentar su mente y cuerpo tipo buffet: elegir lugar para vivir, qué aprender, en qué divertirse y con quién compartir el tiempo. Un lujo único. Quizá está sobre un polvorín de conflictos internacionales, epidemias, riesgos tecnológicos o la maldad de algunos, pero hoy por hoy, listo para usar y disfrutar.

Pero además, compartiendo ancestros, debemos sentirnos mas cercanos y solidarios con todos los demás pasajeros de esa nave con velas rotas y bajo tormentas que es la tierra en el océano del universo.

Si comprendemos eso, nos sentiremos mejor. Y yo al menos, ya me siento mejor con mi constipado en el sofá. Al menos ha sido una tregua o tiempo muerto en ese tráfago que llamamos vida cotidiana.

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