Claves para ser feliz Situaciones absurdas

Un día en el parque acuático: ojos que ven, corazón que lo siente

Archivo_000 (4)Siempre me gustaron los títulos de las películas de los hermanos Marx (Un día en las carreras; un día en la ópera, etc) y por eso me pareció oportuno ofrecer una visión con toque de humor de mi reciente visita al parque acuático de Galicia, porque aunque algunos se sorprendan, Coruña (en la población cercana de Cerceda) cuenta con su propio parque acuático (Aquapark).

Ya saben, esas instalaciones con piscinas, toboganes, cascadas, cubos de agua volteando sobre bañistas y olas artificiales, que hacen las delicias de niños y no tan niños, en tiempos de calor estival. Se trata de un parque acuático, situado en una amplia finca con césped, modesto en tamaño, pero limpio, ordenado y seguro.

Ahora bien, con mis ojos de adulto curioso en bañador y mientras actuaba de “vigilante de la playa” de los chapoteos e inmersiones de mis pequeños diablillos, pude comprobar que aquella fauna de bañistas reflejaba aspectos curiosos de la sociedad que vivimos.

Aquí va lo que me llamó la atención, y ruego se me disculpe la licencia expresiva del humor latente.

larga cola1. Lo primero que me resultó llamativo fue la capacidad del ser humano para “hacer cola”: colas para entrar en el parque acuático, colas para el bar, colas para bajar por los toboganes, colas para reservar parasoles… Además eran filas ordenadas, sin quejas ni caraduras, lo que revela un alto grado de civilización y desarrollo.

Se ha dicho que el ser humano es la única especie que sonríe, me temo que también es la única especie que hace colas y sabe esperar, aunque es cierto que si una empresa u organización regala algo a los viandantes o público (por barato que sea), se desata su parentesco con los ñus corriendo por el Serengueti.

2. Un segundo foco de atención fueron los numerosos bañistas que llevan tatuajes extraños en lugares inverosímiles. Allí lucían cuerpos padres e hijos y muchísimos exhibiendo sus cuerpos tatuados.

Nada tengo en contra del tatuaje por aquello de la libertad de cada uno con su propio cuerpo. De hecho, ante la insistencia de mi hijo de 16 años en hacerse uno, fruto de la negociación con él (más dura que la que mantuve en el pasado con curtidos sindicalistas), le he autorizado a que se deje un sólo tatuaje siempre y cuando: sea de tamaño inferior a una moneda de cincuenta céntimos; no vaya en el rostro, manos ni parte visible en una entrevista de trabajo o partida de ajedrez; y no incorpore leyendas o símbolos insultantes, fanáticos o que yo no escucharía sin indignarme. Le he dicho que cada año podrá incorporar un tatuaje adicional en las mismas condiciones hasta los 18, y después hablaremos… hablaremos de cómo no se es libre a esa edad mientras tu padre te mantiene.

piernasssPues bien, me llamaron la atención esos tatuajes enormes, que parecen representar serpientes enroscadas o huevos rotos; también el mal gusto por símbolos de guerra, poder o muerte; la caprichosa ubicación, en brazos, espalda, nalga o pechos; y cómo no, algunos casos de extensión inexplicable (todo un brazo pintarrajeado mientras el otro estaba impoluto, por ejemplo).

Ante el uso de símbolos orientales, no pude menos de recordar la conocida anécdota de los turistas en Japón o en países del Sudeste asiático, que en vez de traerse una figurita de recuerdo, se ponen en manos de un artesano local para que les haga un tatuaje en lengua oriental, con rayitas y símbolos que sólo conoce el tatuador, y que les traduce como “Paz”, “Soy libre”, “El dragón feliz” u otra cantinela de bondad, y que realmente les gasta la broma pesada de llevar escrito con ideogramas algo así como “Soy un turista capullo”, aunque ellos quizá nunca lo sepan.

3. En la misma línea, y en el parque acuático, hice autocrítica sobre mi propio cuerpo, con redondeces y palidez propias de la edad o malos hábitos alimenticios, pero la indulgencia pronto acudió al comprobar que el exceso de peso pululaba en mayores y menores, con riesgo de obesidad preocupante, aunque hay que decir que me resultó admirable la falta de complejo de algunos y algunas bañistas al exhibir un diminuto tanga que parecía luchar por salir de unas “nalgas movedizas”.

En coherencia con esta tónica media de cuerpos “con tableta”… derretida más bien, en mi caso, el restaurante del parque acuático ofrecía raciones de patatas fritas, helados, frituras y bocadillos, no vaya a ser que pudieran ser demandados por ofrecer comida sana.

chi4. Interesante me resultó contemplar un vaso de baño, repleto de chorros laterales y con aguas burbujeantes, que parecía ofrecer un servicio de “Spa de los humildes” porque allí se hacinaban cuerpos disputándose las bendiciones de agua que se me antojó medicinal, pues medicinal debía ser, si se sobrevive a la experiencia de bañarse en tan íntima compañía, la de algunos cuerpos de desconocidos que (a juzgar por el descuido de higiene de pelo y rostro, o lo que asomaba) poco jabón habían visto en los últimos tiempos, situación alarmante bajo esos chorros capaces de despertar microbios, escamas, sudores y todo tipo de fluidos, dispuestos a ser intercambiados con el vecino en el turbio caldo.

5. También pude reflexionar sobre el extraño hábito de los asistentes que rodeábamos las piscinas y vasos de agua, sentados o tumbados en toallas y sillas bajo un sol generoso. Pese a que di varios paseos exploratorios por las instalaciones, y pese a que computé unas dos mil personas dentro del recinto (es fácil el cálculo: se cuentan las piernas y se divide por dos) creo que los únicos libros eran los míos. E incluso me atrevería a decir que si hubiese más libros, el único que leyó algo, fue el menda.

pequesDe hecho, la tienda que abastece a la instalación de útiles de baño, abalorios, chuches y juegos, no incluía libros, revistas, cómics ni tebeos, o sea, que indica por donde no va la demanda.

Por supuesto que no me parece mal que no se lean libros en el recinto, pues es sabido que se va a descansar, a bañarse y secarse o dejar libre la imaginación, pero me limito a constatar el dato.

Eso sí, lo que veía sin esforzarme, eran los teléfonos móviles, especialmente en la población juvenil que los toqueteaba con la agilidad del teclado de un piano, sin conversar con el vecino y aislado del entorno acuático.

6. También me llamaron la atención los escasos brotes de curiosidad de los visitantes, que medí mientras hacía cola con un enorme flotador, en una altísima escalera donde jóvenes y no tan jóvenes, aguardábamos la experiencia de dejarnos bajar por un tobogán a gran velocidad, ayudados por chorros de agua, y con el fin de liberar adrenalina (o hacer penitencia, o en mi caso demostrarme que todavía puedo engañarme pareciendo joven, o para librarse unos instantes de algún pariente, que todo es posible).

colasssPues bien, aquella espera, que avanzaba al lento ritmo que dedicaba un joven trabajador del parque acuático (mediomileurista, por el espíritu que ponía, despatarrado en una silla), quien iba tocando el silbato para que el siguiente se lanzase al descenso tobogán abajo, me permitió comprobar que los que esperábamos turno de descenso, teníamos poco que decir. Se hacía notar especialmente porque no reinaba el alboroto propio de niños ya que se prohibía descender a quien no superase la altura de metro y medio.

De hecho, comenté con mi hijo mediano en voz alta que desde esa escalera, que recordaba las torres de vigilancia de incendios del parque de Yellowstone (que conocía por los dibujos animados del Oso Yogui), se divisaba un panorama amplio de placas de energía solar, como también comenté que su descenso probaría las Leyes de Newton (Fuerza = Masa por Aceleración) y que se descendería mas rápido si el tobogán fuese barnizado con teflón como las sartenes, e incluso pronostiqué que no tardaría en imponerse en estas instalaciones el uso de un sencillo casco (ni de moto, ni de esquiar, ni de bici, sino de piscina pública) por el riesgo de golpearse en la bajada contra las paredes del tobogán.

Confieso que con ninguna de mis observaciones conseguí captar la mirada, el oído o la atención de nadie en mi radio de acción. Y eso que sólo pretendía por la intimidad que daba estar agolpado en la cola, hacer un guiño con sonrisa al puñado de bañistas colindantes, pero o pertenecían a una excursión de búlgaros con oídos taponados o eran tan educados que soportaban mis tonterías en silencio.

Archivo_003En fin, creo que con el paso del tiempo me voy haciendo un cascarrabias, o mas bien, tengo que percatarme que los raros no son los otros, sino yo. Por ahí debería haber empezado.

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