Personajes con huella

Hay buenos samaritanos en el siglo XXI

The Good Samaritan (?)Me entero casualmente (y tarde) de la triste noticia de la muerte hace años de una persona humilde (para mí todo un personaje) que me infundió confianza en la condición humana.

Compartiré esta pequeña pero significativa historia que siempre me acompañará con emoción, pues en tiempos de rapidez, egoísmo, tecnología y protesta, siempre se agradece el ejemplo sano de buenas personas.

Daré marcha atrás en el túnel del tiempo, cuando yo tenía 33 años y me invitaron unos amigos a ir a un pueblecito situado a 80 kilómetros de Salamanca, Villares de Yeltes.

rio
En Villares de Yeltes, por entonces

Cuando estaba con estos amiguetes disfrutando del paisaje castellano, austero y silencioso, con casitas de aldea y campos desolados, vimos venir a un joven sacerdote (vestido de traje negro y con clergymán)… ¡montado en un pollino!. No en un burro, no. En un pollino, o sea un burrito que le soportaba a horcajadas. El curita, con rostro añinado, saludó a mis amigos y me lo presentaron como Juanjo, el cura. Muy afectuoso, nos informó para mi sorpresa que iba con prisa para que “el burrito cubriese una burrita”, porque “los dos son de Dios”. Me quedé patidifuso por la naturalidad con que nos informó de su “labor pastoral” y nos invitó a conocer sus posesiones por la tarde.

Sus “posesiones” eran una casita humilde junto a la iglesia con un terreno despoblado que estaba cuajado de figuras de piedra y artesanía bastante toscas, que me recordaban el círculo de Stonehenge. Nos informó que las habían colocado “los filisteos”, como eran conocidos los jóvenes marginales que acogía en la parroquia y a los que pretendía reinsertar enseñándoles manualidades, arte y solidaridad. Había habilitado el pajar y la cuadra como dormitorios. Drogadictos, madres solteras, delincuentes, mendigos… todos eran acogidos allí, y nos invitó a cenar con ellos.

En la cena, en un entorno de extrema austeridad, mis amigos me sugirieron colaborar aportando algo, así que les llevamos huevos, pan, chorizos y latas de sardinas… ¡Se puso contentísimo con tan poco! Temblaba de emoción cuando sacudía el chorizo y nos decía: “Con esto tenemos para una semana”. Y más llamativo me resultó estar en una singular velada con una docena de extraños (cada uno con una historia triste a la espalda) pero demostrando una educación y agradecimiento que no tenía la mismísima reina de Inglaterra.

VillaresPor si fuera poco, a la medianoche recordó el cura que la tradición salmantina de la matanza del cerdo imponía ir a hurtadillas por las sombras de la noche en fila india y portando tejas para escuchar a las puertas de la casa de los vecinos, y si se detectaba que estaban trajinando con la matanza, arrojar las tejas, piedras y palos a su puerta. No sé si era tradición o barbarie, pero me vi inmerso en un acto de vandalismo (ya prescrito, afortunadamente) y poniendo pies en polvorosa con el cura a la cabeza cuando los vecinos salían a protestar enojados.

Al finalizar la gamberrada, el curita con la cara iluminada y excitada, nos invitó a su casita, y allí estaba yo a las dos de la mañana con cuatro amigos y un cura que me explicó el secreto de tocar una enorme pandereta. El secreto radicada en golpear con la palma de la mano la piel de la pandereta en dos puntos distintos mientras para mis adentros me decía “Anda, que te han dáo”, “Anda, que te han dáo”… (el golpe había que darlo en la primera sílaba del “Anda…” y el segundo en el “dáo”) y juro que con ese truquito la melodía funcionaba.

Juanjo
Con Juanjo y varios amigos

De ahí, al amor del fuego pasamos a contar anécdotas de este muchacho. Su generosidad sin límites. La incomprensión de los fariseos. Recuerdo que Juanjo se enteró que en una parroquia de Salamanca iban a destruir por deterioro, un viejo Cristo de madera en la cruz de tamaño natural, así que pidió que se lo diesen para restaurarlo y aprovecharlo. La siguiente escena era un Renault 4 blanco, el viejo cuatrolatas, con el portón trasero abierto para que entrase el Cristo y atado con un cinturón para que no se cayese al asfalto, y quedando asomando la parte superior de la cruz con brazos abiertos incluidos, de manera que los vehículos que iban detrás veían asomar un Cristo tendido de la cajuela del cuatrolatas. Incluso le paró la guardia civil y le dijo aquello de que Dios iba con él, y no estaba lejos de ser literalmente cierto.

En fin, un muchacho singular que además fue voluntario a Brasil y jamás se negó a ayudar a nadie.

Viene al caso porque muchas veces he pensado en estas personas, que al margen de su confesión religiosa, tienen un corazón tan generoso.

La amargura es que me enteré que en el año 2013 paseaba Juanjo por Salamanca y vio un joven marginal de origen marroquí pasando frío y hambre, le invitó a comer y le alojó en su casa. El joven lo mató, lo metió en una bolsa de plástico y lo dejó en un armario. El joven ya había cometido mas asesinatos y fue finalmente capturado y me estremeció leer que confesó el asesino que cuando le estrangulaba, Juanjo intentaba decirle algo así como: “Soy sacerdote… ¿por qué?”.

aplausosEn fin, quede este relato como homenaje a un personaje excepcional y como ejemplo de la sinrazón que parece gobernar este mundo, donde por mucho que la ciencia avanza, no somos capaces de entender como hay corazones tan maravillosos como el de Juanjo ni tan infames como los de su asesino. De lo que estoy segurísimo, es que Juanjo jamás condenaría a su asesino. Diría aquello de “Pobrecillo, por algo lo haría”, “también es de Dios”, ya que siempre justificaba los errores de los que acogía.

Al enterarme de su fallecimiento, buceé por google y localicé un libro que compré en Amazon que le dedicó una monja (“Semillas de vida”, Sor Matilde de Inés Vicente, Ed. Monte Carmelo). No soy ningún meapilas pero me lo leí como tributo a Juanjo y hay un párrafo de un profesor que describe su gran humanidad:

Es cierto, frecuentaba malas compañías. Sólo tienen que fijarse en los yonquis que albergaba en Villares. O en los perdidos que acababan dando con sus huesos en Topas -la cárcel-. O en los portugueses que osaban pasarse de la raya. O en los indigentes sin sombra. O en los polacos que infestan las fincas charras, ahora que los esclavos hay que traerlos ya desde allí. O en las manos que se lo han llevado. (…) La voz que alegraba la vida de Villares, que inventaba las viejas canciones de la tierra, que llenaba de cariño los corazones de los sencillos y reventaba la ira de los cuerpos de los poderosos. La voz que denunciaba la injusticia.

En fin, que hay vidas que merece la pena que se hayan vivido. Al menos a mí me dejó huella…

BIEN

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