Claves para ser feliz

In memoriam del bueno de Moncho, cuya huella y ecos sobreviven

Dice la canción que “cuando un amigo se muere, algo se muere en el alma” y eso ha sucedido con tu ausencia, querido Moncho, el pasado sábado en que tras una maldita enfermedad, te han arrebatado de nuestra compañía. Te han quitado la jubilación ansiada a escasos meses de conseguirla. Te han separado de tus hijos y esposa, que tan unidos han estado a ti en este viacrucis de los últimos meses hospitalarios.

Creo que fuiste el primer funcionario que conocí en Galicia, hace casi cinco años. Me preguntaste con delicadeza con qué nombre prefería que te dirigieses a mí, y siempre mantuviste un inmenso respeto tanto por tus compañeros como por los que calificabas como “jefes”, con un cruce de sentido castrense y fina ironía.

Sin embargo, tengo que corregirte, ahora que no puedes replicarme, pues los “jefes” no son los que mandan, sino los que enseñan, y creo que tú me enseñaste mucho. No sólo tu acogida paternal en una nueva ciudad, en un nuevo trabajo, sino al demostrarme el modo de resistir con dignidad y fortaleza los mazazos que la vida te había dado en la salud de tus allegados, y como cumplías con tus promesas jurídicamente inexigibles, sencillamente porque habías dado tu palabra a quien quiera que fuere por allí arriba que maneje los hilos de las vidas y haciendas humanas (tu peregrinaje anual a Lourdes, misas matinales, sacrificios íntimos, etc).

Puertas adentro de la oficina judicial, pude conocer tu buen hacer en la oficina judicial, tu seguimiento de expedientes, tu control de tus archivos, tu rapidez en despachar los asuntos como si fuere un torno de convento, y sobre todo, tu siempre trato delicado al ciudadano perdido en el laberinto judicial.

Eso por no hablar de tu compañerismo, pues gente como tú son los que dan sentido a las palabras camaradería, complicidad y tarea común. Fueres donde fueres, por los pasillos judiciales, Moncho formaba parte del paisaje judicial, conocía a todos y era conocido por todos, pero además querido por los que conocíamos su gran corazón.Moncho

Ahora no estás, pero en mi despacho creo que quedan los ecos de nuestras confidencias y carcajadas. Puedo recordar vividamente como nos relataste minuto a minuto, alternando sonrisas y lágrimas de emoción, el desarrollo reciente de la boda de tu hijo Pedro, la alegría que reinaba, el marisco que desbordaba, las bromas y travesuras, los abrazos y sorpresas… una hermosa fiesta que por ironías de la vida, marcaría el punto de inflexión en tu salud hacia el calvario final.

También recuerdo aquél día en que Lola, tú y yo rivalizábamos en el despacho a puerta cerrada a relatar aventuras con picardías, alcanzando el jolgorio tal nivel, que acudió nuestro compañero del despacho vecino para asomarse a la puerta, no sabemos si alarmado por el vocerío o para sumarse al mismo con envidia.

Uno de los piropos que me dedicaste desde la cama del hospital donde el maldito sarcoma te invadía era el de considerarme tan travieso como tú, con gusto por vivir y con pillería sana; entonces comentabas a quien quisiera oírte aquello de “Si José Ramón y yo nos hubiéramos conocido de jóvenes, con la misma edad, haríamos temblar el mundo”. Y no te faltaba razón porque compartíamos nuestra búsqueda del lado divertido a las situaciones áridas, particularmente el gusto por relatar anécdotas para general regocijo; compartíamos la valoración de las personas por lo que son y no por lo que aparentan, y compartíamos el sentido del saber estar, según la situación requería, como jugadores de naipes de las siete y media, que apurábamos “para llegar” al límite, pero “no nos pasábamos”; y por supuesto, compartíamos el valor diamantino de la amistad.

He de reconocer que perdí honrosamente mi apuesta contigo sobre la calidad y sabor de los tomates y que hace dos veranos me llevó a suministrarte un enorme tomate bañezano, a cambio de uno de los tomates cariñosamente cultivados en tu huerta. A regañadientes, te confirmé tu victoria, y desde entonces muchas fueron las veces que me tropecé con bolsas de plástico repletas de frutos y hortalizas caseros que aparecían sobre mi mesa por generación espontánea, o mas bien, por generosidad espontánea.

Captura de pantalla 2016-02-08 a las 14.50.47Tuvimos la fortuna de compartir algunos cafés mañaneros y algún almuerzo, que siempre estuvo salpicado de anécdotas y tu gusto por mirar el pasado con pícara nostalgia, deteniéndote en tu reputación de bailarín y seductor, describiendo tus exitosas técnicas para encandilar a las mozalbetas, relatándonos tus peripecias juveniles y no tan juveniles. No podemos olvidar tus bromas a puerta cerrada, ni los mensajes del móvil con la última chanza que circulaba por la red, ni tus risotadas, ni tu ojo clínico para valorar a las personas.

También asistí a algunos altibajos emocionales tuyos, porque hasta los fuertes os mostrabais débiles cuando estaba en juego lo que amabais, pero no te brotaba la ira sino una paciencia digna de Job a la gallega, o sea, que divagabas mucho ante el naufragio alternando con el mutismo transitorio, pero sin dejar de remar y luchar.

No fue fácil visitarte al hospital, donde nos esforzamos en banalizar tu dolencia para animarte, y donde conseguimos arrancarte sonrisas y miradas cálidas, aunque al irnos se nos encogía el corazón al ver que nos dedicabas una mirada de triste adiós, de impotencia porque, querido Moncho, serías grande pero no tonto, e intuías que tu reloj pronto dejaría de marcar las horas.

Al final la guadaña infame te segó la vida. Y habrá segado el tronco de ese árbol corpulento que eras, pero las hojas de la memoria seguirán vivas porque no hay vendaval que pueda llevarse las bellas palabras, risas y palmadas que nos regalaste, como también continuarán creciendo las ramas de tus hijos, Pedro y Jorge, arropadas por una delicia de madre, Cani, que siempre significaron tanto para ti.

Todos te echaremos de menos, amigo.

¡Brindamos por ti! Y te esperamos…

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3 comentarios

  1. Acabo de conocer a Moncho a través de la lectura del presente artículo. No “al ser humano” que era, pues, lamentablemente y debido al carácter caprichoso y finito de la vida, no me resultaba posible. Sino al personaje que, gracias al milagro de la escritura, ha pasado a ser y le mantiene eternamente “vivo” y coleando (no lo olviden nunca su familia, amigos, compañeros y, por su puesto, el autor). La serena melancolía del texto, llena de humanidad, verdad, lirismo y afecto no exentos de ironía y humor, y su prodigiosa capacidad para indagar en el alma del personaje, me ha permitido descubrirlo, emocionarme y, si se me permite decirlo desde el mayor de los respetos, quererlo. A pesar de nuestra reciente presentación yo también brindo y espero encontrarme con Moncho algún día.

    Un afectuoso abrazo

    Felipe

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