Hablar y comunicarse

No conseguirán convertirme en un maleducado

Mi primicia navideña podría consistir en desvelarles que ya he descubierto el eslabón perdido, entre el primate y el homínido. Está en Asturias, y concretamente en las piscinas del enorme club privado a las que suelo acudir tres días a la semana, ya que cuando entro al pequeño vestuario y me tropiezo alguien allí, suelo espetar un sonoro “Buenos días” y para mi sorpresa, tres de cada cuatro veces, me responde el eco de mis propias palabras.

Ante estos maleducados, tras descartar que tuviesen los oídos taponados o que los tuviese yo para escuchar su respuesta, aflora mi instinto mas primitivo.

Me cabreo en mi fuero interno. Porque me da pena que personas adultas se comporten como acémilas, que van a lo suyo y agachan la cabeza para embestir. Porque tras “hablar al viento” me quedo como el novio de Marieta, en la canción de Javier Krahe: “ Y yo allí con mi flor, como un gilipollas”.

El problema radica en que no deben pagar justos por pecadores, ya que uno de cada cuatro (mi disciplina acuática me ha permitido esta estadística doméstica) responde cortésmente, de manera que sigo persistiendo en mi educación y saludando al entrar (“Buenos días”, “Hola”), y despidiéndome al salir (“Adiós, hasta mañana”). No quiero dejar de saludar porque entonces los “justos” pensarían de mí lo que yo pienso de los “maleducados”.buenas maneras

En fin, comprendo que hay gente que no quiere hacer amigos en el vestuario, que aprovecha para su meditación personal, que no da confianza… Yo no pretendo salir del vestuario como el final de la película Casablanca: me basta con el saludo de entrada y despedida.

Sorprende que siguen el ritual de ponerse el gorro, el bañador, se enjabonan y cuidan su estética personal, pero lo que no cuidan es su imagen social ni su propia estima. Alguien debería recordarles que la cortesía importa, que hace sentirnos mejor, que la vida social mínima solo trae beneficios (de hecho, creo saber mi respuesta si alguno de estos groseros tiene el atrevimiento de pedirme el jabón o similar).

Al fin y al cabo, creo que lo que nos alejó del simio no fueron las pinturas rupestres sino el hecho de que al cruzarse los “homo sapiens” se reconocían como especie y en vez de emprenderla a garrotazos, se cruzaban la vista y asentían o saludaban a su modo. Ahora parece que vamos hacia atrás.

Lo que me sorprende vivamente es que en el vestuario cuenta con varios cartelitos recordando que hay que ducharse antes de bañarse, pero ninguno recordando que es de buena educación saludar quien entra y despedirse quien se va.

Es tan fácil ser cortés, que me da pena que esas personas maleducadas estén en nuestra civilización, que no es su sitio. Desde luego, si en su profesión se comportan igual, que no se quejen si pierden clientes o hay crisis económica.

Por mí, seguiré saludando en solitario pero feliz de mi superioridad moral. placer de saludar

Se ve que me preocupa mucho la educación, pues ya me ocupé de la grosería de quienes tienen las gafas de sol puestas cuando te hablan, o del valor del “tuteo” en la sociedad actual.

Para alegrar al personal en estas fiestas navideñas, les recomiendo disfruten unos mintuos escuchando la letra y ritmo de la citada canción de Javier Krahe, que envejece bien y mueve la sonrisa.

9 comentarios

  1. Gracias por éste nuevo artículo, es un verdadero placer poder leerle. Me siento íntimamente identificado con estas palabras. Sin ir más lejos, ayer, después de unas compras de última hora y estando ya en el barrio con mi familia, decidí darle una nueva oportunidad al “mendrugo” del bar de la esquina. Fuimos, nos sentamos, recogimos los servicios “cuasi” pegados de la mesa en la que nos ubicamos, me acerqué, espeté un “Muy Buenos Días”, pedí un par de cervezas y algo de “condumio” y en todos estos actos nimios de la vida social, el “mendrugo” del bar no alcanzó a abrir sus labios ni para respirar. Me he prometido a mí mismo no darle más oportunidades a este primate asocial. Debe ser que por aquí, por el Sur, también existen vestigios de la realidad más científica del mundo, esa que asevera que venimos del mono, a mi juicio, unos más que otros.
    Recuerdo cuando era un chaval, y protestaba a mis padres porque todos los días le aguantaba la puerta al mendrugo del noveno y éste, impávido, con paso borbónico, oteando el ABC, traspasaba las puertas del umbral de mi bloque de pisos, con el tronco erguido y el gollete invertido, sin ni siquiera una mirada de reojo y por supuesto, sin un gélido saludo, y mis padres me decían;”Lo de menos es que el no te salude, lo importante para tu vida es que ante el desprecio siempre debemos ser considerados y no nos cuesta dinero seguir saludándolo”.
    He de decir, que esas palabras de mi madre me sirvieron para varias cosas, para formarme como persona, para identificarme como ser social (eso lo entiendo ahora) y para identificar a los estúpidos y engreídos que vinieron a un mundo que no supieron entender porque si algo es importante en esta vida que nos ha tocado es vivir en sociedad, respetar los iconos y valores que hacen posible que evolucionemos y no nos quedemos en monos, como quedó mi vecino el del noveno y tantos y tantos animales de bellota que campan a sus anchas, a dos patas, por las calles de la vida.
    Saludos

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  2. Hace muchos, muchos años…
    Un camarero a mi abuela:
    – No sé por qué me da las gracias, si total me lo va a tener que pagar.
    Mi abuela al camarero:
    – ¿No sabe por qué? Pues ya se lo digo yo: por educación.

    Yo también ‘hablo sola’ en las tiendas, en los ascensores… comparto paraguas con desconocidos, cedo mi asiento en el autobús y, en el supermercado me agacho a recoger cosas que otro ha tirado delante de mí.

    Claro que, con la edad, también me he vuelto un pelín más…intransigente. El otro día, sin ir más lejos, ‘perseguí’ por la calle a un abuelo que acababa de tirar el envoltorio de una golosina de su nieto al suelo; cuando lo alcancé le devolví el cacho’plástico y le dije (sonriendo, que conste):
    -Disculpe, caballero, se le ha caído esto al suelo.

    Mi abuela creó un monstruo…

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  3. Feliz Navidad Jose Ramón, lo primero.
    ¡Como me he identificado contigo! yo tambien frecuento una piscina climatizada en León, y cuando entro en los vestuiarios “solia” decir buenos días y adios al irme ..pero ya perdí esta civilizada costumbre, porque nadie me respondía nunca, pero después de leer tu post ¡voy a retomarla!¡ caray! tienes toda la razón. Hay que dar ejemplo con nuetras acciones, si es que creemos en algo, y la cortesía y las buenas maneras no deberíamos perderlas nunca. Como decía Gandhi “se tu el ejemplo que quieres ver en el mundo”. Un abrazo cazurrin

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  4. Estimado Sr. Chaves:
    Le felicito por tan buenos y entretenidos artículos y comentarios. Es un placer leerlos. Tiene usted una buena prosa y sus argumentos siempre enriquecen a este humilde lector que suele leerle.
    Pues que sepa que yo también soy de los que suele dar los buenos días o las buenas tardes, y efectivamente a veces no nos responde nadie. No importa. Sigamos siendo educados y sigamos actuando con cortesía, que no cuesta dinero. Hay que actuar con educación, y seguir dando los buenos días de manera amable…, en la piscina, en el bar, en la oficina, en el ascensor…, porque suele decirse, además, que nunca sabemos quién nos puede estar observando.
    Gracias por sus amenos artículos.
    Un saludo.

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  5. A mi me pasa lo mismo cuando voy a la piscina de ese club privado al que te refieres. Nadie me saluda aunque yo sí lo hago. Lo peor fue cuando un día, cociéndome en la sauna, se me ocurrió reconvenir con delicadeza a un socio -de ilustre apellido ovetense y miembro de la carrera Fiscal- porque se estaba afeitando en la sauna, algo absolutamente prohibido y advertido con carteles. Tan sólo obtuve como respuesta una mirada de desprecio y un ” vete a la mierda” muy elegante. Así que vamos a esperar, admirado José Ramón.

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