Juventud, divino tesoro

Adolescentes en libertad vigilada

IMG_0498En este verano me enfrento a la labor de negociación con un hijo adolescente de quince años donde colisiona mi papel de padre con el de la floreciente personalidad que intenta abrirse paso en esa ciénaga que llamamos “vida”. Nada fácil.

1. La relación paterno-filial discurre plácidamente si cada uno nos dedicamos en nuestro tiempo veraniego a hacer lo que nos place. Algo así como los Estados cuando cuentan con un “pacto de no agresión” o bajo ese principio de “No inherencia en asuntos internos”.

También es cierto que no hay muchas ocasiones para abrazos u encontronazos dado que su horario de entrada y salida viene marcado por las horas de almuerzo y de sueño, puesto que el resto del tiempo toma su bicicleta y se va con sus “amigos” (¡todavía, menos mal!, ya que reivindica un ciclomotor que ha recibido por respuesta el críptico “ Ya veremos”).

2. El conflicto brota cuando trato de implicarle en colaborar en tareas domésticas de alta complejidad, tales como tirar la basura al contenedor a un centenar de metros, llenar unas botellas de agua en la fuente del pueblo, etc.

O de fijarle ciertos hábitos que considero saludables: levantarse antes de las once de la mañana u ordenar su habitación, por ejemplo.

O que rentabilice su tiempo aprendiendo algo nuevo: que lea algún libro dejando aparcado el móvil/ whatsapp; que me acompañe mientras reparo su bicicleta o la mesa de ping-pong para aprender la técnica; o sencillamente que escuche un podcast sobre historia de la ciencia o cualquier materia formativa.

3. Su argumentario de oposición a mis órdenes o sugerencias, es simple pero sólido: primero, cumplí sobradamente en materia académica (cierto: notas excelentes y sin ayuda); segundo, tengo quince años y tengo derecho a divertirme, acompañado del  mantra “mis amigos hacen lo que yo”. En cambio, el tercer argumento que emplea es sumamente débil: “ No tengo tiempo”.

El jovencito
El jovencito

4. Frente a este rompeolas se estrellan mis argumentos trillados: “Es por tu bien”, “ Todos colaboran”, “No quiero que te arrepientas en el futuro”, “ No es un castigo sino una oportunidad para ti”, “ Haz el esfuerzo de recordar lo que todos hacemos por ti y haz la lista de las únicas cosas que tú haces…”; “ No me obligues a adoptar contigo idéntica actitud colaborativa que tú conmigo”, etc.

Es cierto que el triunfo está en mis manos porque “tengo ofertas/penalizaciones que no puede rechazar”, poco elegantes pero efectivas, ya que encierran veladas o reveladas amenazas: “ Pues no sales”, “ No hay dinero”, “No te reparo la rueda pinchada”, “No llevo a tus amigos a la fiesta del pueblo lejano”, etc.

Pero me esfuerzo en intentar superar el viejo y cómodo jaque mate: “Porque lo digo yo”, acudiendo  a unas jugadas estratégicas consistentes en escucharle, explicarle y argumentarle.

5. Ahí estoy. En esa encrucijada en que buscas la complicidad con tu hijo pero también percibes su personalidad, que tiene legítimo derecho a aflorar y expresarse. Ya no es el bebé indefenso. Tampoco el niño dependiente.

Es otra persona con su propio rumbo y personalidad, que no solo tiene las hormonas alteradas sino que es mas alto que yo y además listo el condenado, además de educado. ¡Caray!

Y así me veo, pensando en que punto de mi vida estoy y en qué difícil es manejar estas situaciones. En mi fuero interno reconozco que yo mismo actué del mismo modo: forzando situaciones, planteando pulsos con mis padres, tomándome libertades y refugiándome por entonces en el socorrido grito del patito Calimero: “Soy un incomprendido”.

6. No es cuestión de manuales ni libros de autoayuda. Mas bien creo que se trata de hacer un esfuerzo por escuchar y hablar, recíprocamente.rumbo

También hay que tener muy presentes las palabras del controvertido psiquiatra Tomas Szasz (quien fuere azote de su propia disciplina por considerarla del mismo nivel científico que “la alquimia o la astrología” en su obra El Segundo Pecado:

Un niño se hace adulto cuando se da cuenta que tiene derecho no solo a tener razón, sino también a estar en un error”.

Por eso, el argumento mas contundente que un adolescente puede ofrecernos para obligarnos a enmudecer es: “ Tengo derecho a equivocarme por mí mismo, e incluso a no cometer los mismos errores que mis padres”.

Y eso que es un chico estupendo. Se trata de que no cambie, o que mejore, y lo triste es que no hay maneras de tener garantías. Los adolescentes son como las pastillas de jabón: si apretamos saltan lejos de nosotros; si aflojamos se nos caen y pierden.

adolescentes7. En fin, lo dicho no pretende sentar dogma alguno (aunque ya me ocupé de la “educación de los adolescentes” en otro post) sino sencillamente servir de desahogo a un padre que ve como su hijo comienza a salir a las fiestas de los pueblos, a tontear con chicas, a cambiarle la voz y a utilizar expresiones malsonantes, en edad crítica y en tiempos de “botellón y frivolidad”. Sin embargo, es un período que por “ley de vida” ha de superar como el sarampión. Y creo que de momento queda vacunado, pero la zozobra no me la quita nadie.

Al igual que yo hice mi lista personal de las cuarenta cosas que la vida me ha enseñado en mis últimos treinta años, quizá los adolescentes tienen que comenzar su propio listado con sus propias experiencias.

Desde la Bañeza… os deseo buenas vacaciones

3 comentarios

  1. Buenas tardes lectores de Vivo y Coleando. Desde un rincón del Norte, entre nubes y viento suave, pienso, al leerte, Jose, que siento la necesidad de ser ese adolescente locuelo que juega al futbolín en estas noches de verano, y que mañana, seguro, entre los pliegues del sueño de las edades compartidas, recordaré cada gol, cada mirada picara, cada roce voluntario, cada estrella…Hoy quiero ser el, y ella, y pasearme otra vez, por el limite hermoso y suave, de las sensaciones que solo este verano les dejaran: a verbenas y risas, a meriendas sin ganas y calor en los labios…a manos entrelazadas antes de la despedida. Hoy no quiero ser progenitor, hoy quieto ser adolescente. …Gracias por recordármelo!!!

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