Claves para ser feliz Reflexiones vigorizantes

Valorar lo que se tiene

A estas alturas de la vida, suelo simplificar la masa de personalidades entre optimistas y pesimistas, o si se quiere, con la clásica diferencia entre los que ven la botella medio llena y los que la ven medio vacía. Claro que siempre he pensado que la cómoda imagen no se ajusta a la riqueza de situaciones y condición humana, pues hay personas que no son capaces de ver la botella ni de plantearse donde encontrar más botellas cuando se agote, sin olvidar que la franja inmensa solemos verla llena o vacía con otros porcentajes, dos tercios, el noventa por ciento, etcétera.

Sin embargo, apartando esa botella, la clasificación que más me agrada, más sencilla y plástica, es la de distinguir entre personas que les gusta construir castillos de arena y personas que les gusta destruirlos ( dejando aparte claro está a las personas que les resultan indiferentes).

 Así, el que ha construido el castillo de arena, si ve destruido su castillo, puede volver a construir otro, o enfrentarse al provocador. Y éste puede persistir en su actitud y encararse al constructor de castillos. La espiral de enardecimiento es impronosticable pero con funestas consecuencias para ambos.

La actitud a mi juicio correcta por parte de quien construye sus castillos de buena fe y laboriosidad, es la estoica. Aprender del incidente. 

Podemos sentirnos felices y tranquilos con haber culminado nuestra obra. Nuestro trabajo tuvo su esfuerzo.

Debemos percatarnos que si nos encontrásemos el castillo destruido, sin ningún autor flagrante o confeso a la vista, deberíamos sopesar que se hubiese destruido por las olas del mar, por la fuerza del viento, por algún niño inocente, o sencillamente que se hubiese desmoronado por falta de consistencia. En todas estas hipótesis nuestra actitud sería de lástima pero sin angustiarnos ni cabrearnos. Seguiríamos nuestro rumbo con tranquilidad de ánimo. Por eso, si identificásemos a alguien como el malvado responsable del desaguisado, no podemos caer en la trampa de darle la alegría añadida, y sumar estragos al daño, consistentes en nuestro cabreo, en nuestro malestar, en nuestro afán de vénganla y furia. No.

No somos dueños de la realidad ni de los actos ajenos, pero sí lo somos de nuestros sentimientos, y tras la emoción de la sorpresa desagradable, nuestro sentimiento es nuestro.

Esta reflexión se me despertaba visitando la Acrópolis de Atenas, al recordar la serenidad de Sócrates al ser condenado por el Tribunal de manera injusta, quien recordó a sus jueces que nadie puede hacer mal a un hombre de bien, y que ellos tendrían que vivir con la injusticia de haberle condenado.No rogó, no insultó, no les dio a sus verdugos la satisfacción del sufrimiento del condenado.

También me ha ofrecido Atenas la valiosa enseñanza de ser consciente de lo que se tiene sin esperar a perderlo, pues un simple paseo por la zona central de la ciudad me ha mostrado un hormiguero de turistas felices, tabernas y restaurantes vivos, comercios exhibiendo su oferta, y monumentos admirables ( la Acrópolis y el Museo Arqueológico Nacional justifican el más penoso peregrinaje), pero también estampas caóticas que te sacudían el corazón: suciedad incontrolada, pavimento descuidado, mendicidad con menores, drogadictos tirados en esquinas, griterío entre vecinos, tráfico endemoniado donde aceras y vías rodadas se confunden o no se respetan con pasos de peatones donde los peatones no ven los pasos, deterioro urbano, etcétera. Quizá no todo Atenas sea igual, pero la zona centro y el Pireo me ofrecieron esa lamentable visión. Una imagen de un pueblo que vive del pasado. Los griegos son un pueblo abierto, cálido y amable, pero me temo que su organización cívica es manifiestamente mejorable.

Por eso, de este viaje no solo me llevaré fotos y folletos. Me llevaré imágenes en la retina que se alojarán en el cerebro, y me ayudarán a valorar más lo que tengo en mi entorno, en mi aldea vital, allá en el Oviedo de mi España. Es cierto que eso también existe en las grandes ciudades españolas, e incluso en los barrios de las pequeñas, pero me temo que siendo iguales los defectos, al decir de Orwell “unos son más iguales que otros”. Con eso, me sentiré feliz de retornar a mi nicho existencial astur, en breve (si lo consigo, por cierto ,dado el papeleo, certificados, declaraciones y pruebas que hay que presentar para salir de Grecia y entrar en España).

En todo caso, ha sido una gran enseñanza para mis hijos, que valoran mucho más la calidad de vida de la que disfrutaban y que antes de este pequeño viaje vacacional, no sabían apreciar ni agradecer. Creo que ahora valorarán más los castillos de arena que construyan y no destruirán los ajenos. Conocer las emociones es dominarlas. Es importante percibir que una crisis económica y una crisis sanitaria mal gestionadas – personal y colectivamente- pueden devolver a la Edad de Piedra a una sociedad avanzada. Por eso, las experiencias enriquecen las perspectivas, al menos las de este padre y sus tres hijos en estos escasos días de vacaciones.

Debemos conocernos mejor, lo que somos y lo que tenemos, y afrontar crisis y desafíos. Así, nada ni nadie nos obligará a sentirnos mal. Si perdemos la perspectiva, convertiremos lo malo en peor.

1 comentario

  1. La perspectiva permite el juicio, la comparación, la reflexión -Sartre-. De esa manera somos más lúcidos y vemos al mundo transparente. Si, además, lo hacemos con ocasión de un viaje a la vieja Atenas y acompañados de nuestra familia, mejor que mejor.

    La pandemia, en palabras de la gran poetisa rumana Ana Blandiana, ha sido un examen global al que hemos sido sometidos y que hemos suspendido. Fue, y sigue siendo, un sufrimiento del que podríamos haber salido siendo mejores. Pero…ha sido justo al contrario. Como humanidad tenemos niebla en el alma y hielo en el corazón. Seguimos perdidos, eternamente divididos, enfermos -de estupidez, egoísmo y codicia- e incapaces de descifrar nuestra propia ecuación. Esa que incluye como magnitudes obligadas (hoy a la fuga), entre otras, a la magnanimidad, el desprendimiento, el auxilio incondicional -para salvar vidas-, la responsabilidad, el sacrificio, la solidaridad -el compartir vacunas entre todos-, la misericordia y la compasión.

    Cuídense y sean prudentes. Vuelvan sanos, vuelvan enteros y, sobre todo, vuelvan bien.

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