Claves para ser feliz

Cuidemos la valiosa imaginación

Veo la reciente disputa o carrera entre la tecnología china y la estadounidense sobre los chatbot de inteligencia artificial (programas informático de respuestas a la carta). Parece ser que China ha lanzado DeepSeek, un modelo de inteligencia artificial o chatboot que competirá con la aplicación americana GPChat, y que tiene respuesta para todo, a bajo precio y eficiente, y además en Código abierto, lo que ha despertado la queja y envidia estadounidense, además de fuertes sacudidas en la bolsa de las empresas del sector.

Estados Unidos acusa a China de basarse en ideas y tecnología americana (el código de OpenAI), lo que no deja de ser un burdo lamento porque la ciencia no es provinciana, y como decía Isaac Newton «Si he logrado ver más lejos ha sido porque he subido a hombros de gigantes», refiriéndose a que sus enunciados de leyes físicas debían mucho a las generaciones de científicos anteriores. Por eso, me gustaría que China replicase a Estados Unidos que el papel o la pólvora se lo deben al país oriental, y eso sí que son la base tanto del avance científico como paradójicamente, del bélico de todo el mundo.

Sin embargo, esa carrera por ofrecer productos que en vez de aumentar “el bienestar” tienden a incrementar “la pereza intelectual”, me resulta inquietante.

Entiendo este frenesí de avances tecnológicos para ofrecer más y más al consumidor, en línea con lo que alertaba el zoólogo austriaco KONRAD LORENZ («Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada», 1963) pues constababa que la sociedad actual sufre la “muerte térmica de los sentimientos” pues el ciudadano busca cada vez estímulos más fuertes de placer y a la vez, se vuelve más sensible ante lo que representa “no placer”.

La búsqueda de más y mayores sensaciones placenteras se expresa en la conducta consumista, que lleva al cambio de indumentaria, de vehículo, de lugar de veraneo, de pareja, que tan bien saben aprovechar los fabricantes de mercancías de consumo (el ejemplo típico es el afán por el iphone último modelo, siguiendo dócilmente el reclamo de la empresa), o por conseguir aplicaciones informáticas con más respuestas para esforzarse menos.

Y la mayor sensibilidad ante el dolor o “no placer” se manifiesta, por ejemplo, en que ante el más mínimo dolor acudimos a medicamentos u hospitales, y ante un pequeño contratiempo en el objeto comprado o servicio prestado, nos volvemos leones reclamando (muchos recordamos a nuestros abuelos que aguantaban dolores y fiebres sin más medicamento ni médico que la resistencia personal, o que les costaba perder el apego por la vieja silla o el viejo coche).

De este modo, cada vez somos focos de emociones con mayor intensidad, con la secuela de sentimientos correlativos, y nos volvemos intolerantes ante cualquier contratiempo. O en otras palabras, somos juguete de los mercados y la competencia.

Pero más allá de esa carrera hacia tecnologías que intentan alimentar nuestro insaciable afán de placer (se ve que los descubrimientos de continentes se han agotado y la tecnología tiene horizonte inagotable), me temo que estamos avanzando hacia un modelo en que la pereza intelectual provocará la atrofia de alguna de las habilidades esenciales del ser humano.

No solo es que estos Chatbots acaban con los diccionarios, la memoria de datos personal y la labor investigadora artesanal de respuestas, sino que estos «respondones tecnológicos» son la guinda que faltaba en una tarta envenenada.

Veamos los síntomas de esta indigestión que sufre la sociedad actual traga sin rechistar:

  • Veo que los libros y películas con sus historias son un consumo en retroceso porque se quiere algo breve y además de disfrute rápido.
  • Percibo que disminuyen los que acuden físicamente a teatros, espectáculos y conferencias, porque desde el sofá con una buena aplicación o por internet se accede a placeres más cómodamente, de manera que el público se convierte en dueño de la obra artística (puede verlo cuando quiere o apagarlo).
  • Noto que lo que eran grandes clásicos del arte, la música o la literatura, están siendo suplantados por lo efímero y superficial, pasando aquéllos a ser una referencia como los dinosaurios, de los que pocos saben más que posiblemente se extinguieron por un meteorito.

Pero lo más grave a mi juicio, radica en que los niños se crían en entornos tecnológicos que no alimentan la creatividad, pues hasta en sillitas de bebé tienen su móvil de juguete. La generación que me precedió se educaba leyendo; la mía contó con la distracción de la televisión que incorporaba el estímulo visual. La actual sitúa a los niños en un entorno donde la memoria se inhibe, se ofrece todo lo que se puede ofrecer y la atención sostenida del niño es imposible. Me gusta la imagen del estadounidense NICHOLAS GEORGE CARR (“¿Está Google haciéndonos estúpidos?”, The Atlantic, 2008) cuando resalta la diferencia entre el buceo y el esquí acuático. Considera que leer un libro es como bucear en un entorno tranquilo, visualmente concentrado, con movimiento lento y pocas distracciones. Eso requiere concentración y pensar sobre la información limitada que tenemos disponible y jugar con la imaginación sobre lo que nos espera. Por el contrario, utilizar Internet es como practicar esquí acuático; nos movemos a lo largo de la superficie a gran velocidad, con una visión tan amplia que nos impide focalizar, rodeados de muchas distracciones y entregados al vistazo pero no a la concentración.

La serie «Black Mirror» (Netflix) recrea el mundo tecnológico que se nos avecina llevando al extremo las hipótesis de avances. Nos parecen situaciones aventuradas a los ciudadanos del presente, pero creo que van en la dirección acertada y se quedan cortas: máquinas que toman decisiones por sí mismas, algoritmos que deciden todo por nosotros, coches sin conductor, objetos interconectados que se comunican entre sí, no hay intimidad ni reserva en un mundo cuajado de inteligencia artificial…

Aunque cada episodio es diferente, el telón de fondo es una sociedad donde existe el mínimo esfuerzo, y paradójicamente se aspira a las mayores ansias de placer, de manera que todo está al alcance de la tecla o de la mente donde un chip implantado “hace el trabajo sucio de pensar”.

Eso me alarma. Si avanzamos hacia un mundo donde se mezcla la realidad “real” y la realidad “virtual”, en que ambas se experimentan como reales, y en que no tendremos que usar la imaginación para resolver problemas porque nos vienen resueltos… ¿Qué clase de ser humano estamos creando?¿El que tendrá atrofiada la imaginación por falta de uso?, ¿el que será sustituido lenta pero inexorablemente por la inteligencia artificial, que tejerá unas redes de araña de Big Data, e-learning e IA, en las que los seres humanos seremos mosquitos atrapados?

No quiero ser fatalista ni apocalíptico, pero me preocupa este derrotero que está minando, recortando y oxidando la imaginación. Las nueve musas griegas que inspiraban ideas han sido sustituidas por buscadores en pantallitas y teclas. La receta de FAULKNER para los escritores vale para realizarse como ser humano, con criterio: «Un escritor necesita tres cosas: la experiencia, la observación y la imaginación…”.

La formación humanística nos permitía aprender historias, constatar principios y valores, percibir las fuerzas naturales y humanas, zambullirnos en la cultura, y sobre esa mole de conocimiento que se nos legaba, y a las que accedíamos como mineros al preciado mineral, con el pico de la imaginación y la pala de la memoria, forjábamos criterio y avizorábamos soluciones. Con las nuevas tecnologías será fácil decidir a quien poco sabe y no quiere salir de los muros de cuatro ideas (porque ya la tecnología alberga y facilita toda la información o ideas que necesite), pero subsistirá con el riesgo alertado por LEONARDO DA VINCI de que “Quien piensa poco, yerra mucho”.

El problema es que la sociedad que se está acostumbrando a usar la inteligencia artificial en vez de la inteligencia natural, y tendrá recortadas las alas de la imaginación, por lo que no será capaz de ver hacia donde vamos… Quizá estamos entrando en un túnel de innovación y tecnológica del “sálvese quien pueda”…

P.D. Eso sí, mucho chatbot e inteligencia artificial y mundos virtuales, pero el dolor muscular y articulaciones que sufro y me ralentiza para escribir esto, no hay tecnología que lo conjure y elimine. Se ve, que «Soy humano, demasiado humano», y la tecnología no tiene todas las respuestas, aunque inmerso en episodios dolorosos me he preguntado estos días si no seré un personaje virtual experimental… y si no lo fuese, me gustaría serlo para gritar: ¡stop!, ¡game over!


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1 comentario

  1. Bravo! como siempre tus reflexiones son muy acertadas, reales, maravillosamente narradas y ciertas, ojalá que los pronósticos relatados no se cumplan en toda su extensión.

    Graciaw

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