
He salido a pasear por el campo agreste con mi perro (un pastor belga tan precioso como tozudo) y he constatado una vez más, que no soy yo quien le pasea, sino que es él quien me pasea a mí, pues va remolcándome por caminos y veredas, mientras a duras penas busco fórmulas para frenarle o torcerle el rumbo. Al final, creo que consigo demostrarle quien manda…: ¡Él!
Lo sé, lo sé. Está malcriado y yo soy el responsable. Pero no es hora de buscar culpables sino de reflexionar. Lo digo porque en nuestra sociedad es más frecuente de lo que suponemos que nuestro rumbo vital sea marcado o manipulado por alguien cuyo cerebro es tan modesto, que si lo encontrase un arqueólogo del futuro, se asombraría de hallar un neanderthal datado en el siglo XXI.
Es el fenómeno del flautista de Hamelin, al que seguían niños y ratones. Hoy día escuchamos a un profesor, un líder, un político o un ídolo mediático (influencer) y ajustamos nuestro modo de pensar a lo que dice o sugiere. El problema no es asumirlo sino hacerlo acríticamente.
Lo importante es que nos creemos libres de pensamiento y obra, pero realmente no lo somos. Estamos dispuestos a asumir el planteamiento de quien admiramos, de quien nos anima con dulces melodías, de quien va de autoridad o gurú por la vida, o de quien nos beneficia. No digamos cuando una idea va sostenida por un grupo. Nada malo hay en escuchar y aprender de otros, pero lo realmente nocivo es que se trata de una recepción a la ligera. El problema se agrava porque, una vez que nos hemos alineado y encasillado con un planteamiento, luego lo sostenemos contra viento y marea. Y lo hacemos porque nos horroriza reconocer que estábamos equivocados.
Personalmente intento someter al filtro de la razón (admitiendo que realmente aglutina reglas lógicas, experiencias y como no, prejuicios) todo lo que se me sirve enlatado en discurso o idea luminosa, sobre todo si se me presiona para que lo asuma. Mi instinto de mula asturiana, se resiste a la ruta que le marcan los vendedores de seguros, eléctricas, telefonía… y de ideas.

Sin embargo, a diferencia de la mula, que llega a morder y cocear, opto por escuchar, sonreír o poner “cara de circunstancias” (vamos, de la circunstancia de que lo que me dicen es una necedad). Pero no insisto en convencer al predicador o fanático. Cuento esto por un sencillo suceso de hace unas horas.
Hablando de la lotería navideña, una mujer ya talludita a quien aprecio muchísimo me cuenta con gran vehemencia que hace tres años le tocó en la lotería una pequeña cantidad (cien euros) y que cuando su hijo fue a cobrarlo, el encargado de la administración de loterías le dijo que no estaba premiado, pero su hijo protestó porque sabía que el número estaba realmente premiado. Así y todo, el lotero no quiso pagarlo y su hijo enojado lo rompió y tiró.
Le comenté suavemente que quizá habían cometido el error al consultar el número, que a veces sucede que uno ve el número que quiere ver, que quizá no consultaron el listado oficial, etcétera. Pero no, insistía en que había visto el número premiado con sus propios ojos en la lista oficial de loterías y que el lotero era un sinvergüenza y que les había robado.
Le comenté que dudaba que el lotero estuviera equivocado porque era su trabajo, y no ganaba nada si el billete se había roto, y que si engañaba a un cliente se jugaba una fuerte sanción.
Pero nada, erre que erre, mi amiga ya tenía condenado al lotero.
Entonces le pregunté por qué su hijo no había denunciado al lotero o por qué no había ido a otra administración de lotería a cobrarlo, y me dijo que porque no se le había ocurrido, pero que el lotero era un canalla.

Cambie de tema. Y cambié de tema porque supongo que igual que usted, amable lector, habrá actuado como lo haría Hércules Poirot, el detective de la novelista Agatha Christie, y se habrá preguntado: ¿Qui prodest? (o sea, ¿a quién beneficia el suceso?) y después habrá acudido al célebre argumento científico de Ockham (del monje del siglo XIV, Guilermo de Ockham), conocido como la navaja de Ockham por la sencillez con que resuelve los problemas y que consiste en caso de duda, por optar por la explicación más simple, sin buscar hipótesis complejas o poco probables. Bajo este criterio, por mi parte, llegué a mi íntima conclusión: si la madre jura que lo comprobó repetidas veces, y el lotero tiene una carga de responsabilidad inmensa en su labor, el eslabón débil es su hijo, y si además éste no actuó bajo la elemental lógica de buscar otra administración para cobrarlo sino que dice que lo rompió, la luz se hace. Blanco y en botella: el picaruelo veinteañero cobró los cien euros, se los quedó y le contó una milonga a su madre.
En este punto, comprenderá el lector que pese a que se me decía una versión de unos hechos que desembocaban en cuestionar la profesionalidad de una persona y del gremio de loterías, opté por callarme y no seguir discutiendo en su defensa… ¿por qué razón? porque una madre no cuestiona normalmente a sus hijos, nada la cambiaría de idea, y yo no ganaría nada discutiendo sobre ello pero perdería una amiga. Además sería cruel incomodarla, sencillamente para complacer mi propio ego sobre tener razón.
En fin, que cuando alguien nos intenta pasear por su territorio de verdades y creencias, discutamos lo justo para poder cruzar las posiciones, pues hay que escuchar, pero no nos enfanguemos en prolongar el debate para intentar convencer a quien no está dispuesto a consentirlo. No debemos olvidar que cuando se discute, llega un momento en que el inteligente piensa en por qué está ahí y aguanta ese rollo, mientras que el tonto desea quedarse más dándole vueltas a su verdad.

Lo dicho resulta especialmente aplicable a esa jungla que son las redes sociales, donde se lanzan opiniones a todo el que pasa por ahí, con bombardeo de trivialidades, necedades u ocurrencias, pues si a alguien no le gustan, si replica, se expone a sufrir flechas y puñaladas de todos lados, y la jauría de lectores acudirán a lapidar a quien les plazca. Y ello, porque se olvida la sabia máxima de origen bíblico: “Tuitea a otros como quieres que te tuiteen a ti” y “no digas a los demás lo que no te gustaría que te dijesen”.
En definitiva, la herramienta de oro para la paz es saber decir «Te comprendo» o «Te entiendo», frunciendo los labios acto seguido, en vez de “No estoy de acuerdo”. Verá que grandes beneficios tiene esta sencilla técnica, aunque debo reconocer que lo he intentado infructuosamente con mi perro.
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Una cosa es dejarnos pasear por nuestro perro y someternos a su alegre, cariñosa -aunque incontrolable- y siempre leal tutela. Y otra, muy distinta, dejarnos manejar por los actuales trovadores de la realidad (políticos, medios, redes sociales, youtubers, publicidad, bancos, grandes compañías,…) que, con naturalidad y desvergüenza, cantan una ficción falaz, interesada y desafinada de la misma. Frente a éstos nada mejor que seguir los hábitos del mejor amigo del hombre: 1. dejar bien marcado el territorio de nuestra privacidad; 2. gruñir, sacar los dientes y/o ladrar como señal de advertencia; y 3. de producirse la invasión morder “simbólicamente” al extraño y expulsarlo.
El ciudadano, antes conocido como ser humano, solo si desarrolla su racionalidad y cultiva sus valores y sentido crítico de forma activa puede sobrevivir como tal en la sociedad actual. Pero con un matiz añadido Sin que por ello tenga que perder y desprenderse de su naturaleza o instinto animal de autoprotección y subsistencia, aunque tenga que encauzarlos. Porque, desengañémonos, frente al bombardeo diario de manipulación, engaño y mentira y al intento constante de llevarnos por caminos ajenos y su indeseado efecto provocador de desasosiego, tensión, peligro o daño, poco se puede hacer. Pues se trata de cargas obligadas impuestas por la letra pequeña del vivir en sociedad. Salvo el defendernos por nosotros mismos.
P.D. Alguien dijo que los perros eran sus personas favoritas. No sé si exageraba, pero ya quisiera yo tener sus virtudes y poder gozar -si tuviera espacio- de su compañía. Alguien dijo también que con un perro nunca te quedas sin temas para escribir. Este artículo y la indisimulada sonrisa -abierta, gozosa y divertida- del “paseado”, lo confirman.
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