Lecturas y libros

Leer no mata, pero engorda… la mente

El otro día me dijeron con buena fe pero con preocupación, que “si lees tanto te volverás loco como don Quijote”. Me sentí como si me hubiesen dicho “si piensas mucho te volverás loco, como Nietzsche”. Pero realmente, se trataba de una crítica tan dura en intención como débil en eficacia.

Es cierto que la lectura excesiva puede ser patológica en casos excepcionales.

  • El caso de quien lee obsesivamente, sacrificando tiempo y energías y postergando una mínima dedicación a las cosas que dan sentido a la vida (alma, familia, naturaleza,etcétera) eso que es vivir.
  • El caso de quien lee libros cargados de negatividad, sombras o maldad (que los hay), perturbadores y horripilantes, de quienes disfrutan con viajes al inframundo de lo peor de la condición humana ( pienso que cada uno es muy libre de leer lo que le plazca pero también conozco obras cuyos lectores tendrían que «hacérselo mirar»).
  • El de quien empatiza demasiado con un héroe, protagonista o personaje ficticio, hasta el punto de que el arrebatado lector confunde realidad y ficción,  o aviva expectativas poco realistas o prejuicios (caso del asesino de John Lennon, con la obra de El Guardián en el Centeno, de Salinger).

  Estos supuestos son anecdóticos, pues los mayores riesgos reales de la lectura, que sufro personalmente, son los dolorcillos del cuello por la posición atenta de lector o la distracción al entorno circundante por concentración.

Con razón decía Ortega y Gasset que la vida no es vivir, ni sobrevivir,  sino “decidir”, o sea «ejercer nuestra libertad para decidir lo que somos y queremos ser». El tiempo que de infantes y jóvenes se nos presentaba infinito, con la edad se vuelve escaso y admite uso alternativo. Tenemos la importante decisión de en qué utilizarlo: si hablar o callar, pasear o bailar, leer o jugar, aprender matemáticas o tibetano, cazar moscas o investigar, pedalear o cantar, etcétera.

 Y la verdad, volviendo a Don Quijote, creo que más loco es el que no lee nada y vive en su mundo cerrado, que el que lee mucho y sabe que hay otras vidas, experiencias y razones sobre el mundo. Entiendo que  mayor riesgo de locura, o más bien de estupidez o necedad, amenaza a quien emplea el tiempo en actividades con la mente aletargada (en permanente stand-by) o quien se deja llevar por una pantalla de modernos artilugios, que le hipnotiza con juegos ridículos o paraísos artificiales, olvidando levantar la vista y sentir la vida por los poros y con las luces de la razón.

El otro día, al salir de mi sesión de la piscina, donde nado moderada y periódicamente ( la periodicidad puede ser mensual, pero eso no importa), y siendo compatible con la lectura, por aquello de “mens sana in corpore sano”, observé gratamente sorprendido, que alguien de mi edad estaba sentado en un banco y enfrascado en la lectura…¡ de un libro! No era un extraterrestre ni un autómata, ni una escultura «al lector desconocido». El atento lector, levantó la vista y constaté que era un viejo amigo, lo que me congratuló enormemente, porque ambos nos sentimos una especie en extinción ya que además del afecto nos une este ritual de la lectura por el placer de leer.

En fin, que leo y seguiré haciéndolo mientras no lo prohíban ( o fijen impuestos prohibitivos, pues la ocurrencias políticas no tienen límite) No hago mal a nadie y todo son beneficios. Eso sí, no se trata de leer compulsivamente, ni de empeñarse en aprender lo leído como si fuese un trabajo o cosas objeto de examen, sino de dejarse llevar por la lectura, como quien se deja acariciar por la brisa o admira una noche estrellada. Se trata de disfrutar con la lectura de una historia o un ensayo, para sentirse mejor, para evadirse de problemas, para buscar sentido y equilibrio en la vida, para encontrarse con uno mismo cuando no nos reconocemos…

 Un libro adecuado es un excelente psiquiatra que no cobra, un sencillo calmante sin efectos secundarios y un amigo que siempre está ahí, cuando lo necesitamos sin protestar, abierto de par en par para ofrecernos su contenido a demanda nuestra. En la conocida serie televisiva Friends decía su productor que se basaba en esa etapa joven de la vida en que “tus amigos son tu familia”, y me atrevo a decir que “los libros son parte de tu familia” (viven en tu casa, te escuchan, los escuchas, se pegan a ti, te acompañan y te enseñan…).

En definitiva, prefiero leer y valorar los libros que acompasar mi hábito con el de muchos jóvenes – y muchos adultos que antes eran jóvenes analfabetos literarios- que se parecen a los nativos de una tribu de Nueva Zelanda que no leen y que se limitan a llamar al libro “almeja” porque lo abren y lo cierran… o se tapan con él cuando llueve.

1 comentario

  1. El nacimiento de un hijo con espina bífida mieloforme (enfermedad incurable y muy incapacitante que obliga a continuos cuidados y al uso de silla de ruedas), hizo parar la vida de Pedro Pablo Sacristán obligándole a replanteársela. Solo tengo una vida, se decía, y quiero que valga la pena. Aunque la suya, hasta ese momento, había sido cómoda y segura, su visión y sentir del mundo -coincidente con la oficial- se demostró errónea y limitada. Fue entonces cuando le vino a la memoria esa afición tan suya de sembrar y cultivar valores en sus hijos a través de la creación de historias y la invención de cuentos. A partir de esa inclinación y tendencia natural, que sacaba a relucir su faceta más humana, creó Cuantopatía. Una modestísima empresa familiar que se dedica a escribir cuentos originales para formar personas y transmitir valores.

    Este que les reproduzco se refiere a nuestra protagonista de hoy, la lectura. Vehículo descontaminador de ignorancia, aislamiento y aburrimiento por el que viajan palabras -ordenadas por su autor- para contar historias y transmitir conocimiento, compañía y divertimento. Aunque va dirigido a niños, ¿no somos todos, en el fondo, unos niños…mayores?

    LAS PALABRAS VIAJERAS
    de Pedro Pablo Sacristán

    «La primera palabra que existió no sabía viajar. La pobre vivía sola, encerrada en una cabecita. Aparecieron más palabras, y tampoco sabían viajar. Hasta que un día conocieron una boca y le pidieron ayuda. La boca escogió a una y sopló con gran fuerza. Y aquel fue el primer viaje de una palabra, y la elegida fue “mamá”.

    Muchas otras palabras aprendieron a viajar así. Saltaban felices de las bocas a las orejas volando a través del aire. Pero pronto se dieron cuenta de que nunca llegaban muy lejos. Como mucho, con el mayor de los gritos y el viento a favor, algunos cientos de metros ¿Cómo iban a conocer así el mundo con lo grande que es?

    Pasaron años y años antes de que conocieran a unas chicas increíbles. Eran 27 amigas que se hacían llamar Letras, y se ofrecieron a vestir a cada palabra de forma distinta, para que al viajar se las reconociera fácilmente. Ellas no sabían volar por el aire, pero conocían al señor Lápiz, capaz de pintar cualquier cosa en cualquier sitio. Sin embargo, Lápiz nunca encontraba buenos lugares para que las palabras viajaran, y a menudo escribía sobre rocas y árboles que nadie podía mover, dejando a las palabras allí atrapadas para siempre.

    Y entonces, cuando las palabras estaban a punto de rendirse y aceptar que nunca podrían viajar lejos, conocieron al señor Papel. Era ligero y se movía rápido, pero aguantaba firme mucho más que el aire. Era la forma perfecta de viajar.

    Y así en el papel el lápiz escribió letras, que formaron palabras, que pudieron viajar al otro lado del mundo sin perderse. Y lo que en un principio solo había en la cabeza de unas personas pudo llegar a muchas otras a las que ni siquiera conocían, inventando una maravillosa forma de hacer viajar las palabras que cambiaría el mundo para siempre: la lectura».

    P.D. Aunque Borges afirmara, no sin razón, que el verbo leer como el amar o el soñar, no soporta el modo imperativo. Hay que leer para vivir -Flaubert-; hay que leer para saber que no estamos solos -W. Nicholson-; hay que leer para recuperar el placer de conversar en silencio -W.S. Landon-; hay que leer un libro para saber más, llegar más lejos y poder conservar la cultura -R. Bradbury-.

    Gracias, José Ramón, por alimentarnos y acompañarnos siempre con tu amena y variada lectura. Las bibliotecas -permanentemente abiertas y actualizadas- de tus Blogs salvan vidas, nutren mentes y dan compañía y alegría.

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