Claves para ser feliz

Paseando en libertad vigilada

 Ayer tocó pasear por los senderos del monte Naranco, por aquello de aprovechar el calor del sol y mover las piernas; me acompañó mi esposa, por aquello de que la buena compañía es antídoto contra el cansancio y el pesimismo.

 Particularmente, seguimos la ruta de la llamada “pista finlandesa” (supongo que en Helsinki tendrán la “pista asturiana”), y por ser una experiencia escasa en mi tráfago diario, la saboreé y valoré muchísimo (no en vano, pasear es respirar libertad). Un sucedáneo de lo que los japoneses llaman “Baño de bosque”. Con un poco de imaginación, es como pasear en un safari observando la naturaleza: pajarillos, árboles, plantas, setas, y extrañas especies a nuestro alrededor. Supongo que la fauna del bosque nos examina a los humanos con similar curiosidad, aunque ellos no invaden la ciudad como nosotros hacemos con su territorio.

En nuestro largo paseo, que comprendió el sendero oficial y otros caminos poco explorados, pudimos avistar varias especies exóticas: el homo resoplandi, que iba corriendo en chándal con una edad más propia de ver como otros corren, que la de emular a los bosquimanos persiguiendo gacelas al trote; la hembra fumigans, que fumaba sentada en una piedra con volutas propias de señales de humo a otras miembros de la tribu; una tribu urbana convertida en tribu rural, pues allí estaban cuatro muchachos con patinetes demostrando que se pueden divertir y hacer deporte, sin destrozar nada; numerosos discípulos de Lord Byron con muda compañía (“cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”); ciclistas que pudimos sortear cuando venían de frente, aunque más bien, por su velocidad vertiginosa, en el sorteo de cruzarnos con ellas, nos tocó sobrevivir; parejas caminando juntas físicamente, pero mentalmente cada uno con su cuerpo astral viajando al lado del interlocutor con quien hablaban por su móvil; y luego vi la especie más singular en un lado del sendero, en peligro de extinción, a la que procuramos aproximarnos sin hacer ruido, casi de puntillas… ¡¡Un anciano… leyendo un libro… en papel!! Sí…. La portada mostraba unas avionetas, así que no pude evitar cotillear el título… “Por quién doblan las campanas” de Ernest Hemingway.

Reanudando la marcha, me quedé recordando lo premonitorio para la población del mensaje del título de la novela, en la crisis epidémica que vivimos, pues Hemingway se inspiró en el poema del escritor inglés John Donne, del siglo XVI, cuya frase final es potente, conmovedora y oportuna con la que está cayendo:

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta,

porque me encuentro unido a toda la humanidad;

por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

Bien está tenerlo en cuenta.

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