Educación

Debatir con respeto : deber y virtud

angry-monkey-in-a-suit-graphic-art-print-on-canvasHoy día la libertad de expresión y la tolerancia nos lleva a que todos nos sentimos con derecho a decir lo primero que nos pase por la cabeza, caiga quien caiga, y en cualquier contexto.

   Algunos incluso no solo se creen con derecho a decir lo que piensan sino que encima se creen en la obligación de decirlo.

   El problema no es el tráfico de ideas. Conversar, participar y hablar es saludable; de hecho, Montaigne consideraba que la conversación es «el ejercicio más natural y fructífero para nuestra mente».

   Por eso hay cierto peligro en la tendencia creciente a hablar con las pantallas, a intercambiar imágenes o comunicarse por lacónicos mensajitos. No parece que sea un buen sendero que cada día hablemos más con máquinas para obtener servicios, prescindiendo del trato humano y el cálido cruce de palabras.

      También resulta preocupante cuando asistimos a un debate televisivo en que se cruzan amenazas e insultos, o cuando escuchamos discutir airados a forofos de equipos deportivos rivales, o cuando un académico o experto vilipendia a quien le discute con aire de perdonavidas. Y no digamos en esos ágapes familiares o de grupo social, cuando la pitanza y bebida alimenta la vehemencia en los debates y se dice lo que se quiere pero no se debía decir, o lo que se debe pero no se quería decir.

De ahí que el debate y la conversación que merezca tal nombre son la chispa que hace brotar ideas.

Sin embargo, la buena conversación se pervierte en determinados escenarios en que la libertad de expresión se convierte en atropello, arma arrojadiza o veneno.

Cuando quien la ejerce se cree en posesión de la verdad. Su opinión es dogma y da igual lo que aleguen los demás que seguirá erre que erre.

Cuando quien la ejerce es prisionero de prejuicios. Su opinión está lastrada por experiencias puntuales  o informaciones sesgadas, y no es capaz de salir de la caja y darse cuenta de la posibilidad de que sus propias premisas pueden estar equivocadas.

Cuando quien la ejerce lo hace desde el corazón, la emoción, el sentimiento o el resentimiento. No es mala la sensibilidad para apoyar las razones pero sí cuando las aplasta.man holds hand near ear listens carefully alphabet letters flyin

Cuando quien la ejerce lo hace bajo la influencia de bebidas, tensiones o malos momentos. Son palabras que escapan a la razón de su autor y una vez proferidas, como las bombas, es difícil de eliminar sus efectos.

Cuando quien la ejerce la rodea, de forma consciente o inconsciente, de intimidación. Es el caso del jefe que lanza una arenga a los empleados, o de quien aprovecha una supuesta situación de poder en la pareja o las circunstancias ventajosas; o el de quien grita, con mayor fuerza cuanto más se insiste en replicarle, sustituyendo decibelios por razones.

Cuando quien la ejerce no escucha. Va a lo suyo. Mientras el otro habla, el sigue esperando coger turno para insistir en su versión. O no espera respuesta siquiera.

Cuando quien la ejerce lo hace para demostrar su ingenio y potenciar su ego. Realmente es un monólogo que no quiere diálogo.

Cuando quien la ejerce ofrece su criterio con groserías y mal gusto. En ocasiones hay quien tiene sólidos argumentos pero quedan aplastados por su lenguaje soez, vulgar o sin respeto.  Ya comenté en su día que hablar sin groserías cuesta poco y rinde mucho.

   Hace poco, un comentarista del blog me exponía de forma sana y lúcida su parecer ante un encrespamiento entre los participantes, y sugería incluir un aviso para quienes no entienden lo que es un foro de debate, con luz y buena fe, y que podría aplicarse no solo a los blogs, sino a los foros y tertulias de cualquier orden:

«A todos los que la presente vieren y entendieren, sabed que: si no fueren capaces de dar una opinión o hacer crítica de manera calmada, asertiva, argumentada, respetuosa y bien intencionada en este Blog, mejor que se abstengan de darla o esperen a enfriarse para tomar perspectiva, o se limiten a escoger la postura de entre las publicadas que más les convenza o, en todo caso, se vayan directamente a otros sitios o redes sociales donde, muy probablemente, serán tratados como parece gustarles, esto es, a golpe de riña, grito, increpación o enfrentamiento.praying-hands

Dicen que lo que nos hace vulnerables a tener explosiones emocionales es la percepción de sentirnos atacados y que nos creemos especialmente atacados en aquellas cosas en las que nos sentimos inseguros. Pero (…)    quien haga de esto un tema personal y lo convierta en un problema, que busque enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno y con el propósito y del modo correcto, pero no, desde luego, aquí, ni con quienes vivimos aquí (leyendo, comentando y aprendiendo), ni, menos aún, con quién, altruistamente, nos acoge, instruye (en formas, fondos y dudas) y da cobijo.

Hace 90 años Ortega y Gasset dejó para la historia la siguiente frase «hay algo que no podemos hacer aquí -en el Parlamento-: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí». Hoy, en este peculiar “Parlamento” de opinión y debate civilizado, la frase ha vuelto a cobrar sentido.”

Mejor no se puede decir. Quizá todos deberíamos hacer autocrítica antes de intervenir en un debate, tertulia o foro y plantearnos si realmente podemos aportar algo, y si es la ocasión.

Suicide-Body-1.inside.400x210En cambio, si lo que podamos decir es reiterativo, vacío, quejoso o solo sirve a nuestro ego, desahogo o encono, y las circunstancias no aconsejan caldear el debate, entonces hay que tomar la decisión mas sabia y prudente. Callarse. En suma,  bien estará seguir el consejo del filósofo Ludwig Wittgenstein: «De lo que no se puede hablar, hay que callar», y  si tenemos algo que decir, entonces pensemos en la forma decirlo, en la manera que nos gustaría escuchar las críticas ajenas. No es fácil educarse en el arte de la conversación sana, pero es muy rentable en términos de bienestar personal y mejora de la paz social. Debemos intentarlo.

 

Un comentario

  1. Gran artículo, José Ramón. Muy oportuno, acertado y generoso. Una auténtica e imperecedera lección práctica de educación y convivencia merecedora de ser difundida y aplicada en escuelas, universidades, medios de comunicación, redes sociales y hogares.

    Libertad de expresión, tenencia de argumentos, actitud tolerante, nunca saltarse las líneas rojas del respeto, saber escuchar y saber cuando callar son -deberían ser- presupuestos inexcusables de toda conversación o debate. De lo que se deduce que, en general, conversamos y debatimos “de verdad” poco y mal.

    Su lectura me ha traído a la memoria la siguiente historia. Hace muchos años, vivía un anciano samurái que se dedicaba a enseñar budismo a los niños. Una tarde apareció un joven guerrero, famoso por usar la técnica de la provocación, con intención de derrotarlo e incrementar su -mala- reputación. El guerrero comenzó a insultarle, a gritarle, a mentar ofensivamente a su familia, a escupirle, a burlarse y a tirarle piedras. Pero el anciano permaneció impasible. Pasadas unas horas el guerrero, exhausto, desconcertado por la pasividad de su oponente e incapaz de reaccionar, desistió y abandonó el lugar.

    Decepcionados por el comportamiento del maestro, los alumnos le preguntaron: ¿por qué no usó su espada, aún sabiendo que podí­a perder la lucha, en vez de mostrarse cobarde ante todos nosotros?
    A lo que el samurái repregunto: si alguien se acerca a ti con un regalo, y tú no lo aceptas, ¿a quien pertenece el regalo?.
    A quien intentó entregarlo, respondió uno de los discí­pulos.
    Pues lo mismo vale para los insultos, la rabia, los malos modos, la envidia y la intransigencia, dijo el maestro, cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.

    La actitud nos define y nos acerca o nos aleja a los demás. Por ello, debemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes (Karl Poper).

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