Claves para ser feliz

Pasar de largo

Al atardecer me disponía a recoger el coche en el parking de la estación y en un lado de la acera, un mendigo que parecía rondar la cincuentena, estaba sentado en el zócalo del escaparate de una tienda de moda, con la cabeza mirando la gorra volteada en el suelo con dos monedas solitarias, desaseado y desastrado, con un solitario cartel de cartón en el que con tosca caligrafía podía leerse: «Soy español y tengo tres hijos. Necesito ayuda para comer».

Lo miré con desdén pues me asaltaron pensamientos tan crueles como típicos: “Si conserva manos y brazos, y sabe escribir, bien puede trabajar”; “¡Hay ayudas de inserción para casos así!”; «¿Ayuda para “comer” cuando hay cocina económica gratuita y nadie negaría un bocadillo o comida?»; «¡Seguro que se lo gasta en droga!; «¿considera que los extranjeros no deben ser socorridos?», «Posiblemente se lo ha buscado», «Ya pago impuestos para que la administración ayude a quien lo necesita», etcétera. O sea, argumentos fariseos como coartada para pasar de largo.

Seguí mi camino y cuando iba a pagar el aparcamiento en la máquina, me encontré en el cajoncito de devolución con un billete de diez euros y dos monedas, que muy posiblemente el anterior usuario del aparcamiento se había olvidado. Miré alrededor. No había nadie. Un regalo del cielo.

¿O un mensaje del universo? No creo en el destino, pero tomé los doce euros, salí del parking caminando y deposité los doce euros en la gorra del mendigo. Musitó algo mientras esbozaba una sonrisa entre dientes cariados y barba entrecana.

Regresé por mi coche. Me sentí estupendamente por haber conseguido aparcar mis prejuicios, mi intolerancia y sobre todo, por haber corregido mi atrevimiento de juzgar a un desconocido y condenarle sin oírle, sin saber nada de su vida. ¿Quién sabe qué había pasado en su vida?, ¿Qué le había llevado allí y a tener que sacrificar su dignidad para pedir?, ¿quién soy yo para coartar su libertad de gastar lo que le pueda dar?, ¿por qué le había negado la ayuda para sobrevivir?. Seguro que detrás había una historia, quizá conmovedora o quizá terrible; quizá ahora cosechaba el fruto de sus malas elecciones de amigos, hábitos o conducta, o quizá no era responsable. ¡Quién sabe!

Desde luego que a mí, los doce euros caídos del cielo no me solucionaban la vida, y a él podían sacarle un ratito del infierno. Además por ese donativo había tranquilizado mi conciencia, pero sobre todo, porque dominando ira y prejuicios, creo sinceramente que por la vida se va mejor pecando de inocente que de suspicaz.

Admito que muchos mendigos realmente encubren vagos, malvados o irresponsables, pero también es probable que no, y que la mala suerte del pasado sea la culpable de su fatal presente. Tampoco puedo creerme un médico que pueda valorar de un vistazo un caso de alcoholismo o salud mental. Es más, muchísimos que hoy día no son mendigos, e incluso famosos o profesionales de éxito, realmente en el fondo son vagos, malvados e irresponsables (pero con suerte).

También cabe que el “mendigo de profesión” viva cómodo con su habilidad para pedir (con su aspecto, exhibiendo defectos físicos, trucos para conmover, etcétera) mientras que el pobre realmente, avergonzado o sin saber cómo ha llegado a esta situación, no consigue ayuda. Quién sabe.

No obstante, debo confesar que lo que me produce rechazo y deja mi manos congeladas y mi cartera a salvo, y me convierto en “juez callejero de urgencia y sin apelación” es cuando me siento acosado y

(i) pretenden engatusarme con historias ostensiblemente falsas para conmoverme;

(ii) exigen con grosería o velada intimidación; pero son pocos y excepcionales casos, de manera que la presunción de inocencia que tanto nos llena la boca, la aplico también a los mendigos, que no están ahí por capricho.

No creo que ese mendigo que pasa horas inmóvil tenga Netflix, reserva en un resort, o cuentas en las islas Caimán.

Comprendo la perspectiva del poeta Espronceda (“El mendigo”):

Vivo ajeno
de memorias,
de cuidados
libre estoy;
busquen otros
oro y glorias,
yo no pienso
sino en hoy.

(…)

Y es pecado
la riqueza:
la pobreza
santidad:
Dios a veces
es mendigo,
y al avaro
da castigo,
que le niegue
caridad.

En fin, que prefiero ser Francisco de Asís que Torquemada. Así y todo, respeto a los que pasan de largo o espetan un “no”. cuando son abordados, pues puedo comprender que estén cansados de caraduras o sencillamente porque legítimamente consideran que la compasión y la generosidad debe canalizarse por otras vías más oficiales y certeras, que repartir dinero a ciegas entre ovejas y lobos. Lo que sucede es que personal y quizá egoístamente me siento mejor con mi pequeño sacrificio y las elevadas papeletas del premio de acertar.

Ehhhh, que no soy ningún santo ni voy de bueno, pero ahora soy consciente que no necesito encontrarme unas monedas para ser generoso. Insisto, muchos pocos donativos a los suplicantes no me suponen nada, pero pueden suponer mucho para los que realmente lo necesitan.

Significa mucho para el mendigo, pues supone que existe, que le ayudo y que importa a alguien.

Y significa mucho para el que da. Primero, porque si el suplicante se dirige a nosotros, evitaremos la mentira habitual: “No tengo nada” (pero realmente claro que tenemos, pero no queremos). Segundo, porque somos afortunados de “tener” para poder “dar” y debemos estar agradecidos de poder ser generosos. No es cuestión de karma, ni de rentabilizar la compasión, ni cuestión religiosa, ni de comprar el paraíso, sino de sentirse mejor ayudando a otro con tan poco esfuerzo. Y si ayudamos a un sinvergüenza, el problema es suyo pero la tranquilidad es nuestra.

Bien está ayudar a los animales, a la flora, al equipo de fútbol, comprar el último modelo de móvil o tomarse la sexta caña sin ganas, pero el prójimo es el que está “próximo” y nos pide ayuda. Sabrá mejor la pizza o la hamburguesa de tres pisos o el riojita, y dormiremos mejor, si nuestra conciencia está tranquila porque hemos pasado delante de alguien que necesitaba mucho y le hemos ayudado con lo que para nosotros era poco.

Lo siento, hoy tocó ser predicador, quizá cosa de la edad (o huella de mi niñez de pícaro monaguillo o de ñoño escolapio), o por intuir lo realmente valioso de este mundo, o por tener mayor sensibilidad a flor de piel cuando veo que lo que valoro se tambalea. Sea lo que sea, hacer algo por los demás siempre sabe mejor.

En todo caso, cada uno es libre de hacer lo que quiera, pasar de largo, o no. Luego que nuestro juez interior de el veredicto.


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3 comentarios

  1. Lo más revelador y sugestivo de tu historia es que desplaza el foco: no mira al mendigo, sino al mecanismo mental que se activa en quien lo observa. Tu texto radiografía la arquitectura psicológica que construimos para sobrevivir a la incomodidad moral que nos provoca la pobreza —real o fingida, vista con sospecha o con compasión—.

    La clave está en esa frase que has formulado: el azar interrumpe la narrativa que usamos para justificarnos.

    Y ahí aparece algo esencial: que la ética cotidiana no es un código cerrado ni estable, sino un espacio donde nuestras certezas pueden ser interrumpidas. Un terreno en el que, de vez en cuando, algo nos obliga a reconsiderar lo que dábamos por seguro. La moral, aquí, no nace de un principio abstracto y fijo, sino de esa interrupción concreta: un billete inesperado que desbarata el discurso que ya tenías preparado.

    Esa es la lección y el hallazgo: la ética como ejercicio de revisión, como la posibilidad de actuar sin el escudo —frente a las agresiones diarias— de las excusas habituales (“no puedo ayudar a todos”; “ya pago impuestos”; “no soy responsable”), aunque sea solo por un instante.

    El gesto —doce euros— no transforma al mendigo, sino a ese narrador que nos representa a todos. No porque lo convierta en mejor persona, sino porque lo obliga a contradecirse, a revisar su propio relato, sus prejuicios y la coherencia de su razonamiento.

    Y esa revisión —esa capacidad de verse desde fuera, de hacer de abogado del contrario— es, paradójicamente, lo que nos devuelve a lo humano, porque permite desmontar la maquinaria interna que nos mantiene a salvo de los demás… y de nosotros mismos.

    PD. (…) Arranqué el coche. En el retrovisor no vi la calle, sino una versión de mí ligeramente distinta. No mejor ni peor: solo menos blindada. Supe que duraría poco, pero mientras duró, me sentí mejor e inexplicablemente más vivo.

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  2. estas cosas de conductas de oportunidad es mejor no reflexionarlas demasiado. se dan y poco mas. A veces a favor y otras sin favor de depositar un donativo/limosna.

    Ocurrió así. y así nos lo contaste. gracias.

    carlos

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