Claves para ser feliz

Es fácil no ser un indocumentado

Acabo de renovar el DNI y he comprobado que el ritual comienza con aportar el viejo documento, presentar la nueva fotografía, estampas las huellas del dedo índice de ambas manos, insertan tus datos personales y todo queda en esa fichita plastificada, con infinidad de números claves (horizontales, verticales, arriba, abajo, en el anverso y el dorso), y con relieves y tintas variables, y eso que se llama un kinegrama (una imagen que parece moverse). Incluye un mapa de España en el reverso, para que nadie se pierda.

Pero he salido bien del trámite, con cita previa incluida. Contaré que el ayuntamiento de Oviedo tuvo la feliz idea de cambiar el nombre de mi calle por eso de la Memoria histórica, pasando de “Doctor Melquiades Cabal” al de “Melquíades Cabal” (a alguien no le caía bien el médico asturiano, y tuvo la ocurrencia de que era clasista la profesión de médico, o que si no lo era, había que poner todas las profesiones a todas las calles con nombre de persona). Aunque tal cambio me pareció absurdo y molesto en su día, debo reconocer que al renovar el DNI, en vez de pagar 12 € me resultó gratuita por adaptar el domicilio cambiado por causa municipal (¡Gracias, Doctor! Perdón: ¡Gracias, don Melquíades!).

Lo cierto es que me siento herrado como una res. No a fuego, pero sí electrónicamente. No tengo escapatoria. Vaya donde vaya siempre estaré registrado con lo que me permitirá identificar o desmentir a quien me suplante. Quedó reducido a un número. Y a exhibir una foto mía que nunca hace justicia. No me reconozco, quizá porque tomé la fotografía usando un «Fotomatón», tras meterme en una caseta callejera con una cortina, y ajustar el taburete girándolo, para finalmente posar como modelo griego: mirar poniendo cara de interesante hacia un cristal oscuro, mientras mi mano y pies izquierdos luchaban discretamente por sujetar la cortina que, por el vendaval exterior, querían salir en la foto. Finalmente por tan solo seis euros conseguí cuatro fotos de un tipo con cara de haber perdido la cartera. Y esta foto vale para el DNI, pero como advierte la policía, siempre que no figure sonriendo porque tiene que ser expresión neutra o malhumorada, lo que no deja de ser revelador de que el ser humano no revela su auténtica personalidad y rostro cuando sonríe, porque no suele hacerlo.

Con mi nuevo DNI ya puedo acreditar que soy socio de eso que se llama Estado español. Un carné para cada socio. Al menos en eso somos únicos (un número y la letra, que es el resultado de un algoritmo que permite determinar si hay error cuando se copia el número). Estremece pensar que el número 1 del DNI lo tenía Francisco Franco. Mal comienzo.

El DNI es democrático pero mentiroso. Me explico. Todos tienen uno, y tenerlo garantiza que estás “documentado”, pero curiosamente quien es ignorante es un “indocumentado”, o sea ignorante e inculto según la cuarta acepción del Diccionario de la Real Academia. Así que, parafraseando una conocida frase, “el DNI non da, lo que natura y studium non praestat”.

Además, lo de identificarse se extiende a los perros. Mi pastor belga tiene chip implantado y “pasaporte” con filiación incluída (¡). Espero que no me pidan la identificación de mis cinco gallinas, aunque sería bueno en el caso del gallo para tenerlo controlado por su peligrosidad.

Espero en el 2035 poder renovar mi DNI, pero no quiero imaginar cómo será el trámite; me atrevo a aventurar que llevaremos un chip implantado en la muñeca con todos los datos y se renovará mostrándolo a una pantalla; y no hará falta exhibirlo porque drones, cámaras a distancia o punteros láser de policías robotizados, sabrán en todo momento quienes somos con filiación completa… Tampoco quiero pensar lo que podrán hacer entonces con los ancianos una vez que nos tienen identificados y con la carrocería o motor en siniestro total…Quizá por entonces sea una realidad la obsolescencia programada del españolito y así, vividas determinado número de horas equivalente a ochenta años, puede que nos ahorren de forma automática “a su vencimiento”, eso de respirar, renquear, trámites médicos, agonías, desvaríos o seguir manteniendo nietos…

Pero realmente prefiero confiar en las nuevas generaciones y poder releer esto dentro de diez años para confirmar lo errado que estaba. Sin embargo tras la primera guerra mundial nadie pensó que pudiera tener lugar una segunda guerra mundial más gorda todavía y con genocidio incluido; ni tras la segunda guerra mundial, nadie pensaba que podía tener lugar Vietnam, Ucrania o Gaza, entre otras; como tampoco nadie pensó que en nuestro feliz mundo pudiera impactar una pandemia, ni que la lucha contra el cáncer fuese más difícil que llegar a Marte, ni nadie de los que asistimos al nacimiento de la democracia podíamos imaginar el salto con pértiga tecnológico actual… En suma, hay catástrofes naturales imprevisibles (terremotos, volcanes, inundaciones, etcétera) pero también “catástrofes humanas”, provocadas por la huida hacia delante de la tecnología y por una sociedad de consumo en la que solo falta que “nos consumamos los unos a los otros”.

En fin, de momento el DNI no puede mentir y tiene vigencia hasta dentro de diez años. Así que lo renovaré cuando cumpla los cincuenta (como usted no es autoridad, no le exhibiré mi nuevo DNI para demostrarlo) :-)).

En fin, lo bueno del DNI es que caduca y podemos renovarlo. Lo malo es que cuando caducamos nosotros ya no podemos renovarlo.


Descubre más desde Vivo y Coleando

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

2 comentarios

  1. La burocracia es una máquina gigantesca manejada por pigmeos.” —Honoré de Balzac

    El DNI nos recuerda, cada vez que lo miramos, que nuestra identidad no nos pertenece del todo: somos un número que nos iguala, un símbolo que nos sitúa, una fotografía que nos inmoviliza. Aunque lo llevemos en el bolsillo, el documento no es nuestro: es del Estado. Es la cadena invisible que mantiene vivo el vínculo entre poder y ciudadano.

    Cada renovación marca una etapa y sirve para actualizar nuestra biografía. El contraste entre la foto de juventud y la actual nos delata: ahí están las arrugas, la mirada cansada, la evidencia del tiempo. El estado civil oscila como un péndulo —casarse, divorciarse, enviudar, arrejuntarse— y, en ocasiones, incluso se acompaña de cambios de sexo, reflejo de una modernidad —a ratos desquiciada— donde todo parece tener cabida. El nombre de la calle, que muta según las vicisitudes políticas del país, nos recuerda que incluso nuestra dirección es rehén de la historia. Como única concesión, nos queda el nombre de nuestros padres: la raíz que permanece inalterable en medio de tanta mudanza.

    El DNI es el diario oficial básico que escribe el Estado sobre cada uno de nosotros: edades sucesivas, cambios de domicilio, mutaciones de estado civil, huellas de nuestra fisonomía. Es una biografía mínima, no autorizada, que habla y cuenta, pero en realidad no sabe nada de nosotros. Nos reduce para siempre a un número, el más importante de todos los que se asocian a nuestra existencia. Sin embargo, afortunadamente, nuestra vida no cabe en un plástico y es mucho más que un número: es memoria y deseo, es contradicción y movimiento, es la suma de instantes que ningún registro puede atrapar.

    PD. No sé quién soy, tal vez no sea nadie. Pero lo que sí sé es que “pertenezco a la gente que amo, y ellos me pertenecen a mí; ellos, y el amor y la lealtad que les doy, forman mi identidad mucho más de lo que cualquier palabra o grupo podría jamás.” —Veronica Roth—.

    Felipe

    Le gusta a 1 persona

  2. La burocracia es una máquina gigantesca manejada por pigmeos.—H. de Balzac

    El DNI nos recuerda, cada vez que lo miramos, que nuestra identidad no nos pertenece del todo: somos un número que nos iguala, un símbolo que nos sitúa, una fotografía que nos inmoviliza. Aunque lo llevemos en el bolsillo, el documento no es nuestro: es del Estado. Es la cadena invisible que mantiene vivo el vínculo entre poder y ciudadano.

    Cada renovación marca una etapa y sirve para actualizar nuestra biografía. El contraste entre la foto de juventud y la actual nos delata: ahí están las arrugas, la mirada cansada, la evidencia del tiempo. El estado civil oscila como un péndulo —casarse, divorciarse, enviudar, arrejuntarse— y, en ocasiones, incluso se acompaña de cambios de sexo, reflejo de una modernidad —a ratos desquiciada— donde todo parece tener cabida. El nombre de la calle, que muta según las vicisitudes políticas del país, nos recuerda que incluso nuestra dirección es rehén de la historia. Como única concesión, nos queda el nombre de nuestros padres: la raíz que permanece inalterable en medio de tanta mudanza.

    El DNI es el diario oficial básico que escribe el Estado sobre cada uno de nosotros: edades sucesivas, cambios de domicilio, mutaciones de estado civil, huellas de nuestra fisonomía. Es una biografía mínima, no autorizada, que habla y cuenta, pero en realidad no sabe nada de nosotros. Nos reduce para siempre a un número, el más importante de todos los que se asocian a nuestra existencia. Sin embargo, afortunadamente, nuestra vida no cabe en un plástico y es mucho más que un número: es memoria y deseo, es contradicción y movimiento, es la suma de instantes que ningún registro puede atrapar.

    PD. No sé bien quién soy. Si soy real, si soy una ilusión, una fidelización o una reinvención de mí mismo hecha para verme, creerme y llegar a ser mejor de lo que soy y encontrar sentido

    Pero lo que si sé es quepertenezco a la gente que amo, y ellos me pertenecen a mí; ellos, y el amor y la lealtad que les doy, forman mi identidad mucho más de lo que cualquier palabra o grupo podría jamás.” —Veronica Roth—.

    Felipe

    Le gusta a 1 persona

Replica a FELIPE Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.