Claves para ser feliz

Viajando en la máquina del tiempo

He viajado en la máquina del tiempo. Se llama Peugeot 309, año 1991, y es el coche que he heredado de mi infortunado tío, pero que me ha sacado de apuros tras quedar mi coche varado en un concesionario en Zamora, por cosas de las que ya me quise acordar en anterior crónica.

Lo del viaje en el tiempo se explica porque teniendo que viajar el pasado jueves por la tarde, desde Oviedo hacia Salamanca, acompañado de mi amigo jubilado Antonio Arias, usamos ese vehículo histórico para un viaje de tres horas que se convirtieron en cuatro.

Veamos. Nada de airbag. Nada de dirección asistida. Ni cierre automático de puertas. Ni chivatos de aviso. Ni pantallitas. Ni cuadro de mandos cuajado de datos digitales. Solo lo básico. En cambio es un coche con alma, con personalidad, con historia y que requiere atención plena de su dueño mientras lo cabalga.

El viaje lo disfrutamos más pendientes de la diligencia que del paisaje. Veamos.

Arrancar el vehículo ya pronosticaba aventura, porque arrancaba a la primera, pero había que acelerar de parado para que no se apagase, y en los primeros kilómetros íbamos a tirones y sacudidas, hasta que en la gasolinera nos sugirió el empleado que “tirásemos del aire”, expresión que había olvidado de mi juventud, pues estos coches tienen eso que se llama “stárter” que hay que tenerlo pulsado o tirado en los primeros minutos para calentar. Luego perdimos unos minutos jugando a eso de “a ver quien encuentra el stárter”, hasta que a fuerza de toqueteo de mandos, resortes, botones y palancas, apareció la piecita.

También tenía su encanto girar el volante, porque era con “dirección asistida”… asistida con los dos brazos y aplicando fuerza ciclópea.

Ya en carretera, no podíamos quejarnos. Los dos hacíamos juego en edad con el coche. Pensándolo bien, hay residencias de ancianos más incómodas y en que los residentes tocan a menos espacio.

La velocidad era moderada, y nos sentimos orgullosos por no superar ningún límite de velocidad (por lo menos el límite máximo ya que el coche daba lo que daba, aunque de no infringir el límite mínimo de velocidad no estoy tan seguro). Como consecuencia, en la autovía nos sentíamos adelantados por la izquierda por obuses con la sensación de estar parados, e incluso alguno desde atrás parecía querer empujarnos pues nos daba las luces y se aproximaba tanto que podía ver por el retrovisor la cara de energúmeno del conductor.

Eso sí, íbamos cómodos, como sentados en un banquillo de estadio escolar, pues el coche carecía de eso que se llama “cabezales” y el asiento era incómodo para evitar que el conductor se durmiese. Sin embargo, esto tenía sus ventajas para ir marcha atrás, porque como carecía de cámara trasera, el conductor podía contorsionarse fácilmente para aparcar al tacto.

Nos detuvimos en un área de servicio para tomar un café de viaje, y al aparcarlo, nos percatamos que dejábamos el coche abierto, porque para cerrarlo hay que saca usar eso que se llama llave, introducirla en la cerradura y girarla (nada de llave automática a distancia). Además tuvimos que cerrar las puertas traseras con ese “pitorro” que hay que bajar manualmente para bloquearlas. Y claro, las ventanillas hay que subirlas girando la manilla como si fuera una persiana de una mercería.

En la gasolinera, tuvimos que buscar con el empleado de la misma, donde se abría el depósito, hasta encontrar una pestaña escondida junto al freno de mano (más bien «freno de ambas manos» porque debes utilizar las dos, o que el copiloto te eche una mano).

El viaje fue tranquilo, pero empezó a llover y la noche nos cayó encima. El resultado fue comprobar cómo las dos pequeñas y delgadas escobillas de parabrisas se movían a cámara lenta, con hilillos de goma sueltos, y que parecían cansinos al recorrer el parabrisas una y otra vez. Temíamos que pudiesen pararse bruscamente en medio de la lluvia torrencial, aunque para ser justos, tampoco la diferencia de protección hubiera sido sensible, funcionando o sin funcionar. 

Por si fuera poco, la luz larga era tan corta como la luz larga de los restantes vehículos, lo que nos obligaba a inclinarnos con mirada fija en la carretera intentando evitar salirnos a la cuneta.

Llegados a Salamanca, y tras íntimo sentimiento de agradecimiento por llegar sanos y salvos, con tentación de besar la tierra al estilo papal, metimos el coche en el aparcamiento público Le Mans en Salamanca. Nos bajamos como Pedro Picapiedra y Pablo Mármol del troncomóvil. El empleado nos saludó con alborozo al ver nuestro vehículo, como quien asiste a la meta de una carrera de “aquellos locos cacharros”. Elogió su buen estado aunque se cuidó de decirnos lo que pensaba del molesto humo que salía del tubo de escape, propio para cualquier escena de película con final de ahogamiento en garaje.

Pero el mismo vehículo que nos llevó nos trajo sanos y salvos. Y aprendimos algo muy valioso.

Primero, a agradecer a mi buen y malogrado tío Ramón, su ayuda una vez más, pues su coche nos sacó del apuro. Y es que no debemos olvidar el valor de la conservación, el respeto por el pasado y gratitud a nuestros mayores.

Segundo, a valorar más lo que tenemos, porque nos acostumbramos a lo bueno y no nos percatamos de dónde venimos. No tuve un Simca 1000 pero sí un destartalado pero entrañable seat 600 a los 18 años que me hace recordar que una vez fui joven, impetuoso y conformista con pocas cosas. Y luego un Peugeot 407 con el que tuve un fuerte apego, hasta que le fui infiel e ingrato, y me compré un Nissan Juke.

Tercero, a valorar más lo manual, lo artesano, lo mecánico y lo sencillo, porque nos permite solucionar problemas por nosotros mismos, mientras que lo electrónico y tecnológico nos deja tirados como niños perdidos en el supermercado.

Y cuarto, a disfrutar de lo que tenemos hoy día, sin olvidar lo que teníamos y lo afortunados que somos. Atrás quedan los caballos, los trenes de vapor y las carretas, conviene no olvidarlo. Bien está de vez en cuando un baño de realidad, y poner los pies en tierra.


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3 comentarios

  1. Nuestros Zipi y Zape favoritos, acompañados de un tercer amigo, un viejo Peugeot 309 rojo —no va con segundas políticas— de 1991, emprendieron hace unos días un viaje a lo desconocido (de Oviedo a Salamanca).

    Los tres tienen mucho en común: años, experiencia, lealtad, espíritu aventurero, curiosidad permanente por saber y un amor incondicional —bendito sea Dios— por la vida. En el fondo, nunca dejarán de ser tres niños grandes.

    Para ellos no se trataba solo de un viaje físico; se trataba de una experiencia comparativa entre épocas y modos de vida. Una excusa para volver al pasado, sin salir del presente, y comprobar cómo lo viejo no solo sirve, sino que salva.

    El viaje avanzó entre microepisodios fugaces (arranque, conducción, área de servicio, llegada), donde se entremezclan lo nostálgico, lo irónico, lo cercano y lo festivo.

    Y demostró que, en la contraposición entre las cualidades y defectos del coche (y sus incorregibles amigos de viaje), realizadas desde una perspectiva actual, gana lo cualitativo (lo auténtico, lo que depende de uno mismo —manual y artesano—, el espíritu) sobre lo cuantitativo (la limitación de prestaciones, la ausencia de comodidades, la falta de tecnología). Y claro, nos preguntamos, ¿qué tiene eso de malo?

    El viejo Peugeot, como siempre, cumplió. Y trajo de vuelta a casa, sanos y salvos, a nuestros —siempre jóvenes— Zipi y Zape. Don Pantuflo y Doña Jaimita, al verlos, corrieron a abrazarlos… pero, de inmediato, los reprendieron y enviaron al cuarto de los ratones.

    —¿Cómo se os ocurre ir tan lejos, en ese cacharro? —vociferó Don Pantuflo, entre indignado y asustado.

    —Pero, papá, era del tío Ramón —dijo Zipi— y ya sabes cómo lo cuidaba. Nos lo regaló y nos sacó del apuro.

    —Sí, pero para cuando seáis mayores y tengáis carnet —añadió Don Pantuflo, aún más exaltado—.

    Sin embargo, a continuación miró al 309, luego a los muchachos, y su voz se ablandó:

    —Cuidadlo. No solo por el coche, sino por lo que trae consigo y representa.

    Doña Jaimita besó a ambos en la frente. El coche quedó a un lado, humilde y rojo —esta vez ruborizado de emoción—; sobre su capó colgaba, como un rótulo imaginario, la memoria de su antiguo dueño, conductor y cuidador: el tío Ramón.

    Aquella noche los tres regresaron a casa con la certeza de que lo viejo no se reemplaza: se acompaña.»

    Muchas gracias, como siempre. 

    Y un fuerte abrazo para tí, que hago extensivo a Antonio, y un  reconocimiento cariñoso para el coche.

    Felipe Fresneda

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