Claves para ser feliz

Se acabó la fiesta o la siesta: ¡Remad y vivid!

Hora de retornar a la rutina. De volver al ciclo vital que cada uno hemos abrazado, o en que las circunstancias nos han enredado.

Es aquí donde debemos decidir si quedarnos atrapados en el ciclo, y sencillamente dejarnos llevar por la corriente, o al menos intentar hacer algunos propósitos, al igual que cuando un nuevo año se abre.

Lo principal es tener claro que cada uno de nosotros, tenemos un inmenso potencial, y nadie debe arrojar la toalla por sentirse mediocre, estancado en la vida o sin derecho a nuevos sueños (acabo de ver un anuncio que proclama algo sugerente:”Hay muchas vidas que vivir en la vida”).

Es importante reflexionar sobre lo que nos ocupa y preocupa. Sobre lo que somos y donde estamos, o con quien empleamos nuestro tiempo…El que nos queda. Ni un minuto más. Debemos preguntarnos si vale la pena nuestro estilo de vida, o si hay alternativas más satisfactorias. No se trata de cambiar de hábitos con frivolidad, sino de meditar e instalar nuevos sueños o ilusiones en la vida. Ser dueños de nuestro pequeño círculo vital ya que si levantamos la vista al plano internacional nos deprimiremos si tenemos conciencia. Tampoco debemos intentar solucionar los problemas de todos, porque ese es el camino directo a la depresión e infelicidad, pues debe bastar con intentar solucionar lo que está en nuestra mano.

Personalmente siempre me he preocupado de tener pequeñas ilusiones o sueños en la vida que me permitan sentirme cómodo. Al fin y al cabo, ahora toca seguir pagando el IBI, la hipoteca, los seguros, gastos escolares, atención médica… pero afortunadamente me quedan siempre en el bolsillo esos cincuenta euros que permiten comprar el noventa por ciento de las cosas que nos hacen la vida más fácil y placentera. Como decía el poeta Virgilio reflexionando sobre la belleza de las pequeñas cosas, mirando a las abejas en las flores proclamaba: «En cuerpos pequeños se agitan almas muy grandes».

Eso explica que siga ilusionado con pequeñas cosas (¡y que no me falten!): aprender italiano a golpe de Netflix; enfrascado en la antigua Grecia con pasión de historiador; intentar memorizar algunos comienzos de obras legendarias o poesías que me impactan (¡duro!); encuentros con esos amig@s que te entienden sin hablar pese a que hablo demasiado; puntuales correos electrónicos de amig@s desconocidos que te enriquecen o hablan con consideración; esas increíbles paellas de marisco; la sinfonía del destino de Beethoven; releer a Jorge Luis Borges; la lucha con mi dolor lumbar y articulaciones, que me temo han venido para quedarse (o para recordarme que soy mortal); la amenidad de la vida en pareja imperfecta; las visitas a mi anciana madre, cada vez más descorazonadoras por su decadencia irreversible; mis diálogos silenciosos con mi pastor belga, que parece escuchar mejor que muchos humanos; o mis peleas con el gallo de mi gallinero que se comporta como Putin ya que ataca sin motivo y no se retracta; y ya que hablo de gallinero, no puedo olvidar las grandes alegrías que me dan mis tres polluelos, o hijos de 26, 17 y 16 años, más bien un gallo joven de canto único, un gallito campero y una gallinita poco domesticada.

Eso sí, cuanto mayor me hago, más me doy cuenta de lo importante que es hacer ejercicio y cuidar la carrocería, la caja de cambios, engrasarlo todo…somos una máquina complicada y no todas las piezas envejecen a la vez, así que comparto lo que me digo ante el espejo todas las mañanas: ¡Muévete, tú lo vales!

Y como no, ilusión por crear algo nuevo. Por escribir y publicar alguna cosa (mucha satisfacción por mi último ensayo “Bailando con lobos disfrazados» (Colex, 2025)”, la reedición de mis memorias escolapias, o mi primera novela de juventud), todo ello fruto de mi mediocridad laboriosa), o por participar dando charlas en algunos foros realmente gratificantes (aprendo más que enseño o comparto momentos con personas interesantes).

Eso es lo que llevo en la recámara de mi cerebro, allí donde se alojan las ilusiones y pequeños retos. Alguno notará la ausencia de la referencia al trabajo y sus aportaciones. Es cierto que el trabajo dignifica, pero también sacrifica. Para ilustrarlo crudamente, parafrasearé una frase cuyo autor no recuerdo sobre otra cosa, pero que vale para los que tenemos alguna responsabilidad en intentar resolver los problemas ajenos con justicia, y nos toca aplicar normas sin espacio para reorientarlas hacia la sensatez o eficacia del caso concreto: “Es como ser pianista en un burdel; no tienes ningún control sobre la acción que sucede arriba”.

Ánimo en el retorno al cole… Recomiendo seguir la enseñanza del cónsul Quinto Arrio al galeote Judá Ben-Hur, en la conocida película (Ben-Hur, 1959): «Remad y vivid».


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1 comentario

  1. La publicación dominical de hoy es un botiquín de urgencia intemporal, válido para cualquier 31 de agosto. Un remedio contra la melancolía que deja el verano al marcharse, contra la rutina que acecha y las obligaciones que vuelven a llamar a la puerta. En clave vivocoleante chavesiana, nos ofrece medicinas naturales sin efectos secundarios: vitaminas para el alma que, aunque siempre presentes, a menudo desconocemos, dejamos de usar o, peor aún, olvidamos. Veámoslas.

    Soñar es vivir dos veces. El primer derecho humano, sin importar edad, etapa vital o estado emocional, es soñar. Tener ilusiones. Ejercer ese derecho nos da equilibrio, luz y esperanza; al menos, oxigena la vida y nos recuerda que dentro de una misma existencia caben muchas vidas posibles.

    Cuidar nuestro clima interior, y autonomía personal hará florecer el entorno. No cambiará el mundo entero, pero sí despejará nuestro cielo vital y hará fértil el pequeño territorio que habitamos: nuestra parcela de libertad.

    La grandeza habita en lo sencillo. Frágiles como somos, conviene no olvidar que la verdadera riqueza está en saborear lo pequeño: personas auténticas, ideas que iluminan, principios firmes. Tesoros que ningún dinero puede comprar… y que dan sentido a todo lo demás.

    La curiosidad es la eterna juventud de la mente. Aprender, explorar, descubrir: llaves que abren puertas y antídotos contra el estancamiento y el tedio. La curiosidad aviva la llama que nos mantiene despiertos y alimenta el fuego.

    Aceptar el peaje de la vida y seguir remando es parte del viaje. El trabajo dignifica, pero también esclaviza; la vida en pareja es deseable para muchos, pero imperfecta; las obligaciones, el tiempo dedicado a otros y las cargas económicas son el precio de vivir en sociedad. La alternativa… es la selva.

    Todas estas enseñanzas, sencillas y profundas, se entrelazan en la voz de quien las inspira. Siempre ocurrente, siempre divertido, siempre útil… José Ramón, timonel de ideas y palabras, nos recuerda que la vida es mar abierto y que cada brazada, por pequeña que sea, nos acerca a la calma de la orilla.

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