
De adolescente leía mucho. Adoraba los libros y admiraba los escritores. Ahora siento la inundación de la oferta de libros y la legión de escritores sobre lo divino y lo humano. Todo el que tiene un ordenador, ganas de teclear y habilidad para juntar palabras o frases, puede escribir una novela, al menos, novela entendida como relato más amplio que el cuento y más entretenido que un ensayo.
Otra cosa es que sea una obra artística, fruto del arte de escribir, o sea, con riqueza léxica, buena sintaxis, y que cuente una historia digna de ser divulgada. Y el reto no se agota en haber escrito una novela, sino en que se lea, y ahí entra en juego el mercado caótico de la lectura. Ahí están los libros electrónicos y los libros de papel, el mercado de internet y las librerías clásicas junto a las grandes superficies.

Vienen al caso esas reflexiones porque apenas rebasados los treinta años (¡bendita edad!) me propuse escribir una novela. Como no hay mejor inspiración que lo que uno vive, pensé en escribir sobre un personaje joven, preocupado por la incertidumbre laboral y por su futuro, y con la testosterona a tope. Comencé a escribirla una noche de madrugada en Salamanca, tras regresar de una noche loca, que pasé con un grupo de amigos que no hacíamos otra cosa que ir peregrinando de local en local, bebiendo sin sed y buscando un ambiente que no encontrábamos pero que los demás tenían.
Ahí nacieron las primeras páginas. Me di cuenta del placer que se experimenta física, emocional y mentalmente al escribir cientos de palabras que tejen una historia. Pronto me di cuenta de los problemas de alzar una catedral. Situé el ambiente de la historia en Londres, y me pareció ocurrente que el personaje fuese de Escocia, porque es una región similar a Asturias y que a todo el mundo le resulta atractiva, un lugar evocador y que hace creíble la magia de vivir situaciones extrañas.

Luego fui comprendiendo las técnicas del escritor.
Comprendí que la mejor manera de describir un personaje o una emoción era relatando un sucedido, que permitiera ponerse en su lugar al lector y que esté mismo descubriese el calificativo que merecía la situación o el personaje.
Entendí que los nombres de los personajes tenían que ser cortos y sencillos, y siempre describir a cada personaje con un rasgo dominante, que facilitase recordarlo al lector.
También fui captando que no es lo mismo contar algo que contarlo de forma amena, y para ello, había que darle un toque de humor.
Y cómo no, añadí el ingrediente infalible de las gotas de sexo.
También lo alimenté con bastantes reflexiones de los personajes en cuya boca ponía ocurrencias mías.

Me costó dar con el hilo conductor. La trama. Pero conseguí que la novela tuviese esas tres cosas aparentemente sencillas: introducción, nudo y desenlace. Sin embargo, la escultura no estaba acabada.
Conforme escribía iba puliendo el lenguaje. Evitando repeticiones, simplezas y lugares comunes. Aligerando la prosa pesada y endulzando los diálogos. Me percaté que no había obligación de dar toda la información que tenía sobre cada cosa; que era mejor sugerir que decir y que, al igual que globo aerostático no debe perder altura, la trama no debía perder interés, o el lector cerraría el libro como quien tapa un sepulcro.
Fui revisando y retocando la novela (o borrador) cada cinco o seis años, y volvía a ser archivada. A veces ampliaba algún capítulo. Otras cambiaba algún personaje de sexo o profesión. Recorté muchas trivialidades que nada añadían. Introduje algunas situaciones para avivar el fuego de la atención. Y como no, al readaptarla en períodos tan largos, me encontré con algunos personajes londinenses que tomaba de la realidad habían fallecido, o con que algunos enigmas ya se habían resuelto en el presente.

Entendí que la clave de una buena novela es la labor artesanal. Escribir y reescribir. Releer lo escrito y volver a reescribirlo. Sumergirse en el mundo creado como quien bucea en una piscina y observa con atención, para salir a respirar la realidad y volver a zambullirse en la trama. A veces tuve que aplicar el machete para quitar partes aburridas. Otras aplicarle la sal y pimienta de algo divertido. En otras me avergoncé de lo pedante que podía ser poniendo palabras en boca de personajes que no podían defenderse.
No sería justo si no agradeciese aquí a un puñado de buenos amigos y amigas que tuvieron la gentileza de leer el manuscrito y hacerme observaciones (Consuelo, Daniel, Juan Manuel, Nerea, etcétera). Todas fueron benévolas pero sospechosamente prudentes. La mayoría insistían en que había gotas biográficas en la novela, cosa que no era del todo cierto, ni del todo falso.

La vida se interpuso en la novela. Y el trabajo. Y la familia. El tiempo fue pasando, y tuve tres hijos, y avanzar profesionalmente en eso tan gris que es el Derecho (con gran dedicación), a estas alturas me propuse publicar la novela. Ahora o nunca.
Volví a revisar el texto. Lo bueno de haberse reescrito tantas veces, y la última hacía mucho tiempo, era que tenía sabor a pluma ajena, y eso me facilitaba la crítica de mi propia obra y descubrir donde sufría la continuidad y el ritmo narrativo. Algunas partes me horrorizaron, otras me parecían impropias de mi edad actual. Algunos personajes desatados y otros demasiado vulgares. Pero no me bajó el entusiasmo. No me rendí.
Deseché los títulos anteriores que aplicaba en cada versión, y que mirando hacia atrás con la lira resultaban absurdos, y les juro que fueron durante un tiempo, de forma sucesiva, los siguientes: «Tribulaciones de un pararrayos a la deriva», «Agridulce enseñanza», «Sonreír antes de bostezar», «Atrapado entre lo sublime y lo ridículo», «Viaje a la locura extrema», «Obsexionado», «Ya te vale», etcétera. No era fácil encontrar un título que sugiriese el contenido de la novela y además que fuese comercial.
Finalmente los honores se los llevó este título que, realmente condensaba la obra: “Nada más serio que no tomarnos en serio» (2025)”, y el resultado es una especie de thriller erótico, que podría pertenecer a la novela picaresca del siglo XXI.
Pensé presentarla a convocatorias de premios literarios, pero mi ego se satisfacía solamente con verla publicada cuanto antes, así que acudí a un buen amigo, José Adserias, que desde la editorial LUX, publica en Amazon, así que subió la obra, incluyó la síntesis y la ofreció a exiguo precio en formato digital (con Kindle Unlimited 0 euros, comprada 3,60 euros) o en papel (8,99 euros).
Así que como autor estoy satisfecho. Una historia novelada muy original que intenta ser entretenida y despertar alguna reflexión. No hay mayores pretensiones. Fruto de mi alma, sangre, sudor, imaginación y experiencias. Debo confesar que, pese a contar con veinticinco libros de ensayo publicados en editoriales solventes, esta modesta aventura narrativa me ha provocado una íntima pero enorme satisfacción que solo sentí con mi primer libro.
Valió la pena, y tiemblo de ilusión al pensar que alguien pueda leerla y comentarme su valoración.
En fin, me sentía obligado a explicarles el origen de una “novela juvenil” en alguien que no lo es. Si quieren leerla, aquí la tienen disponible que Amazon la descarga o envía de inmediato. Y si no quieren leerla, pues seguro que hay mucho escrito por mejores autores, pues lo realmente importante es leer.
Gracias por haber llegado hasta aquí.
Descubre más desde Vivo y Coleando
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


CARTA SIN EPILOGO DESDE LA OTRA ORILLA
Querido José Ramón:
Intentar comentar tu publicación de hoy es casi como responderle a un amigo que se ha atrevido a dar un salto íntimo y arriesgado y celebra ese vértigo humano compartiéndolo.
Tu crónica, honesta y valiente, más que contar cómo se escribe una primera novela, cuenta cómo se vive, cómo se duele y cómo se quiere.
La forma en que desnudas tus inquietudes tempranas, tus dudas, tus giros de ánimo, tus vaivenes —ilusiones, revelaciones y silencios— y tu (por fin) superado complejo “novelístico” de Penélope (tan paradójico en alguien acostumbrado a “parir” con naturalidad libros de ensayo), junto con la lenta metamorfosis del borrador inicial de la novela a obra definitiva, convierte tu texto no solo en confesión literaria, sino en revelación personal que te honra como autor y te engrandece como persona.
La reflexión sobre la necesidad de artesanía —de palabras, historias y técnicas— y la importancia de despejar el texto —de afectaciones, excesos y egos— es una joya en sí misma. En tiempos donde la inmediatez, la vulgaridad, el ruido y la intrascendencia parecen dominarlo todo, recordar que escribir bien no va de apilar vocablos —sin cincelarlos, ordenarlos y ponerlos al servicio de una historia que respire interés— hasta cubrir un número mínimo de páginas, sino que exige humildad, trabajo, paciencia, algo de talento, un poco de estilo, tiempo, espera y una dosis generosa de autocrítica —esa olvidada forma de quererse sin trampas a uno mismo— es casi un acto revolucionario. Corregir, cortar, reevaluar y volver a empezar es parte del arte, y con lucidez lo has entendido.
Tu travesía emocional invita al lector a caminar contigo, reconociéndose en tus pasos y descubriendo en tu historia reflejos de la suya, y conecta con quienes alguna vez hemos soñado con contar algo verdadero o dar forma a una historia propia.
Y ese título que escogiste es una declaración vital: una invitación a vivir con “ligereza” —de esa que tiene fondo— sin perder autenticidad, profundidad ni sentido.
Hoy, no hay epílogo. Sólo el eco de lo dicho.
Me gustaMe gusta